Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Homenaje a los Lacandones

Fecha de publicación: 12-08-18
Fotoarte Jorge de León > El periódico Por: JAIME BARRIOS CARRILLO
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En la entonces llamada Feria Nacional de Guatemala de 1938, que se celebraba en noviembre y comenzaba el día que cumplía años el dictador General Jorge Ubico Castañeda, se mostró como una sensación, más bien como una rareza, a cinco lacandones. Habían sido traídos contra su voluntad de algún “recóndito” lugar de las selvas de Petén para participar en el evento. Poquísimas personas habían visto antes un lacandón y se ignoraba mayoritariamente su existencia. De pronto con plumas y flechas y largas cabelleras, luciendo sus simples atuendos de tejido blanco, se presentaban ante un público absorto, urbano y de extracción ladina.

Los lacandones habían permanecido en sus refugios selváticos por siglos y jamás habían sido conquistados. ¿Eran los últimos mayas? Cómo habían logrado evadir a “la civilización” que apenas había tenido esporádicos contactos con ellos. En 1786 habían sido vistos grupos lacandones y entrevistados por un grupo de misioneros españoles. Luego vuelven a perderse y aparecen de cuando en vez a medida que Petén y las selvas yucatecas se van poblando. La demanda del chicle en los Estados Unidos llevó a la profusión de chicleros y colonos en la zona en busca de ese “oro blanco” y líquido que se convertía luego en la goma de mascar de los norteamericanos.

La “fugitiva e invisible existencia” de los lacandones, como se expresa Robert Johnston, da pie a una reflexión irresistible: la existencia de todo un mundo perdido antes de la llegada de los europeos y que emerge a través de manifestaciones de la memoria colectiva y en el plano material con el descubrimiento de vestigios de ciudades soterradas. Y vuelve la cuestión de la supuesta “desaparición” de esas culturas, llamadas mayas y su posible o imposible continuidad en el tiempo. Es decir las conexiones entre los mayas de hoy y los del más remoto pasado de nuestra historia.

Los pocos Códices sobrevivientes a la destrucción de la Conquista nos hablan todavía. Junto a la presencia silenciosa que se expresa en las piedras talladas: los jeroglíficos mayas y los sistemas grafológicos de esa antigua documentación cronológica tallada en la piedra. El katún grabado en la estela es también un testimonio de nuestras más lejanas raíces.

La temprana sujeción maya a la grafología, anterior al contacto con la civilización europea renacentista, tuvo un sentido sagrado entre los mayas. Y fue con el auxilio ardiente de la hoguera evangelizadora que desapareció la cultura, pero aparentemente, volviéndose invisible y fugitiva del tiempo. Para ir apareciendo en épocas posteriores. Unas veces en forma de monumentos, como las grandiosas ruinas de Tikal que descubrió el coronel Modesto Méndez en el siglo XIX. Otras veces de manera grotesca, con ribetes de miseria humana, como en la Feria Nacional de Guatemala de 1938. Mundo perdido de los mayas: guerras, cataclismos, sequías. ¿Cómo no hacer analogías con la modernidad? O parangones con la Guatemala contemporánea.

La idea del académico Martin Lienhard sobre la intromisión de la sociedad grafocéntrica europea en el mundo indígena merece discutirse. Lienhard nos presenta la Conquista como un proceso complejo, donde el escribano juega papel decisivo. Además de registrarse los acontecimientos, los hechos militares y políticos, trasladaba y preservaba por medio de la escritura el control de la corona española sobre las empresas conquistadoras. Comienza lo que Lienhard denomina, repitiendo a Barthes, “el grado cero de la escritura” en aquel mundo recién conquistado.

Podríamos discutir extensamente esta tesis, pero interesa más aquí el señalamiento del filtro etnocéntrico que contiene la idea de Lienhard. No fue la grafología maya una simple herramienta decorativa para almacenar datos o archivar ceremonias. Y al contrario de lo planteado por Lienhard, la “grafología” en ese mundo antiguo de Mesoamérica y aún en el que encontraron los conquistadores, fue sobre todo una herramienta político-espiritual. No toma en cuenta Lienhard que los escribanos españoles vinieron por razones prácticas del analfabetismo europeo. Era tan elitista el dominio de las letras que aún entre los conquistadores más importantes de América se encontraron casos de analfabetos como Pizarro y otros. Además puede hacerse un parangón entre esa fetichización de raíces medievales de la escritura en Europa y el uso de la escritura entre los mayas. Las estructuras teocráticas mayas eran verticales y autoritarias. Los encargados de los libros sagrados, los Popol Vuh pintados, o los Códices con jeroglíficos, toda la grafología precolombina, detentaban o más bien representaban también el poder. Y la grafología no solo se creó y resguardó por elementos de las élites dominantes de los mayas, sino se insertó monumentalmente acorde al concepto de arquitectura integral maya donde el arte, la astronomía y otras manifestaciones de la vida espiritual y religiosa de los pueblos se integraban en complejos urbanos. El templo maya está en la cúspide de una pirámide que posee una escalinata grafológica. ¿Qué más muestra de patente fetichización y uso de la grafología para el ejercicio del poder?

Con la invasión española se fue cimentando un nuevo discurso. Un doble discurso: el vencedor hablando al vencido y el vencido hablando al vencedor. Interculturalidad de partida y creación de nuevas síntesis, que en muchos casos no superaron y no han superado las formas híbridas y superpuestas. Debajo de la escalinata de Santo Tomás Chichicastenango está la pirámide y encima del humo de los copales el Corazón del Cielo que también es el de Jesús. Oraciones, leyendas, popol vuhes contra crónicas y probanzas. Literatura de la Conquista y conquista de la Literatura. Toda conquista es cruel.

Guatemala tiene una historia cubierta de nombres españoles y mexicanos sobre los antiguos nombres quichés, cachiqueles o mames. A su vez nombres levantados sobre la leyenda y los mitos de aquellos misteriosos mayas desparecidos. Reivindicar ese pasado “fastuoso” para legitimar una posición étnica no resulta sostenible a largo plazo. Toda idealización cultural contiene dosis de romanticismo reaccionario. Por otra parte, adueñarse de un aparente misterio con fines chauvinistas no tiene cabida ni en la ciencia ni en una visión humanista de una nación que supuestamente no ha nacido. ¿Cómo encontrar continuidad en una historia fragmentada? Acaso los lacandones lo intuían cuando cantaban desde su clandestinidad en la selva:

Escucho tu voz venir de muy lejos. Casi estoy dormido: Busco un árbol caído, Voy a dormir en el árbol caído. Mírame haciendo un don, ¡Oh, Padre! ¡Que no sea yo hundido en el fuego de la fiebre!

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