Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Las maras no eran lo que son

El periodista español Roberto Valencia, del periódico digital ‘El Faro’ de El Salvador, presentó ayer en el marco de la Feria Internacional del Libro (Filgua), su más reciente libro “Carta desde Zacatraz” (Libros del K.O., España). En él nos narra la vida de Gustavo Adolfo Parada Morales, alias el “Directo”, mediático miembro de la Mara Salvatrucha, así como el origen de las pandillas juveniles en Centroamérica. Como un adelanto presentamos un fragmento de la obra.

Fecha de publicación: 15-07-18
Por: Roberto Valencia
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Mara es un salvadoreñismo que la Real Academia Española tolera desde el año 2001. La primera definición recogida en su diccionario fue «pandilla de muchachos», pero en la edición de 2014 se cambió por «pandilla juvenil organizada y de conducta violenta, de origen hispanoamericano».

La palabra se usa en El Salvador al menos desde la década de los setenta, como sinónimo de grupo de amigos, de gente, pero en las últimas dos décadas ha adquirido connotaciones tan negativas que incontables salvadoreños han renunciado a utilizarla para referirse al grupo cercano de amistades. También se está perdiendo el uso como sinónimo de gente, pueblo.

En México la utilizan erróneamente en masculino; los maras, dicen.

En círculos especializados hay cierto consenso para usarla solo para definir las pandillas asentadas en el Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) y quizá una estrecha franja del sur de México; es decir, para referirse a la particularísima evolución que tuvo el pandillerismo juvenil en esas sociedades. Así delimitadas, pandillas o gangas habría en todo el continente americano, en el mundo entero, pero las maras hoy por hoy serían irreproducibles en Sudamérica, en Europa, ni siquiera en Estados Unidos, por más que se empeñen académicos agoreros y periodistas sensacionalistas.

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Barrio 18 y Mara Salvatrucha, las pandillas que terminaron polarizando el fenómeno en El Salvador, tienen su origen en el área metropolitana de Los Ángeles, la meca mundial del pandillerismo. Las dos son sureñas. Igual sucede con otras pandillas que a inicios de los noventa lograron germinar en territorio salvadoreño, como La Mirada Locos 13, San Fer 818, Crazy Riders 13, Playboys 13, Pacoimas, White Fence… semillas sembradas por migrantes que huyeron a Estados Unidos, fueron brincados en alguna de esas gangas angelinas y luego deportados. Casi todas desaparecieron, eliminadas o absorbidas, al igual que ocurrió con las pandillas autóctonas.

El Barrio 18 también se conoce como la pandilla 18, la 18 o la Eighteen Street Gang. Sus miembros, al menos los más empoderados, denostan que los identifiquen como Mara 18, denominación imprecisa pero extendida. La 18 se fundó a mediados del siglo XX en el área de Rampart, en Los Ángeles. Su crecimiento exponencial –la pandilla latina más nutrida del mundo, dicen varias investigaciones serias– se atribuye a que, si bien la mayoría de sus integrantes eran chicanos o mexicanos, desde el inicio supo abrirse a otras nacionalidades y etnias. Su oferta de hermandad eterna sedujo a cientos de migrantes salvadoreños expulsados de su país por la represión estatal primero y por la guerra después.

Más de trescientos mil salvadoreños se instalaron en Los Ángeles. La mayoría migró en el quinquenio 1977-1982, cuando la represión alcanzó las mayores cotas de insania, aunque el flujo nunca ha cesado. En 2004 había casi tres millones de salvadoreños en Estados Unidos, según estimaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, un éxodo bíblico si se tiene en cuenta que la población de El Salvador es de seis millones y medio.

La masiva migración salvadoreña nutrió la 18, nutrió –en mucha menor medida– otras gangas californianas, y alcanzó para crear una pandilla nueva, una en la que ser salvadoreño y estar orgulloso de serlo eran valores esenciales: la Mara Salvatrucha.

Los primeros grupúsculos salvatruchos se hicieron notar a finales de los setenta, pero no es hasta bien avanzados los ochenta que la Mara Salvatrucha (o MS-13, cuando se ganó el derecho de agregar ese número) se convirtió en un actor relevante. Lo logró, además, en las mismas calles del Downtown angelino en las que la presencia de la Eighteen Street Gang era más agresiva. De ahí para delante, su crecimiento fue, si cabe, más espectacular.

Las dos pandillas eran latinas, con un buen número de miembros que compartían acento e historias de vida. Las dos terminaron bajo el paraguas de la todopoderosa pandilla carcelaria Mexican Mafia, la eMe. Las dos son sureñas, y las dos portan con orgullo el 13 que las identifica como tal. «Si alguna vez la Mara Salvatrucha tuvo un hermano en Los Ángeles, se llamó Barrio 18», dicen los periodistas José Luis Sanz y Carlos Martínez en su crónica «El viaje de la Mara Salvatrucha». Pero nada de todo eso evitó que en las postrimerías de los ochenta la relación se envenenara: un odio maléfico que viajó a Centroamérica cuando el Gobierno estadounidense encendió la centrifugadora de las deportaciones.

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–Es cierto que la 18 fue antes que la Mara –me dirá el Directo en Zacatraz–, pero pasaron un montón de años sin ser sureños. La MS surgió después, pero se hicieron sureños en menos tiempo.

aLa memoria es juguetona y selectiva. Yo tengo grabada una secuencia que vi hace más de veinte años en un documental sobre la Guerra Fría. Narraba la visita del presidente estadounidense Richard Nixon a Moscú en 1959, en el marco de la Exhibición Nacional Norteamericana. En un improvisado debate que ha pasado a la historia como el Kitchen Debate, Nixon y Nikita Jrushchov, su homólogo de la Unión Soviética, intercambiaron opiniones sobre los logros de cada uno de los países, centrados en las mejoras de la vida cotidiana de la clase obrera. Un sonriente Jrushchov reconoció los avances de su invitado, pero rápido los matizó como el resultado de dos siglos de capitalismo, mientras que la URSS le pisaba los talones transcurridos apenas cuarenta y dos años desde el triunfo de la revolución bolchevique. Ahora que oigo al Directo hablar sobre los logros del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha, aquella imagen del orgulloso Jrushchov ha venido a mi mente. Y así lo he recogido en mi libreta.

–Hace algunos años –le comentaré, el tono de la plática es distendido–, un veterano de la 18, guatemalteco él, me contó que el 13 de MS-13 es un castigo.

–¿Castigo? No, nada que ver –responderá.

–Me dijo que unos emeeses una vez quemaron una bandera mexicana en Los Ángeles, que la Mafia Mexicana dio la orden a todas las pandillas sureñas de acabarse a los emeeses, y que, después de acumular varios muertos, para levantar la luz verde, la MS tuvo que pagar mucho dinero y aceptar el 13 en el nombre, como castigo.

–Esa historia de la bandera de México quemada sí la he escuchado. Y sí pasa eso de que se prende la luz verde contra clicas o contra barrios enteros, pero lo de llevar el 13 como castigo es paja. O sea, Sur 13 es de la Mafia Mexicana, y todos los que están dentro de la Mafia son sureños, pero para ser sureño no es así nomás, ni es algo que te lo ponen por castigo. Hay que hacer méritos. De lo que yo hablé con gente que venía del norte, el 13 no es un castigo, porque… no sé cómo decirte… si no servís como pandilla, no te dan el 13.

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La sociedad estadounidense, país primermundista con una institucionalidad sólida, ha tratado de contener su problema de gangas. A escala local y estatal se han priorizado los esfuerzos tendentes a la inclusión y a la prevención, como el trabajo que realiza la Oficina de Reducción de Pandillas y Progreso Juvenil de la alcaldía angelina. A escala federal, se ha puesto más énfasis en la acción represiva. En diciembre de 2004 el FBI creó el MS-13 National Gang Task Force, y un año después, el National Gang Intelligence Center. Han abierto oficinas en El Salvador y Guatemala, y mantienen agentes en esos países para tratar de medir los flujos de información, dinero y personal entre los integrantes de las clicas con presencia en territorio estadounidense y centroamericano.

Pero al igual que dos bloques de hielo no se comportan igual en el Trópico y en el Ártico, esas pandillas tuvieron una evolución diferente fuera de Estados Unidos. «La MS-13 y el Barrio 18 tienen más miembros en Centroamérica y México, y los informes señalan que están más estructuradas que sus contrapartes en Estados Unidos», concluye un dosier del Congreso de Estados Unidos.

Si la cifra de cuarenta mil dieciocheros y emeeses activos suena escandalosa en un país como Estados Unidos (de más de trescientos millones de habitantes), los datos de El Salvador son terroríficos: en un país de seis millones de habitantes, se estima en sesenta mil los mareros, acolchonados por un tejido social de unas cuatrocientas mil personas, entre chequeos (jóvenes en período de pruebas para ganarse un lugar), jainas (novias o compañeras de los pandilleros), mascotas (niños que caminan con la pandilla), simpatizantes y familiares directos que sirven de apoyo. Son cifras oficiales del Gobierno en 2015.

Para alcanzar esos números monstruosos se necesitaba el caldo de cultivo de la posguerra: más de la mitad de la población con menos de dieciocho años, tres de cada cuatro niños en situación de pobreza, veinte asesinatos diarios, desigualdad social insultante, cientos de miles de armas de fuego al alcance, cuerpos de seguridad desmantelados por su rol represivo, institucionalidad raquítica, familias desintegradas por el éxodo bíblico, tejido social desgarrado, impunidad a todos los niveles… La paz se le atragantó a la sociedad salvadoreña, y las pandillas se multiplicaron en ese entorno de violencia.

En aquella sociedad de la primerísima posguerra abundaban personas como Francisco, migueleño, reclutado por el Ejército en 1984 –con dieciséis años– e integrado en la sanguinaria unidad de élite Batallón Atonal. Cuando lo obligaron a darse de baja, curtido en el manejo de armas, no tardó en conseguir un trabajo a su medida: guardaespaldas de un coyote de El Tránsito, un pueblo cerca de San Miguel. Al poco de comenzar, un ladrón quiso entrar en la casa de su patrón. Francisco le disparó. «Yo cuetié a un baboso y, enverlo cómo quedaba, sufriendo, vine y lo terminé, ¿va? Como no sabía…». Aquello ocurrió con los Acuerdos de Paz recién firmados, primerísima posguerra. «Yo no sabía que no se podía hacer eso, porque había estado de alta, ¿va? No sabía que si hacía una cosa de esas trabajando, defendiéndome, me podían llevar a la cárcel. Si ese día me pude haber escapado, pero me fui a la casa, como yo trabajando estaba». Pasó seis años encarcelado. Recuperó la libertad en 1998. En 1999 comenzó a trabajar, escopeta al hombro, como vigilante de seguridad.

Y sobre aquella sociedad, sobre el cóctel de violencia-ignorancia-impunidad-miseria que era El Salvador a inicios de los noventa, Estados Unidos derramó cientos de pandilleros con récord criminal.

Las deportaciones arrancaron en los ochenta, de a poco, como quien se sacude con elegancia el polvo del saco. Tuvieron un punto de inflexión en 1992, después de los disturbios raciales en Los Ángeles provocados por el asesinato de Rodney King a manos de la Policía. Se convirtieron en política de Estado en 1996, cuando se aprobó el Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsability Act, de aplicación retroactiva y que permitía la deportación de migrantes con ciudadanía y menores de edad. Unos cuatro mil salvadoreños con récord criminal, pandilleros la mayoría, fueron deportados entre 1993 y 1996.

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La guerra aún no había finalizado cuando los primeros cuerpos tintados con letras y números góticos se dejaron ver en El Salvador, envueltos en ropas flojas, cachuchas, pañoletas y tenis caros. Figuras cuasi hollywoodenses, los deportados –su vestimenta, sus tatuajes, sus maneras– fascinaron en una sociedad gris como la salvadoreña.

Héctor Atilio Brizuela Silva es psicólogo del Juzgado de Menores de San Miguel, pero en 1989, recién licenciado, trabajaba en la cárcel de adultos. Ahí vio por primera vez a pandilleros deportados, tres figuras intimidantes que no pasaban desapercibidas. «Era un lujo verlos… tremendos ñeques, supongo que de haber pasado por cárceles en Estados Unidos. Incluso los políticos (los presos políticos, afines a la guerrilla) los respetaban. A muchos los huevitos se les hacían así –el psicólogo Héctor Brizuela une las yemas de sus dedos y deja un espacio en el que apenas cabría una chibola– solo de verlos. Nadie se metía con ellos».

El pandillerismo, en términos generales, no se censuraba en aquellos primeros años; se toleraba, incluso se promocionaba. Se hablaba sin rubor de la «moda mara».

En abril de 1993, cuando la selección de fútbol venció 2 por 1 a México en las eliminatorias del Mundial, con goles del Papo Castro Borja y de Renderos Iraheta, las cámaras del Canal 4 enfocaron unos segundos eternos a un grupo de aficionados con una gran pancarta alusiva a la Mara Salvatrucha. Los comentaristas saludaron con orgullo la entrega y el amor patrio de esos salvadoreños incondicionales. Como psicólogo del Departamento de Prevención del Delito de la Fiscalía General de la República, Arístides Borja retrataba en mayo de 1995, en un reportaje publicado en El Diario de Hoy, una juventud que «soñaba y fantaseaba» con los pandilleros: «La moda es la mara, y es un logro, un triunfo, pertenecer a una. Para ellos es un trofeo estar marcados, y significa poder». El psicólogo Héctor Brizuela está convencido de que los medios de comunicación de referencia abonaron el terreno: «En los primeros años, La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy hacían grandes desplegados sobre la vestimenta de los pandilleros, que si los tenis Domba, que si cómo hablaban… hasta publicaban fotos para aprender su lenguaje de señas. Los periódicos empujaron a los jóvenes».

En aquellos primeros años de la guerra, la preocupación más vívida para las autoridades en materia de seguridad pública no eran las maras, sino las bandas del crimen organizado armadas como comandos y especializadas en secuestros y en el robo de mercadería o vehículos, bandas integradas con frecuencia por exsoldados y exguerrilleros.

Jaime Martín Santos Flores, sargento de la Policía Nacional Civil, confirma que en aquellos años las pandillas tenían poco peso en la agenda policial: «Al principio solo eran jóvenes que se reunían y cuando mucho andaban una navaja, ¿verdad?». La figura del pandillero se vinculaba más con problemas de orden público: con peleas entre ellos mismos, multitudinarias y sangrientas a veces; con robos y asaltos, molestos para el ciudadano que los sufría, pero en las antípodas de considerarse un asunto de seguridad nacional.

Rolando Elías Julián Belloso, médico, comandante guerrillero en Morazán, y responsable de la delegación policial de San Miguel entre 1995 y 1999, recuerda las pandillas originarias y la eclosión posterior. «Pues hablando en español –dice–, lo que pasó fue que miles de bichos se fueron analfabetos a Estados Unidos y regresaron pandilleros».

Un detallado reportaje de la agencia Associated Press publicado en marzo de 1996 bajo el titular «Salvadorans take gang culture back to homeland» hablaba ya de diez mil activos. «Los grafitis de pandillas están en todas partes –reportó Douglas Engle, el periodista que firma la nota–. Después de la Coca-Cola, las pandillas parecen ser la más visible importación desde Estados Unidos».

Otro reportaje, escrito por Larry Rohter y publicado en agosto de 1997 por The New York Times, se recreaba en la resignación y la pasividad con la que el Estado salvadoreño asumió el torrente. Recogía testimonios de deportados que contaban la facilidad que tenían para levantar clicas allá donde caían. Una de las historias era la de Edwin Castillo, oriundo de Quezaltepeque, exiliado en Houston en 1983. Castillo migró con once años, se hizo emeese, lo encarcelaron, lo deportaron en 1996, y regresó a su Quezaltepeque natal. «Pero una vez de vuelta a casa –señala el reportaje–, Castillo y los demás deportados consultados dijeron lo mismo: que es sencillo reclutar a adolescentes locales para las pandillas. El desempleo es alto, estudiar es caro, las diversiones son mínimas, y las drogas, en gran parte gracias a las pandillas, están cada vez más disponibles».

El artículo «The children of war», firmado por la estadounidense Donna DeCesare y publicado en la edición de julio de 1998 de la revista de NACLA, cifraba para entonces en treinta mil los pandilleros en El Salvador, la mayoría eran ya emeeses o dieciocheros.

Pandillas angelinas y sociedad salvadoreña se acoplaron como dos buenos amantes; como el curtido y las pupusas, parecían hechos el uno para el otro.

El proceso se comprende mejor con un nombre propio: Carlos José Romero, Gato Negro, el emeese más sonado hasta que irrumpió el Directo. Su padre migró a Los Ángeles en los primeros años del conflicto. Trabajó duro en un carwash y, cuando juntó la plata suficiente para el coyote, mandó traer a su hijo. Una historia rutinaria. En el entorno hostil de calles angelinas, el adolescente Carlos José terminó seducido por una Mara Salvatrucha en expansión. Se brincó. Delinquió. Pasó más de una ocasión por el sistema correccional de menores en Estados Unidos. Se tatuó pecho, espalda y brazos. Lo deportaron con dieciséis años. Activo de la MS-13, Carlos José regresó al cantón Hato Nuevo de San Miguel, donde residía su madre, una sencilla trabajadora de limpieza en un motel. Se rebautizó como Gato Negro y no le costó que le dieran el pase para levantar la Coronados Locos en su cantón. Trabajó en un carwash en las cercanías del puente Urbina. Pronto lo dejó porque ganaba una miseria y se dedicó a robar, sobre todo a empresarios ganaderos de la zona de Santa Rosa de Lima. En 1996, con diecisiete años, pasó por el Juzgado de Menores. El psicólogo Héctor Brizuela lo trató: «Respetuoso, estudiado, un joven que hablaba perfectamente inglés y español, astuto para saber quién poseía dinero». Bajo libertad asistida por portación de arma de fuego, Gato Negro y otro emeese intentaron atracar un camión repartidor en la colonia 15 de Septiembre. Una patrulla abortó el robo. Se desató una balacera. Pidieron refuerzos. Ese día murieron tres policías y alguno más resultó herido. Gato Negro y el otro pandillero terminaron irreconocibles de tanto plomo en el cuerpo. El comisionado Julián Belloso lo recuerda como uno de sus casos más delicados: «El Gato Negro era un hijoeputa, pero lo matamos, a ese lo matamos; me mató a dos policías y me hirió a cuatro, ese hijoeputa sí me jodió, pero al Gato Negro lo matamos, ese hijoeputa no iba quedar vivo».

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