Domingo 24 DE Junio DE 2018
Domingo

Masaya se atrinchera contra Ortega

La cuna de la revolución sandinista se ha levantado contra el presidente Daniel Ortega, el mismo comandante al que protegió y encumbró en los días de la revolución. Han puesto, en esta crisis, decenas de muertos y hoy controlan todos los accesos a la ciudad. Los jóvenes aprenden de los mayores cómo fabricar morteros y establecer la defensa de la ciudad. La delegación policial está sitiada, sin acceso a víveres ni apoyo exterior. En los barrios, la población entierra a sus muertos.

Fecha de publicación: 10-06-18
Grupos antigobierno vigilan la calle en una barricada en uno de los barrios de Masaya. (AFP) Por: Carlos Dada - El Faro
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Masaya está cerrada

Para ingresar por la carretera que lleva de Managua a esa ciudad, a 25 kilómetros de distancia, hay que someterse a registro en cada uno de siete retenes de “la resistencia”, compuestos por murallas de adoquines montadas sobre la carretera y custodiados por la población civil. Aquí les llaman “tranques”.

Es la mañana del 4 de junio, el despertar de un violento fin de semana en la ciudad, en el que nueve civiles y un policía murieron durante violentos enfrentamientos o por disparos hechos por pistoleros vestidos de civil esta misma madrugada. Los custodios de los retenes están nerviosos y alertas. Son la primera línea de fuego.

Jóvenes encapuchados, con lanzamorteros caseros, controlan estos tranques junto a mujeres de mediana edad y hombres maduros que suelen mantener el orden. Ramas de árboles sirven de puertas para permitir el paso de los vehículos aprobados. Los vigías exigen identificación, preguntan las razones de la visita, revisan equipos, abren las partes traseras de todos los vehículos y luego inspeccionan por debajo. Intentan, dicen, evitar que se infiltren policías o que alguien introduzca armas. El mismo procedimiento, siete veces. A partir del segundo control, a las preguntas de rigor se suma otra: “No les pidieron dinero en el tranque de atrás, ¿verdad?” No. Nadie nos pidió dinero.

Los tranques son los nuevos controles viales y de seguridad en Nicaragua, un país que lleva ya casi dos meses en una crisis que ha transformado la vida de todos. El periódico La Prensa calcula que el 70 por ciento de las carreteras del país están trancadas, controladas por la población opuesta al gobierno de Ortega. Los ciudadanos organizados durante esta crisis, que inició el 18 de abril, se autodenominan “los azul y blanco”, “los autoconvocados”, “la resistencia” o simplemente, en las zonas rurales del país, los campesinos.

En Masaya son en su mayoría jóvenes, que se dicen orgullosos herederos de sus padres. Esta ciudad fue el bastión de la revolución sandinista que puso al mundo entero de cabeza en 1979, cuando derrocaron al dictador Anastasio Somoza. Aquí cayó en 1978, en plena insurrección, el comandante Camilo Ortega Saavedra, hermano de Daniel Ortega y venerado como un héroe. Aquí, en Masaya, se replegó el Frente Sandinista antes de su entrada a la capital. Y aquí ha vuelto desde entonces, cada 27 de junio, sin falta, el comandante Ortega a rememorar el repliegue estratégico que hizo su movimiento guerrillero, en 1979, antes de preparar la marcha a Managua hacia la victoria. Pero aquí, a Ortega, ya no lo quieren más.

Su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, ha dicho que esta crisis ha sido generada por delincuentes. Que son una plaga. Y a los masayenses eso no se les olvida. En una de las paredes alguien escribió: “Aquí está tu plaga, bruja maldita”. El resto del casco urbano luce pintas que acusan a Ortega de asesino, que dibujan la silueta de Sandino señalando a una caricatura del presidente con su bigote de marca y debajo de él un letrero: “A la verga Daniel”.

En la entrada al barrio de Monimbó hay una casa en ruinas a la que llaman El Comandito, llena de estos letreros. Hasta hace apenas dos meses funcionaba un museo de la revolución, establecido aquí porque esta casa sirvió de lugar de planificaciones militares para los comandantes sandinistas. Fue lo primero que destruyeron los locales al inicio de esta crisis. De manera simbólica, lo único que dejaron intacto fue un retrato de Camilo Ortega.

La ciudad parece hoy un escenario de guerra: las calles están cerradas al tránsito por más murallas de adoquines que separan todas las cuadras, con apenas pequeños espacios a los extremos para el paso de peatones. Todas levantadas por la población y custodiadas por los residentes de cada cuadra.

Para construir estas defensas, o barricadas, desprenden los adoquines de las calles y los ensamblan como si fueran legos. Dos adoquines encima de uno. Uno encima de dos. Así no se caen. A los extremos, la muralla incluye un pequeño soporte de madera, a media altura, que funciona como repisa y crea, en el vacío que deja abajo, una especie de canal por el que circula el agua. Un estrecho espacio entre la muralla y la pared de la casa de esquina sirve de paso peatonal y para las motos, los únicos vehículos que circulan.

Una señora de 59 años que se identifica simplemente como Juanita, explica desde la puerta de su casa cómo aprendieron a levantar esas barricadas: “Yo estoy aquí desde la revolución. Los sandinistas nos enseñaron a hacerlas. Los adoquines los puso el dictador Somoza. Estos mismos que usamos aún ahora. Desde entonces aprendimos”.

Ella y sus vecinos hacen turnos para cuidar su cuadra. Para evitar saqueos. Y cuando policías o extraños armados logran ingresar a la ciudad hacen sonar una campana y todo el mundo cierra las puertas. Durante esta madrugada de lunes, pistoleros vestidos de civil lograron llegar al centro y dispararon desde una moto. Cinco personas murieron. “Yo estaba en esta misma casa durante la revolución. Aquí nació la revolución y ahora nos toca esto. No es igual, porque entonces el pueblo tenía armas. Ahora solo tenemos morteros”.

Los morteros son las municiones de toda la resistencia nicaragüense. Son petardos artesanales de pólvora que se introducen en unos cañones de metal también caseros, con diseños heredados de la revolución. Los masayenses son especialistas en la fabricación de estos petardos. Encienden la mecha y, cuando alcanza la pólvora, se producen dos explosiones: la primera, adentro del tubo, que funciona como percutor y que lanza el mortero a varios metros de distancia. Entonces se produce el segundo estallido, que es el importante. Los pobladores fabrican morteros “de salva” o mezclan la pólvora con otro tipo de munición: vidrio o clavos que pueden producir severos daños. Pero son magra competencia ante las balas que disparan los cuerpos de seguridad o las llamadas “turbas”, grupos de encapuchados armados que disparan contra manifestaciones o concentraciones de opositores al gobierno.

La población se ha tomado su ciudad. La población decide y organiza la ciudad. La población es la autoridad de la ciudad. No hay en Nicaragua una guerra civil, pero en la vida diaria hay poca diferencia. La situación es tan extraordinaria que todo lo que otrora parecía cotidiano, parte de la vida normal de una comunidad, hoy aquí es absurdo. Como las leyes de tránsito o los pasos peatonales o una venta de uniformes para la industria.

Como la Oficina de Defensa del Consumidor de Masaya, que estos días permanece cerrada porque no hay qué consumir. El 90 por ciento de los negocios están cerrados. La última oficina bancaria en cerrar operaciones lo hizo el viernes pasado. No hay comedores abiertos, ni almacenes, ni ventas de alimentos. Apenas una farmacia permanece estoicamente recibiendo a filas de pobladores locales. La Policía está encuartelada y la población vigila.

Pero más absurdo parece, en estas circunstancias, que las funerarias estén cerradas. “Es por el miedo a los saqueos. Se ha puesto muy peligroso aquí”, dice el tímido propietario de una de ellas, asomado detrás de una cortina, atendiendo el timbre que toqué.

–Siendo un poco cínico, uno pensaría que estos días es cuando más necesario es su negocio.

–Si alguien quiere un entierro tendrá que llamar. Está abierto el negocio, pero las oficinas están cerradas. Pero estos días nadie ha muerto de muerte natural y a los baleados no los atendimos nosotros.

A dos cuadras de la casa de Juanita, una mujer sostiene un mortero entre las piernas. Se llama Isabel, tiene 52 años y, a pesar de las huellas de la edad, es aún una mujer atractiva. Está sentada en una silla, afuera de la puerta de su casa. A pocos metros de ella, jóvenes que apenas acaban de dejar atrás la adolescencia conversan con la cotidianidad de cualquier grupo de esa edad. Lo hacen en parejas, frente a los padres de una de las jovencitas que interactúan también desde la puerta de su casa.

Los jóvenes tienen dos motocicletas atravesadas en la calle. Uno de ellos, con un lanzamorteros en la mano, se acerca a Isabel. Ella le entrega el mortero y el muchacho lo dispara al aire. “Es para que sepan que aquí estamos. Tiramos morteros al aire de vez en cuando. Los vas a escuchar por todo Masaya”, dice. ¿Y la Policía? “Antes la Policía era con el pueblo. Pero desde hace años comenzaron a joderlo a uno. Ya no confiamos en ellos”.

El centro, que hace apenas dos meses era territorio de turistas comprando artesanías en el Mercado Central o visitando los lugares históricos de la revolución, es hoy escenario de nuevos combates.

Frente al Mercado Central, tres hombres de una misma familia, pertenecientes a tres generaciones distintas, empacan la maquinaria de su pequeña cerrajería. “Ya no hay negocio aquí”, dice el patriarca, Efraín, un señor de más de 70 años que perdió las dos piernas en un accidente de tren. Frente a él, su sobrino, un hombre de 54 años que desarma resignado una de las máquinas. El más joven de los tres tiene 17 años. No quiere hablar. Tiene la mirada fija en la calle. Algo ha terminado hoy para él. Algo nace en sus pensamientos o en sus rencores. Frente a él, en la calle, los restos de la batalla del fin de semana: restos de vidrio, de cartones, de pedazos de cemento utilizados como escudos.

El mercado se incendió el sábado y a ello siguieron horas de enfrentamientos entre pobladores armados con lanzamorteros y la Policía, cuya sede se encuentra justo frente al mercado. A espaldas de la cerrajería. En el portón de la delegación policial los manifestantes dejaron un mensaje escrito con aerosol blanco: “Daniel Asesino”.

Hoy esa delegación policial es una ratonera. Una bomba de tiempo. Una trampa. La delegación está a cargo del comisionado general Ramón Avellán, acusado de represor por la población, y quien hoy se encuentra prácticamente sitiado. Rodeado por ese laberinto sin un solo acceso libre de barricadas y tranques. Por una población hostil y brava que entierra a sus muertos.

Avellán es un hombre delgado, que hoy parece agotado. Está despeinado, luce unas ojeras que revelan noches en vela y su voz parece al borde de la capitulación. “Estamos preocupados porque aquí en Masaya viven muchos policías, que hoy no pueden ir a sus casas”, dice. “Ayer a un compañero lo mataron. Le pegaron un balazo en la ceja. Ni siquiera podemos sacarlo del hospital”. Está rodeado.

El domingo por la mañana, después de la violenta jornada del mercado, el comisionado Avellán recibió la visita del sacerdote Edwin Román y del representante local de la Asociación Nicaragüense Para los Derechos Humanos (ANPDH), Álvaro Leiva. Ellos dos actúan en la ciudad como el contingente humanitario y llegaron a entregarle a un policía al que la población había capturado. A cambio, recibieron del comisionado a 38 masayenses detenidos. “Fue un canje que negociamos”, dice el sacerdote Román.

Este lunes, Leiva y Román han tenido mucho trabajo. Cerca del mediodía recibieron noticias de que un joven había sido retenido por pobladores del barrio de Monimbó, el más aguerrido de Masaya. Decenas de pobladores lo tenían amarrado y lo increpaban. El joven, “menor de 18 años”, es hijo de un agente policial. Leiva y Román lo fueron a rescatar. Le colocaron una camiseta en el rostro para que no pudieran identificarlo o para que él no viera al pueblo enardecido en su contra. Lo trasladaron a pie por todo el barrio, seguidos por un centenar de personas. Algunas gritaban: “Mejor aquí déjelo para que lo interroguemos”, “perro traidor”, “suéltelo para que su papá vea qué se siente que le maten a un hijo”. Cada pocos pasos, Leiva encaraba a la multitud y les exigía que mantuvieran la distancia. Al entrar al Parque Central, de plano les gritó: “Ustedes no pueden seguir. La Policía está a dos cuadras y tienen francotiradores. No vamos a poner en peligro a nadie y no es culpa de este muchacho. Él no ha hecho nada y lo vamos a entregar a la Policía. Ustedes de aquí no pasan, por favor”. La multitud obedeció. Se quedó atrás. Leiva y Román, acompañados apenas de otro religioso y de otros tres defensores de derechos humanos, encaminaron al joven hasta la delegación policial.

Los recibió el comandante Avellán. El policía escuchó de mala gana el discurso del defensor de derechos humanos, que habló mirando a media docena de periodistas sobre un régimen en el que no hay libertades y de la represión de la dictadura. Avellán recibió al detenido y luego encaró a los periodistas, con su voz exhausta: “Él no ha hecho nada. No es delito ser hijo de un policía” y encaminó al joven, aún tembloroso, a una oficina. El joven pronto tendría compañía.

Veinte minutos después de abandonar el recinto policial, el padre Edwin Román volvía acompañado de Leiva y los demás miembros de su comitiva cívica. Traían del brazo a un hombre de unos 40 años. Vestía una camisa polo roja, bordada con el logotipo del Poder Judicial nicaragüense. El hombre caminaba aún con lágrimas en los ojos. Lo habían detenido y a punto estaban de lincharlo cuando fue rescatado por estos hombres. Nuevamente tocaron la puerta de la sede policial y caminaron hasta el edificio principal. El comandante Avellán ya los estaba esperando. Le explicaron: a este hombre lo detuvo la gente porque le encontraron una credencial de policía. Él dice que es una credencial vieja. Pero está vigente. El comandante Avellán ya ni siquiera dio las gracias. “Ya vamos a averiguar”, dijo. Y encaminó al hombre, que soltó dos lágrimas, a la oficina de los temblorosos.

Para el comandante Avellán es una cuestión de tiempo. De cuánto pueda resistir el sitio sin salir de su guarida. Porque no tiene acceso a víveres, ni a artículos de limpieza, ni a nada.

Tampoco los tiene el resto de Masaya, porque con la ciudad cerrada ya no llegan tampoco los vehículos distribuidores de alimentos. “Tenemos para resistir tres meses”, aventura Rolando Acuña, un hombre de 62 años que observa todo desde una silla plástica, en una casa de esquina en el barrio de Monimbó. Es una casa antigua que ha vivido ya varias revueltas y revoluciones. Sereno, Acuña sonríe: “Aquí nadie se va a morir de hambre. Yo ya estoy pensando en que me tocará comerme uno de mis curruchitos (cerdos) que estoy criando. Aquí vamos a resistir. Toda revolución cuesta sangre. Hoy solo nos defendemos con morteros pero el pueblo siempre encuentra una estrategia”.

Junto a dos de sus contemporáneos observa a más de mil pobladores de Monimbó, reunidos en la plaza, frente a la iglesia, o adentro del templo, donde se lleva a cabo la misa fúnebre con el cuerpo de Jason Putoy, un muchacho que murió en la madrugada mientras cuidaba uno de los tranques. Dos civiles en moto le dispararon por la espalda.

La iglesia está a reventar y afuera, en las calles que rodean al templo, es mucho mayor la cantidad de gente que espera la salida del féretro y el inicio de la procesión para acompañarla hasta el entierro.

Cerca de las tres de la tarde, con la misa aún en curso, corre el rumor de que en el campo de béisbol, en otro barrio de Masaya, la población ha capturado a una mujer soldado que se paseaba vestida de civil. Dos hombres montan una moto con la placa oculta tras una pañoleta roja y salen disparados, con la intención de trasladar a la soldado hasta el centro de cómputo local que se encuentra justo frente a la iglesia. El centro se llama Comandante Camilo Ortega.

Hay un ambiente de linchamiento en la comunidad, exacerbado por las muertes del sábado en los enfrentamientos frente al mercado. No hay aún investigaciones oficiales ni confirmación por parte de organizaciones de derechos humanos, pero la versión unánime de la población es que a un joven de 15 años, llamado Junior Gaitán, le dispararon a quemarropa el sábado por la tarde. Dicen, lo dice todo el pueblo, que lo detuvieron y cuando ya estaba sometido él pronunció sus últimas palabras: “Loco, no me maten, si no ando nada” y que una oficial de la Policía le disparó en el pecho. Todos están convencidos de que Gaitán murió así.

“Así no se le paga al pueblo, echándole bala, desapareciéndolo. Ya es demasiado el atropello. Ningún pueblo aguanta eso”, dice Acuña, el hombre de 62 años, mientras espera paciente lo que suceda primero frente a su casa: o la salida del féretro o la llegada de la soldado capturada.

Pero sale el féretro. Es seguido por una banda de “chicheros”, que con tubas y trompetas interpretan Nicaragua Nicaragüita y Vivirás Monimbó, las dos canciones que identifican los locales con la revolución sandinista y el derrocamiento del dictador Anastasio Somoza.

La marcha fúnebre va a paso lentísimo, debido a problemas logísticos: en el camino al cementerio hay que pasar el féretro, y a todos los acompañantes, por los angostos pasos peatonales que han dejado en cada barricada. En cada cuadra. Pero la marcha sigue.

Al otro lado de Masaya, Leiva y Román rescatan a la mujer soldado y emprenden el camino a la delegación policial. El comandante Avellán los recibe una vez más.

Sobre Masaya se avecina una tormenta

Frente a su puerta, doña Juanita vigila su calle. Le pregunto por la Policía. Dice que el comandante Avellán hace mucho que perdió la confianza de los masayenses. Que ha reprimido a la población. “Al comandante de la Policía somocista le decíamos Macho Negro. Era cruel. Así le decimos a Avellán. Macho Negro”.

–¿Qué pasó con el Macho Negro original?

–Lo ajusticiaron en la plaza.

La tormenta llega. En pocos minutos inunda todas las calles, con el agravante de que las murallas de adoquines estancan más el agua y por los laterales corren ríos enteros. Pronto cederán.

Algunas barricadas de cuadra han quedado desiertas, pero no los siete tranques para entrar o salir de Masaya. Esos continúan con la misma vigilancia. Con los mismos registros. Con la misma pólvora, aunque mojada. Pero los custodios se preparan. Al caer la noche, dicen, esperan otro ataque. “Que vengan”, dice uno de los custodios, un joven con pañoleta en el rostro y lanzamorteros en la mano. “Que vengan. Aquí los estamos esperando”.