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Domingo

El paso fugaz y misterioso de los gitanos en Guatemala


A principios del siglo XX, la presencia de grupos de gitanos, llamados también, cíngaros (tsiganes en francés), húngaros, bohemios, gipsys o egipcianos, era eventual en algunas plazas de la capital y de la provincia. Viajaban en carretones de madera tirados por caballos, asnos, mulas o burros. Las mujeres eran de una belleza exótica y se decían conocedoras del futuro y de la fortuna; los hombres, según la leyenda, eran testarudos, agresivos y violentos. En las calles cercanas a los mercados ofrecían enormes peroles de cobre.

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Una creciente ola anti gitana a nivel mundial obligó al Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas a emitir la Resolución 26/4, “Protección de los Romaníes”, el 26 de junio de 2014. Ese día, los miembros del Consejo expresaron temor por hechos de violencia en contra de los romaníes, en Europa principalmente, y condenaron cualquier acto de xenofobia o racismo hacia ellos o situaciones en los que fueran discriminados por su raza y formas conexas de intolerancia, como el estigma y la exclusión social. En la última década, el término “gitano” dejó de utilizarse por considerarse peyorativo y en su lugar se llamó romaníes, descendientes del pueblo Rrom, a las personas pertenecientes a este grupo étnico.

En esa oportunidad, los miembros del Consejo también pidieron a Rita Izsák, relatora especial sobre Cuestiones de las Minorías que elaborara un estudio exhaustivo a nivel mundial, sobre cómo respetaba cada país, las garantías individuales de los romaníes o sus herederos.

Por medio de la Comisión Presidencial Coordinadora de la Política del Ejecutivo en Materia de Derechos Humanos (Copredeh), el Estado de Guatemala recibió la solicitud de la relatora especial Izsák, el 11 de marzo de 2015 y fue uno de los 27 países que atendió ese pedido.

La respuesta de la Copredeh fue pronta. El 18 de abril de ese año, Antonio Arenales, presidente de la Comisión envió un informe a la Misión Permanente de Guatemala en Naciones Unidas que constó de cinco folios. No era extenso debido a que, a la mayoría de preguntas, la Copredeh dio como respuesta “no se cuenta con información”.

A diferencia de países como Francia, España, Reino Unido, India, Turquía, Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Colombia, Chile o Argentina con grupos identificados como romaníes, en Guatemala, la última vez que se habló de los gitanos fue a finales de los años veinte. Es decir, 90 años atrás.

Esta es la causa por la cual la reseña histórica descrita por la Copredeh, sobre la estadía de romaníes en Guatemala fue general y escasa.

De acuerdo con esta Comisión, las primeras referencias sobre la aparición de gitanos en Europa se remontan al siglo XV cuando se escuchan noticias de la llegada a los poblados, de grupos de nómadas. A América llegaron en 1498, en el tercer viaje de Cristóbal Colón al nuevo continente. Los cronistas destacaron que fueron embarcados cuatro gitanos a los que el Rey había perdonado delitos por los que cumplían penas de cárcel.

Inglaterra y Escocia comenzaron a enviar grupos de gitanos a sus colonias americanas en el siglo XVII. En esa época los gitanos españoles solo podían viajar a América con permiso expreso del Rey. Sin embargo, el rey Felipe II prohibió en 1570, la entrada de los gitanos al nuevo continente y ordenó que regresaran a España los que allí vivían. Fue la pragmática de 1783 la que autorizó a los romaníes un permiso de residencia en cualquier parte del reino, indicó el documento elaborado por la Copredeh.

La Comisión agregó, “en Guatemala se encuentran algunos territorios donde se concentran una serie de tradiciones orales que provienen de múltiples fuentes históricas, étnicas y culturales, de la época prehispánica hasta la herencia española más acentuada como: su afición a los juegos de azar, competencia de habilidad física deportiva, como las carreras de listones o argollas; las corridas de toros y los jaripeos son plenamente populares, así como las peleas de gallos”.

De acuerdo con la Copredeh, en dos departamentos de Guatemala es posible que vivan descendientes de gitanos, por algunas costumbres y características físicas de los vecinos. En Jalapa, por ejemplo, la tradición oral se nutre con temas de ascendencia maya, pero también con cuentos de curanderos, brujos y adivinos. Esto último está relacionado con la fama de los gitanos en torno a la suerte y a el destino.

En tanto, en el municipio de San José Acatempa, Jutiapa, añadió la Copredeh, hay historias de la localidad que cuentan que los habitantes del poblado son de origen “húngaro” (una mezcla entre gitanos y españoles), son blancos y de ojos claros. Pero, no están reconocidos de manera oficial como tales.

Según otras fuentes consultadas por la Copredeh, los gitanos habrían llegado a Guatemala en la época colonial e intentaron vivir en las ciudades fundadas por los españoles, pero se les prohibió la estadía, fue entonces que migraron al oriente del país, a la frontera con El Salvador.

Esa fue la información oficial proporcionada por la Comisión a la relatora especial. De otros temas que interesaban a Izsák como situación de salud, educación o políticas públicas a favor de los romaníes, la Copredeh dijo no contar con la información.

Regresar al pasado

La Secretaría de Planificación y Programación de la Presidencia (Segeplan) había abordado el tema de manera general, cuando elaboró el Plan de Desarrollo de San José Acatempa 2011-2024. En el siglo XVII se le conocía como Valle de Lazacualpa, “en el entendido que en esa época se designaba como valles a los caseríos de españoles e indios”, mencionó el documento. Con el tiempo cambió de nombre y se le conocía como Azacualpa y era municipio de Santa Rosa.

Entre 1768 y 1778, el arzobispo Pedro Cortéz y Larra visitó varias aldeas de Jutiapa y también la Parroquia de Azacualpa y quedó bastante desconcertado. En su reflexión sobre las supersticiones, indicó que en ese poblado estaban “muy arraigadas”. El religioso no mencionó la palabra gitano, pero al parecer, habló de “monstruosidades”, “embriaguez”, “lujuria” y “práctica de la brujería”.

Para entonces, los gitanos que habían viajado por siglos, de la India a los distintos países de Europa y cruzado el Atlántico hacia América tenían fama de “embaucadores”, “mentirosos”, “disolutos”, “inmorales” y “perversos”. Se decía de ellos que comían carne de niño y que practicaban la magia negra.

Además, en San José Acatempa se respetaba entonces, la cultura del honor, pero también la del hurto. Administraban justicia por mano propia y dictaban sus propias leyes. “Las deudas se saldan con sangre”, es una sentencia muy romaní que se aplica todavía en San José Acatempa.

Asimismo, al igual que los romaníes que se han dedicado desde siempre al oficio de herreros, los pobladores del municipio son reconocidos por su valioso trabajo en bronce (bisutería, calderos, peroles, alambiques para destilar licor y utensilios de labranza). En el occidente del país, a principios del siglo XX, bandas de gitanos ofrecían enormes peroles de bronce en las ferias y en los mercados.

Los hombres de San José Acatempa vestían con colores llamativos, se aceitaban el cabello, portaban afilado puñal al cinto y eran buenos jinetes.

Fuera de las leyendas y similitudes entre las costumbres gitanas y las de los vecinos de San José Acatempa, en Guatemala los datos sobre esta minoría étnica escapan a la memoria de los historiadores. De lo que hay certeza es que por siglos estos grupos nómadas avanzaron por los caminos de la provincia y la capital, instalaban sus campamentos en terrenos abandonados y nunca consiguieron el afecto de los lugareños.

En las noticias

El 9 de abril de 1930, en la página 5 del desaparecido diario El Imparcial fue publicada una breve nota que denunciaba el comportamiento de los gitanos en un municipio de Suchitepéquez.

Chicacao y una banda de gitanos, la invasión de los explotadores, se titulaba la pequeña nota de no más de mil caracteres firmada por Corresponsal.

De acuerdo con el periodista, la población había sido invadida por “una partida de gitanos de ambos sexos que han traído sus correspondientes caballos”.

“Los primeros han instalado sus tiendas frente a las escuelas nacionales de niñas y niños; y los segundos han convertido en potrero el parque. Nada diría de la presencia de estos gitanos sino fuera por sus costumbres inmorales y antihigiénicas”, dijo el Corresponsal y agregó: “hay que recordar que sus mujeres hacen su agosto echando las cartas y adivinando el porvenir a los aborígenes crédulos”.

Para entonces eran comunes las caravanas de gitanos en todo el país. Algunos cruzaban la frontera desde México en compañía de los romeristas que viajaban a Esquipulas por su devoción al Cristo Negro, mencionó Erick García Alvarado, autor del ensayo Entre barajas y peroles: la trágica historia de la gitana Vanushka, para la revista Tradiciones de Guatemala No. 82 de 2014.

García Alvarado, responsable del área de investigación del Centro de Estudios Folckloricos (Cefol) de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), mencionó en ese artículo que entre 1920 y 1927, una numerosa caravana de gitanos llegó a Quetzaltenango por San Juan Ostuncalco. En ese grupo viajaba Margarita Melios, la que más tarde se convertiría en la famosa “Vanushka”.

De acuerdo con el investigador, los gitanos se asentaron en el barrio La Ciénaga, que tenía un nacimiento de agua y de allí se trasladaban al Cementerio General, donde se sentaban en la esquina del ingreso al campo santo, sobre la actual calzada Sinforoso Aguilar, y donde los hombres ofrecían animales de carga (caballos, mulas o burros), mientras que las mujeres leían la suerte (tiraban las cartas) y vendían habas tostadas, “las capulinas”.

“La fama de los gitanos a principios del siglo XX no era halagadora en Guatemala. Acusaban a las mujeres de lucir el torso descubierto que cubrían con grandes trenzas y en las orejas usaban grandes argollas como aretes. También de cargar a los niños a horcajadas”, señaló el especialista.

Sin embargo, cuando llegó a Quetzaltenango el grupo con Margarita Melios, a nivel mundial el tema gitano cobraba auge, tanto en la literatura como en el arte, el cine y la televisión.

En 1905, se había filmado la primera adaptación de la obra de Víctor Hugo, Nuestra Señora de París y hubo otras versiones en 1911, 1923 y 1939.

Según el historiador Francisco Cajas Ovando, nombrado “Cronista de Quetzaltenango”, los gitanos tenían distintas nacionalidades y viajaban por el mundo. Su organización social era cerrada, así sigue, y por esa causa “no emparentaban con nadie que fuera ajeno a su familia y su cultura”, indicó.

Los hombres vendían caballos, burros y mulas en Quetzaltenango, añadió el historiador, “pero algunos animales estaban enfermos y morían poco después de que los compraban. Entonces la gente quedaba molesta con ellos. Otros vendían los grandes peroles de cobre o de peltre que eran utilizados para hacer las melcochas, la chancaca o el ayote en miel. La venta de dulces era importante en esa época”, aseguró Cajas Ovando.

“Todavía recuerdo lo que decía mi abuela cuando los niños nos portábamos mal: si no se están quietos, el perolero va a venir con su perol y los va a coger y se los va a comer. Tenían muy mala fama”, resaltó el historiador.

En el caso de Margarita Mielos, estaba casada con un primo y murió a los 40 años de una infección intestinal, como dice su acta de defunción, el 11 de noviembre de 1927 y no de amor en su juventud, como dice la leyenda.

“Hay varias historias y todas son trágicas. La hermosa gitana “Vanushka” se enamora de un joven rico de Quetzaltenango, que le ofrece matrimonio cuando concluya sus estudios en la capital. Regresa a Quetzaltenango, pero casado con otra mujer. La gitana no soporta el dolor y decidió envenenarse”, narró el experto.

La leyenda ha transcendido los años y cientos de enamorados visitan su tumba en el Cementerio General de Quetzaltenango en busca del amor verdadero. “Es una gran historia de amor con un final trágico y por eso su tumba es la más visitada en el cementerio”, agregó Cajas Ovando.

El historiador mencionó que tras la muerte “Vanushka” en 1927, el grupo de gitanos abandonó Quetzaltenago. “Hubo una ceremonia pomposa en el cementerio. El esposo bañó la tumba de Margaritas con vino y allí pasaron la noche. Después de ese día ya no se les vio más”, dijo el experto.

De la capital a El Salvador

Otros grupos de romaníes acudían puntuales a la capital, cada 15 de agosto y aprovechaban las festividades de la Virgen de la Asunción para vender sus peroles y animales. La historiadora Eugenia Ramos, quien había decidido investigar el paso de los gitanos en Guatemala, entrevistó personas con más de 90 años, quienes recordaban el campamento gitano, en el Barrio Gerona, en la zona 1 capitalina. Algunos niños se acercaban a jugar con los pequeños gitanos, y las madres asustadas le decían que los “iban hacer jabón o se los iban a comer”.

A los gitanos como tales se les dejó de ver en parques y caminos en 1936. Ese año, el presidente Jorge Ubico aprobó la Ley de Extranjería, con la cual buscaba facilitar una serie de trámites a los extranjeros que vivían en Guatemala. Sin embargo, la normativa tenía excepciones. Fijaba prohibiciones expresas para ingresar al país “por razones étnicas” a gente de raza amarilla o mongólica, afroamericanos y gitanos. Asimismo, tenían negada la entrada los fugados o condenados y expulsados de otros países que profesaran ideas comunistas o anarquistas. Estos datos fueron recopilados en el Informe sobre la Ciudadanía: Guatemala, elaborado por Eudo Citizenship Observatory.

Este dato alimenta la hipótesis de la historiadora Ramos que apunta a que, para evadir tal prohibición, los gitanos escondieron su origen y se quedaron en el país, pero eso es algo que debe ser comprobado, señaló.

Jacinta Escudos, escritora salvadoreña, ha elaborado varios artículos dedicados al pueblo romaní en su sitio web conocido como Jacintario. “En Centroamérica la presencia de los pueblos gitanos apenas se registra en la historia escrita, pero no por ello dejó de ocurrir”, considera la literata cuya abuela paterna era gitana.

Según la autora, “muchos de ellos arribaron al continente americano a finales del siglo XIX, una migración que se extendió hasta el periodo de las dos Guerras Mundiales, cuando muchos Rrom huyeron de Europa. Se estima que entraron por puertos de México y Venezuela y de ahí se dispersaron por la franja centroamericana. En El Salvador, muchos entraron en barco por el Puerto de Acajutla y al solicitárseles nacionalidad, se apuntaban como ‘húngaros’, para que no les fuera impedida la entrada”, explicó en uno de sus artículos.

De acuerdo con Escudos, “la presencia de los húngaros, por desgracia, nunca fue bien vista en nuestros países. Se les consideraba gente que no trabajaba, simplemente porque no ejercían oficios formales y porque cada kumpania o familia se dedicaba a su oficio tradicional: elaboración de ruedas de carretas, herraje, crianza de animales, en particular caballos y artes adivinatorias, entre muchos más”, indicó.

En El Salvador, durante el régimen de Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944) fue promulgada una ley que prohibía el ingreso y expulsaba a los “húngaros” o gitanos del país. Lo mismo que ocurría en Guatemala, con Jorge Ubico. “Esto supuso la migración de muchos de ellos, pero también, en algunos casos, el asumir el disfraz del silencio, es decir, “integrarse” a la población local obviando costumbres, vestimenta, lenguaje, y hasta cambiándose el nombre con tal de evitar la persecución”, afirmó la escritora.

Eso ocurrió con la abuela paterna de la literata y sus tres hijos, (uno de ellos el padre de Escuderos) cuando decidieron quedarse en el país.

“Desafortunadamente en El Salvador este es un aspecto escasamente, si acaso alguna vez estudiado. Recopilar información resulta tanto más difícil si tomamos en consideración que los gitanos preferían no dejar nada por escrito porque creen que la palabra escrita es palabra muerta”, añadió.

“En lo personal siempre me he preguntado dónde están esos otros descendientes de ‘húngaros’ en El Salvador. ¿Es posible que sus padres o abuelos no les hayan explicado sus orígenes? No me extrañaría mucho. Mi padre tampoco me habló mucho del lado ‘húngaro’ de la familia. Y sacarle información al respecto era bastante complicado”, relata la autora.

El silencio del padre fue una estrategia de sobrevivencia que aprendió desde pequeño y persistió de tal manera que parecía preferible el olvido total, consideró Escuderos.

En Guatemala, la escritora Anabella Giracca publicó en 2015, la obra Gitana mía, una historia de ficción que recupera las costumbres, tradiciones y ritos de los grupos de romaníes que vivieron en el país a principios del siglo XIX. “Hay muy poca información sobre ellos, pero su legado existe. Hay más presencia de gitanos en Guatemala de la creemos”, afirmó.

8 de abril es el Día Internacional del Pueblo Rrom o Gitano, institucionalizado con la bandera y el himno romaní, en el I Congreso Mundial Roma/Gitano celebrado en Londres en 1971.

Ladinos Orientales

En el estudio Pobres explican la Pobreza: El caso de Guatemala, de 1999, los autores Miguel von Hoegen y Danilo Palma dividen el grupo Ladinos Orientales en

Cuatro subgrupos:

Ladino Viejo. Solo hablan español y desde el punto de vista cultural nunca han vivido conforme a patrones culturales indígenas, señalaron los expertos. Su cultura es herencia de la de los españoles que llegaron a Guatemala en los siglos XVI y XVII. Se asentaron en Olopa, Chiquimula; Conguaco y Comapa, Jutiapa.

Ladino Nuevo. También solo hablan español. Son mestizos en su mayoría. Con alta cohesión comunitaria y fuerte sentido de identidad, agregaron los especialistas. Se inclinaron a vivir en San Pedro Pinula y San Luis Jilotepeque, Jalapa.

Ladino Pardo. Se les llama así, porque en el área geográfica donde comenzaron a vivir (San Pedro Pinula y San Carlos Alzatate, Jalapa) pertenecía a un español de apellido Pardo, refirieron los expertos.

Ladino de San José Acatempa. Forma parte del subgrupo Ladino Viejo, indicaron los autores, probablemente desciendan de gitanos o de húngaros. Su cultura contrasta con la de los Ladinos Viejos “por su acentuado énfasis en el alcoholismo y la conducta violenta de los hombres”. En las mujeres descansa la subsistencia, el manejo del hogar, la crianza de los hijos y la de organizar las pocas actividades de desarrollo en la comunidad.

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