Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Murió don José Zubizarreta Tzoc

Fecha de publicación: 12-08-18
Por: César A. García E.
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Su nieta más pequeña de siete años es la más conmocionada… sus ojitos lucen inflamados y enrojecidos por tanto llorar y no ha soltado la mano de su abuelo durante las últimas tres horas, desde que falleció, dejándole un casi inaudible “te quiero hijita”. El resto de la familia, integrada por tres hijos y cuatro nietos, además de esta pequeñita, entran y salen de la habitación, en donde se respira una paz increíble; esta en medio de la vieja casona de tres corredores, llenos de helechos y flores… esperan que el médico llegue para extender el certificado de defunción y que la funeraria “aparezca” para continuar con el doloroso proceso. Los últimos años de “Don Pepe” –como lo conocían en el barrio, en el cual vivió prácticamente “toda la vida” y fue uno de los “colonos”, cuando las calles eran de tierra– no fueron los mejores. Empezó en 1964 a construir su casa, con sus manos y no dejó de ampliarla y hacerle arreglos hasta que su esposa murió dos años atrás… lo que le provocó gran desazón; vivía –últimamente– apagado, pues las ocho décadas a tuto, ya no lo dejaban trabajar, tenía problemas en su espalda y desde que enviudó y luego dejó de manejar su carrito, su vida dejó de ser feliz… pero su pequeña nieta –repetía en cada reunión familiar– era su último regalo de la vida y de Dios, provocándole sonrisas cada vez que compartían ratos juntos.

Todos están tristes; era motivo de orgullo ser descendiente de “don Pepe”, conocido por muchos, por ser hombre de palabra, comerciante cabal y un ser humano bondadoso y solidario con el prójimo. Le sobraban “ahijados” y se recordaba del nombre de cada uno de ellos, siempre estuvo pendiente de sus cumpleaños y atento a sus penas. Finalmente sacan el cuerpo de la casona y en el zaguán se aglomeran los vecinos… no pocos llorando. El viejo dejó huellas en el alma de la gente que lo conoció, era realmente un hombre ejemplar que trabajó –ininterrumpidamente– por casi sesenta años. Empezó en la entonces minúscula ciudad de Quetzaltenango, como vendedor “por abonos” de diversos enseres domésticos, también vendió casimires, patrones de costura y máquinas de coser. Había llegado a Guatemala, desde México, para vivir con su mamá, pues su padre era un borracho sin remedio que jamás se ocupó de él, más que para maltratarlo. Su mamá analfabeta –a la usanza de tanta gente de la vieja Guatemala– pero muy trabajadora, le inculcó el esfuerzo y la honradez que junto a la fe –repetía don Pepe– “eran los tres pilares que sustentaban su vida”.

Nadie tuvo –con su muerte– molestias, más allá que la tristeza; tenía su entierro –por cierto, muy austero– totalmente pagado; como cosa curiosa, había mandado a construir un mausoleo solamente para él y su esposa –en el cementerio general de La Antigua– plaza, donde vendió muchas planchas “por sustos” y era su lugar favorito para pasear los domingos… “empezamos solos y terminaremos solos” solía decir. Su decisión fue respetada y en el sepelio, se leyó su última voluntad; la encargada de la tarea fue su hermana de madre… quince años menor que él, doña Violeta Tzoc, quien abrió un sobre y sacó un papel media carta y con visible sorpresa dijo: “solo dice quiéranse y apóyense mucho, como les enseñé, quieran esta tierra”. Ella casi no pudo leer la nota, pero, después de un momento, habló de sus valores: el trabajo honrado, su solidaridad con sus empleados y amigos (casi todos los vivos presentes), su don de gentes, su caballerosidad. Dijo finalmente: “hoy enterramos el cuerpo de mi hermano, quien dio más de ochenta empleos dignos durante su lucha, pagó siempre sus impuestos, no agredió a nadie en su vida, pero vivió sus últimos años con una dolencia en su espalda, consecuencia de uno de los asaltos que sufrió siendo comerciante, un hombre que le dio mucho a Guatemala y le arregló la vida a muchos, de lo que pueden dar fe sus hijos”. Y en efecto, don Pepe, fue un hombre de bien, quienes lo conocieron, hablan de sus virtudes y recuerdan con tristeza que tuvo que retirarse del negocio “rutero” de ventas, cuando ya tenía cuatro camioncitos pequeños… porque “no salían las cuentas” –se quejaba don Pepe– al tener que llevar un guardia de seguridad en cada transporte, pagar las extorsiones en las zonas rojas que él decía “son ya casi todas”. Sus dolores de espalda –que no pudo resolver porque era una operación muy cara en lo privado y en lo público estuvo en espera seis años– lo devastaron, finalmente murió con una sensación agridulce, cuenta el mayor de sus hijos: “Por un lado se sentía satisfecho de habérnoslo dado todo e incluso heredarnos en vida, y por otro, triste y frustrado porque la Guatemala de su infancia era tan pobre como en la que murió, pero muchísimo más sangrienta e insegura; sus impuestos nunca rindieron fruto, su esfuerzo honrado fue de tiempo en tiempo, infaltablemente frustrado, por la degradación, el crimen y la malvivencia de la repugnante ralea política que hacen de este país un caos, casi un infierno”.

La historia de don Pepe, es la historia del chapín honrado, mayoritariamente trabajador y digno de respeto, entregado a la lucha por los suyos… y quienes estamos en la formalidad –la minoría– cándidamente pagando impuestos, pues al final la conciencia nos dicta “es lo correcto”, aunque la razón se contraponga gritándonos ¡¿Ya te fijaste que gracias a tus impuestos, viven diputados que se hicieron viejos en su curul, diputadas que se enderezan la nariz, se pintan de rubias y son demagogas de carrera, también las amantes de diputados incluidas en la planilla del Congreso, y los ladrones, anodinos y licenciosos en cada ministerio, secretaría y dirección del Ejecutivo?!… y sigue argumentando mi razón ¿Te diste cuenta de que nunca se establecieron los miles de plazas fantasma del Ministerio de Salud?, ¿Te percataste que todo el circo y la campaña anticipada, disfrazada de noticias y entrevistas, garantiza el continuismo?, ¡Recuerda cuánto cuesta el Parlacen, reducto de parásitos, cuyos emolumentos también pagas con tu trabajo!… y me termina diciendo –porque intento pensar en otra cosa para no enfurecerme– ¿Te das cuenta que para morir en este país y notarse hay que ser político impresentable en prisión, mitómano o sinvergüenza?, ¿Te percataste, cuánta gente útil y valiosa como don Pepe muere sin que a nadie le importe? Le concedo la razón… a mi razón; el país está de cabeza, sus valores trastrocados; la norma es la injuria, la calumnia y el chisme… todo vale para obtener el poder a ultranza. La muerte –en vida– de niños descerebrados por la desnutrición crónica “no importa”, menos aún, el 50 por ciento de nuestros adultos mayores viviendo en las calles. La muerte de emprendedores de todo tipo sencillos choferes de bus, estudiantes y maestros de escuela… “no vale nada”. Lo único que desde la facción mediática corrompida “importa”, es que los pillos encarcelados, recobren su libertad, mediante triquiñuelas… los honrados –considerados pendejos– que sigan sometidos al circo y continúen pagando impuestos. ¡Piénselo!

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