Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Mi padre fue, quien me enseñó…

Fecha de publicación: 17-06-18
fotoarte: Jorge de León > El periódico Por: César A. García E.
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Tendría quizá once años, cuando mi papá, nos dijo –a mis hermanos y a mí– “Mañana iremos a visitar a los niños de La Limonada con los amigos del Club”. Se refería, al asentamiento humano precario de la zona cinco y al Club Fotográfico de Guatemala, al cual él pertenecía, porque la fotografía fue –indudablemente– su hobbie, profesión y forma de vida, durante muchos años. Yo había escuchado del lugar, porque allí vivía “la Rigoberta” –como le decía mi mamá– a una señora que la ayudaba –por día– y por cierto, solo por temporadas; también su esposo Félix, un albañil –“bueno” para el guaro– que fue asiduo visitante de nuestro hogar, para hacer variopintos chapuces, siempre necesarios en aquellas casonas viejas de la zona uno (hoy centro histórico).

Nos levantamos al día siguiente; estaba frío y los automóviles del grupo del Club Fotográfico, llenos de bolsas de juguetes nuevos; nada de lujo, pero todo comprado con los dineros honrados de aquellos padres que –sin decir una sola palabra– dictaban cátedra a sus hijos, sobre cómo vivían personas menos afortunadas, en este bello país, cuyos paisajes, conocimos de sobra, por el mismo hobbie/profesión de mi papá. Para entonces ya habíamos recorrido el país, subido a Los Cuchumatanes, sufriendo los embates del “Mal de Montaña” … también habíamos ido muchas veces a Chichicastenango con sus sahumerios y multitudes nada gratas –para un niño– y visitado Todos Santos; nos habíamos bañado en el frío “Nacimiento del Río San Juan” y había aprendido a jugar Tipachas en Atitlán; en fin, recorrimos Guatemala, gracias a la pasión de mi padre… y distinguimos las múltiples “Guatemalas” que coexistían en una sola.

Llegamos a la Limonada, en pocos minutos… el tráfico no existía, salvo en las caricaturas de Tribilín y Pluto; recuerdo a varios amigos de papá y a él, descargar las bolsas de juguetes, vívidamente a sus más cercanos Augusto Paniagua y Rodolfo Samayoa, entre otros. Bajamos y bajamos, hasta llegar a construcciones –hoy formales– pero en aquellos años, bastante frágiles… desagües a flor de tierra, pobreza y alegría –por la inesperada visita– era la mezcla que se respiraba aquel día helado de diciembre, cuando mi papá me daba una lección de gratitud y solidaridad. A él no le sobraba el dinero, de hecho, su constante era “vivir al día”, dándole a mi mamá, “su gasto” que en esos entonces, ascendía a dos quetzales diarios (equivalente a dos US dólares de entonces). Mi madre, como la mejor administradora que he conocido… hizo milagros con el dinero, nos alimentó y cuidó de maravilla, poniendo su constante esfuerzo, tejiendo y vendiendo sus tejidos, para ayudar a sufragar los gastos de la casa y colegios… eran –quizá sin percatarse– un equipo que mostraba a sus hijos, una combinación maravillosa de valores que puedo resumir así:

1- Siempre se puede dar, no se trata de tener, sino de querer; se da –además solamente– del dinero ganado honradamente, el otro hay que repudiarlo. 2- La relativa escasez de la casa, significaba abundancia, para la mayoría de los guatemaltecos, 3- Los ricos o clasemedieros, no tenían la culpa de la miseria, pero sí la responsabilidad de notarla y moverse a apoyar a los pobres y 4- El dar a otros, causa la mayor felicidad que se puede experimentar… éste quizá fue el regalo-enseñanza más importante.

La “bajada” a La Limonada y los viajes al interior, me marcaron, para siempre… supe precozmente que había una Guatemala muy distinta a la del colegio, la cama cómoda y con chamarras de más… cuando había frío, supe de gente que nunca disfrutaría la de la mesa de navidad con uvas y manzanas importadas, o a la de los juguetes que anunciaba profusamente –y por los que suspirábamos– Almacén mi Amigo… o La Juguetería “de chicos y grandes la alegría”, le eran y serían –siempre– totalmente ajenos por inalcanzables. Años más tarde, en el terremoto de 1976, le experiencia se repitió; para entonces, siendo un muchacho, mi papá –otra vez– con un grupo de adultos que compartían sensibilidad social, nos llevó a ayudar, a Santo Domingo Xenacoj, un pueblo que como otros del área: San Juan y San Pedro Sacatepéquez, quedó –literalmente– en el piso y generó gran mortandad. Allí estuvimos respirando –en forma de polvo de adobe– la desgracia del prójimo y

–felizmente– del lado de quienes podían tender la mano, y no de quien le urgía recibir o ser levantado de la desgracia… fue otra lección de vida de mi padre. A estas actividades, siguieron repetidas visitas a hospitales públicos, centros carcelarios para jóvenes, donde mi papá y su grupo de afines en fe y convicciones, llevaban algo de consuelo a quienes no tienen ninguno. Tuve ocasión de ver a gente grave y muriéndose, personas lisiadas de por vida, ancianos abandonados y perdidos en su tristeza, jóvenes –como yo– pero con mucho menos oportunidades, perdidos entre la violencia, la ignorancia y el odio… agradecí

–infaltablemente– no encontrarme en tales predicamentos.

Éramos una familia de la capa social media, con un carro viejo que daba algunos problemas, principalmente por falta de mantenimiento y al que mi papá “le echaba” un quetzal de “súper” por salida (dos galones) … con él recorrimos oficinas, cobrando facturas de su trabajo; le acompañé a “tomar” fotos y al banco a pagar la cuota de la hipoteca que le quitaba el sueño… en todo ello había aprendizaje, legado y sabiduría. No hubo abundancia de bienes, pero sí de esfuerzo y de principios; tampoco cultura de dar “el domingo” a los hijos, tuvimos medias becas en los colegios y la ropa indispensable… y ese entorno de tener –básicamente– lo “necesario”, nos hizo a mi hermana y a mí (a mi hermano lo asesinaron siendo un muchacho, durante el gobierno de Lucas), gente de trabajo, de tesón y seres humanos fuertes… personas que enseñan a sus hijos, el legado que recibieron de su padres, pero –infaltablemente– en distinto modo y manera, sin olvidar por un minuto que el ser solidarios, es el fruto insoslayable de ser agradecidos. Hace un par de semanas, mi papá cumplió quince años de estar con su Señor… que es también el mío, pero su legado permanecerá en mí y seguramente en mis hijos y nietos; éste fue mucho más valioso que si me hubiese heredado una casa o una cuenta de banco o una empresa, porque es llanamente, invalorable. Me habría gustado dedicarle –en vida– a mi papá la canción de Roberto Carlos El Mejor de mis amigos, porque –sin duda– ‘“mi padre fue quien me enseñó a encontrar en la tristeza, la esperanza… que todo hombre guarda un sueño de la infancia”’ –y también– ‘“… a ver la luz del otro lado de la luna”’, pero estuve “muy ocupado” para tener ese detalle ¡Piénselo!

 

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