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Domingo

El drama de una población vulnerable


Damnificados por el volcán de Fuego esperan en albergues la ayuda del Gobierno para ser ubicados.

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El tiempo transcurre lento y gris para las más de 3 mil 600 víctimas del volcán de Fuego que hoy viven en los 19 albergues distribuidos en los departamentos de Escuintla, Sacatepéquez y Suchitepéquez. Han pasado dos semanas desde la tragedia y el hastío de las horas vacías se mezcla con la desolación e impotencia por la pérdida y desaparición de sus seres queridos.

Ahora comparten espacio con los vecinos de su comunidad. Se les ha identificado con una pulsera o carné con número. Durante el día las visitas no cesan, pues decenas de representantes de instituciones, voluntarios, prensa y organizaciones diversas recorren los pasillos, para platicar con ellos, entregar insumos o reportar necesidades. Hay poca privacidad, incluso libertad para ingresar y salir del lugar, puesto que en algunos de ellos tienen un horario establecido.

Así, lo que antes fueron escuelas, salones deportivos, iglesias y hasta colegios privados, se han convertido en habitaciones llenas de catres, colchones y ropa tendida; corredores donde se apilan montañas de ropa, víveres y bolsas de agua pura que suplen las necesidades de los albergados –como por ejemplo, proporcionar más de 10 mil 500 raciones diarias de comida.

A este escenario, en algunos albergues se suma el malestar y desconfianza tanto de donantes como de damnificados de entregar raciones y donativos que tengan el destino adecuado para sus beneficiarios. De momento, lo que nadie sabe y todos cuestionan es cuánto tiempo más se prolongará esta situación.  

Haydee Godínez, 12, salvó a sus tres hermanos.

El más poblado

La Escuela tipo Federación José Martí en Escuintla es la que aglutina la mayor cantidad de personas: alrededor de 780, distribuidas en 19 salones; además, 14 mascotas rescatadas. Es el alojamiento más poblado. Tiene gente de San Miguel Los Lotes, La Reina, Sabana Grande, caserío El Rancho, El Rodeo, Trinidad y caserío Santa Marta, según explica Corina de la Rosa, asistente de la Municipalidad y quien tomó el mando del albergue los primeros días. Apunta que le tocó organizar a 19 líderes, de acuerdo con el número de salones, y conformó tres comisiones, limpieza, seguridad y alimentación.

“Siguen ingresando familias”, informa Corina. Al mismo tiempo, el flujo de ayuda de personas e instituciones no se detiene y en algunos lugares empieza a topar en el espacio asignado a cada grupo. El movimiento es constante, pues cada institución y persona quiere entregar el donativo directamente, sin intermediarios.

Poco antes de salir, un grupo de mujeres se acerca Corina –la líder inicial. Le dicen que la necesitan al frente del albergue, que no las deje. Ella, con tristeza, argumenta que el mando está ahora a cargo de la Secretaría de Obras Sociales de la Presidencia (SOSEP), por lo que podría incurrir en delito. Solo asegura que seguirá apoyando dentro de sus posibilidades.

Con el susto de la erupción, la gente llegó corriendo a buscar refugio a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Escuintla. Allí se quedaron 395 personas (91 familias) que el padre Gerardo Coter recibió con los brazos abiertos.

La coordinación de este alojamiento está a cargo de Mildred Pacheco, directora de una escuela, quien cuenta que en forma privada han recibido ayuda a manos llenas. Refiere que han tenido apoyo institucional, mas no del Gobierno. “Acaba de venir la Primera Dama de la Nación pero no trajo nada. Se tomó fotos jugando con niños. Ellos no necesitan visitas así sino respuesta a lo que están viviendo. La desesperación es grande”, comenta.

El refugio está abastecido. Las bolsas de comida, volcanes de ropa y agua pura lo evidencian. Los voluntariados tampoco faltan, “pero se necesita que el Gobierno se haga cargo e informe dónde van a vivir todos los damnificados. Hay demasiada incertidumbre, hace falta un plan”.

Por el lado de Sacatepéquez, el municipio de San Juan Alotenango cuenta con tres albergues con una población estimada de 822 personas (las cifras cambian cada día). Dos son escuelas y una es un colegio privado que aloja a pobladores del caserío El Porvenir y finca Las Lajas, entre otros. La Municipalidad ha tomado medidas más estrictas para el control de ingreso de visitas, prensa y donantes. Ayuda que solicitan se entregue solo a los centros de acopio.

Pesadillas

En la Escuela tipo Federación de Escuintla, un payaso entretiene a los niños en el patio, pero no todos están para sonrisas. Haydee Beatriz Godínez, de 12 años, es una sobreviviente de San Miguel Los Lotes, quien tuvo la corazonada de correr por la erupción. Lo hizo con sus tres hermanitos, de 4, 5, y 6 años. No se detuvo hasta llegar al McDonald’s de Escuintla. Las lágrimas corren por sus mejillas cuando narra cómo su hermana Idalba –de 11 años– ya no pudo salir. No hizo caso y se regresó en el afán de salvar a su abuelo.

Ahora tiene pesadillas. “Siento que algo se me viene encima”, dice entre llantos, mientras su padre intenta consolarla. Haydee era la mayor de una familia de siete hermanos, incluyendo una bebé de ocho meses que duerme plácidamente en una hamaca del albergue.

Perder todo dos veces

En el corredor de la escuela se encuentra en una silla de ruedas Hermenegildo Montejo López, de 80 años. Tiene puesta una mascarilla de oxígeno y se queja de otros quebrantos de salud. Ernestina Miguel, su nuera, cuenta que vivieron en la colonia Trinidad 15 de Octubre durante 18 años. Sobrevivieron a la erupción atrincherados en una casa junto a diez familias. Se encerraron desde que los gases invadieron la casa, se colocaron mascarillas o trapos húmedos en el rostro para que no los afectara el polvo. Solo repartieron pedazos de tortilla hasta que los llegaron a rescatar al día siguiente.

Es la segunda vez que pierden todo. Ernestina relata que son originarios de Santa Ana Huista, Huehuetenango. Fueron parte de las familias desplazadas hacia México por el conflicto armado en 1982. Vivieron durante 19 años en Comalapa, Chiapas, y retornaron al país después de que el Gobierno les otorgara una finca en las faldas del volcán de Agua. “Nos regresamos porque queríamos tierras para nuestros hijos”, comenta. “Hay gente que todavía resiste en el lugar, con tal de no dejar sus pertenencias. Nosotros preferimos la vida, las cosas materiales un día, si Dios permite, nos las devuelve. Nos toca otra vez comenzar de cero”, dice.

Esta es la segunda vez que los Montejo López pierden todo. Primero por la guerra, ahora por el volcán.

 

La Escuela tipo Federación José Martí en Escuintla alberga a unas 780 personas.

 

Mildred Morales perdió a sus dos hijas.

 

Días de tedio

En la Escuela José Martí hay espacio para todas las personalidades. Karlota de León, de 70 años, es una de ellas. Se pasea por los corredores del recinto con una corona de cartón. Se une a los juegos de los niños como una más del grupo, saca la lengua para la foto y modela sus zapatos nuevos que le regalaron.

En otra de las habitaciones, Olga Nicolás, de 20 años, atiende a una recién nacida de 23 días, mientras dos hijas de 2 y 5 años demandan su atención. Se empieza a hastiar por el encierro y el menú diario. “Es la primera vez que me sucede esta situación, me siento aburrida pero no nos queda de otra”, afirma.

El hijo de Concepción

Amadeo Guadalupe Hernández, de 43 años, descansa en medio de varios colchones en el albergue Guadalupe de Escuintla. Oriundo de San Miguel Los Lotes, refiere que nunca se imaginó la dimensión de la tragedia. “Tal vez nos atuvimos, pero si la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) nos hubiera avisado con tiempo, habríamos salido”, afirma con la voz quebrada.

Amadeo es el hijo de don Concepción Hernández, quien se convirtió en uno de los rostros que dieron la vuelta al mundo por la tragedia. En este momento, lucha por la recuperación de su esposa, quien se quebró la pierna y necesita un andador para su mejoría. “No tenemos de qué quejarnos. Pero perdimos todo. Esperamos que el Presidente y el Alcalde nos den un lugar dónde vivir”, sostiene.

Liderazgo comunitario

En la Escuela Mario Méndez Montenegro de San Juan Alotenango, César Vásquez es uno de los líderes del albergue que resguarda a 107 familias. Se organizaron para elegir a un representante de cada una de las 21 aulas que tiene el centro educativo cuando vieron que la ayuda no llegaba en forma constante. “Solo entraba ropa, faltaban los víveres y la ayuda económica. Esto enojó a la gente pues se supo que en la madrugaba llegaban picops a llevarse las provisiones”, comenta. Tal situación obligó a que los vecinos se organizaran y pidieran recibir la ayuda en forma directa, la cual se reparte lo más parejo posible entre los 21 salones.

Muchos de los damnificados aún no se recuperan del trauma. Tienen pesadillas, se les elevó la glucosa en la sangre o, como a Mildred Morales, una joven madre soltera que perdió a sus hijas pequeñas, no tienen fuerzas para levantarse cada día.

Sin respuestas ni políticas

> La vulnerabilidad de la población guatemalteca de ser afectada una y otra vez por desastres naturales es cada vez mayor, tanto por la reincidencia de estos eventos como por la cantidad de familias afectadas. A esta situación se une la falta de políticas públicas eficientes de atención a la población damnificada y la fragilidad financiera de las instituciones de Gobierno para dar una respuesta inmediata a la situación, según explica el estudio Catálogo nacional de alojamiento, albergues de transición, de Vanessa Ligorría y Oscar Quan, de la Universidad Rafael Landívar (URL).

> José Vargas, capacitador para reducción de riesgos de desastres en comunidades en alto riesgo de Cáritas de Guatemala, explica que parte de la problemática actual es que los refugios donde están las personas son edificios temporales que deben continuar sus funciones normales. En tanto eso sucede, no se cuenta con un terreno disponible que funcione como un albergue de transición.

> Otro problema es que hay una cantidad de personas que no están usando los albergues a cargo de la SOSEP, lo que los podría dejar fuera de los registros oficiales y de su reinserción a futuro. Por último, señala la necesidad de implementar un reglamento de convivencia que establezca normas y comisiones. “No debe imponerse, sino que debe salir de las personas que allí viven”, comenta el capacitador de Conred, institución que en los últimos años ha extendido su ayuda humanitaria a la gestión de desastres.

> Esta semana, el vicepresidente Jafeth Cabrera anunció que se planea la construcción de mil casas para los damnificados, a quienes ubicarán en la finca “La Industria” en Escuintla. Se estima que el costo total del proyecto será de Q500 millones.  

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