Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La Biblioteca Nacional, del esplendor al deterioro

En la víspera del Día de La Independencia de 1957, las más altas autoridades de Gobierno celebraron la inauguración de un moderno edificio ubicado frente al Parque Centenario, en cuya fachada claramente se leía “Biblioteca Nacional” en letras doradas. Un edificio que representaba “el espíritu de la época” y “en donde habrían de congregarse estudiantes de todas las disciplinas, hombres de los más diversos sectores sociales, ignorantes y doctos para buscar en las páginas de los libros, las respuestas a sus interrogantes”.

Fecha de publicación: 03-06-18
Por: Claudia Méndez Villaseñor cmendezv@elperiodico.com.gt
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Las autoridades de Gobierno habían definido claramente el proyecto y ello incluía el mejor lugar para abrir el nuevo centro cultural, según la copia del discurso que guardan las palabras del subsecretario Peña Flores pronunciadas en 1957: “ Una de las ventajas de esta obra edificada con los más sanos propósitos, consiste en su ubicación, en el propio centro de la ciudad. El libro viene en busca del lector. La vieja plaza colonial de inconfundible estilo español, en torno de la cual se ha erguido siempre: el Palacio de Gobierno, la Catedral, la Casa del Ayuntamiento, el Cuartel Militar y el Portal del Comercio, tiene un nuevo elemento que representa el espíritu de la época: la Biblioteca Pública”.

El nuevo edificio cumplía con esa expectativa. Hace 61 años sobresalía por su hermosa y recta fachada de mármol negro, los pisos también de mármol, sus nueve niveles, el elevador abierto al público, un montacarga destinado a las colecciones de libros, un mobiliario nuevo y cómodo. Era un lugar elegante, así como los alrededores.

Sin embargo, en la ceremonia, el funcionario hizo referencia a un problema que hoy subsiste, la falta de recursos. Dijo ese día: “en los tres cuartos de siglo que tiene de creada la Biblioteca Nacional, se ha esforzado siempre por cumplir su cometido, pese a las limitaciones insuperables de su antiguo local pequeño e inapropiado y a la modestia de su presupuesto para adquirir las obras contemporáneas que el estudioso demanda”.

Asimismo expresó las siguientes palabras: “las bibliotecas modernas, ya no son simples y vastos depósitos de libros más o menos ordenados; ahora tienen que ser entidades funcionales, con todo su material clasificado y catalogado para servir en el menor tiempo posible”.

“La Biblioteca moderna debe llenar a cabalidad dos funciones esenciales: la primera (netamente popular) consiste en llevar el libro hasta el lector, en crear un ambiente propicio para que el visitante ocasional se convierta en visitante asiduo; la segunda se relaciona con el erudito que llega a verificar fechas o comprobar datos. A estos se les debe prestar facilidades y ayuda eficaz, interesándose en sus investigaciones y sugiriéndoles nuevas y quizá mejores fuentes de información”, afirmó el funcionario durante el acto.

Además consideró que, “la función de la Biblioteca como servicio gratuito tiene que ser cada día más amplia y específica a la par. No basta con proporcionar el libro solicitado. Debe inquirirse qué desea, qué busca para orientarlo y darle las obras que mayor utilidad le presente”.

En ese sentido, la Biblioteca Nacional ofrecía, entonces y en la actualidad, una sección de joyas bibliográficas de siglos pasados, pertenecientes a las distintas órdenes religiosas expulsadas del país, durante el Gobierno de Justo Rufino Barrios, una enorme Biblia escrita en griego, arameo, latín y hebreo, los tomos de la Historia de la Imprenta en Guatemala y la colección de J. Gilberto Valenzuela, entre otras. En la actualidad, esas obras están resguardadas en el cuarto nivel.

Deterioro urbano

El lugar resultaba idóneo, era posible visitar el Palacio Nacional hacer trámites de Gobierno; comprar telas o productos de moda en el Portal del Comercio; asistir a misa en la Catedral Metropolitana y luego dar un respiro en la Biblioteca Nacional. La tarde terminaba con una caminata por la Sexta y un café en alguna de las cafeterías del centro.

No obstante, la situación política en el país cambió el 13 de noviembre de 1960, cuando un grupo de militares intentó derrocar al presidente Miguel Ydígoras Fuentes. Tras el fallido intento huyeron a la provincia y formaron el Movimiento Revolucionario 13 de noviembre (MR13), el primer grupo guerrillero de Guatemala.

Durante la guerra el mundo intelectual fue fuertemente golpeado. El artista Efraín Recinos hizo un mural de denuncia entre 1967 y 1968 en un área externa de la Biblioteca Nacional, que fue criticado con dureza.

A partir de entonces, algunos puntos del Centro Histórico y cercanos a la Biblioteca, la 7a. calle, por ejemplo, se convirtieron en área peligrosas. Faltan registros de afluencia del público a la entidad estatal para precisar el impacto de la violencia en el país. Pero, es claro, que hubo un deterioro urbano. Comenzaron a aparecer en el lugar personas sin techo, ventas callejeras y bandas de ladrones. La situación empeoró en los años ochenta y noventa con la invasión de la Sexta Avenida por vendedores informales y la desaparición de un banco en la 5a. avenida y 8a. calle de la zona 1.

En ese sitio comenzaron a congregarse decenas de mendigos, que luego avanzaban a las cercanías de la Biblioteca Nacional. La 7a. calle se convirtió en el lugar donde esos grupos efectuaban sus necesidades fisiológicas y los muchachos se drogaban con pegamento. Permanecían la mañana tirados en el suelo y luego regresaban a dormir a la banqueta en la que había funcionado una agencia bancaria. Hoy todavía se les puede ver en el lugar.

Intentar alcanzar el graderío de ingreso de la Biblioteca Nacional era riesgoso para los adultos. Los niños tampoco podían llegar. El ingreso al área infantil estaba invadida por mendigos y “pegamenteros”.

El 10 de enero de 1986 fue creado el Ministerio de Cultura y Deportes. El primer ministro fue el pintor Élmar Rojas. El dato es importante ya que, a partir de entonces, la Biblioteca Nacional dejó de ser una dependencia del Ministerio de Educación. La absorbió la nueva cartera. Ese año, recordó Ilonka Matute, la actual directora de la Biblioteca, funcionaban todavía el elevador y el montacarga.

El Ministerio de Cultura y Deportes dotó a la Biblioteca Nacional de un escaso presupuesto, no más de un Q1 millón al año y le cambió de nombre. El 18 de octubre de 1997, por medio del Acuerdo Gubernativo (599-93) se le nombró “Biblioteca Nacional de Guatemala Luis Cardoza y Aragón” y el 13 de septiembre de 2005 la declararon Patrimonio Nacional y Cultural del Pueblo de Guatemala (Decreto 60-2005).

En la actualidad, la falta de un mantenimiento adecuado ha hecho estragos en el edificio, donde el olor a humedad es característico. El elevador y el montacarga han dejado de funcionar, fue cerrada la pequeña área de los servicios sanitarios, los pisos perdieron brillo, así como las paredes y la fachada principal.

Algunos de los nueve pisos de las instalaciones están cerrados y algunas colecciones de libros han dejado de responder a las necesidades del público actual.

FOTOS DE VARIOS AMBIENTES DE LA BIBLIOTECA NACIONAL Y LIBROS ANTIGUOS PAR REPORTAJE DE CLAUDIA MENDEZ

Funcionamiento

Ilonka Matute, directora de la Biblioteca Nacional de Guatemala “Luis Cardoza y Aragón”, reconoce las deficiencias y la precariedad de la institución. Sin embargo, el Congreso asignó para 2018, recursos por Q2 millones 700 mil que le permitirán hacer algunas mejoras. Pintar el edificio, por ejemplo. “En 10 años no había pasado”, afirma. “El presupuesto servía para pagar salarios, la luz y el agua”, señala.

Este año, se ha propuesto reparar el elevador y el montacarga. “Vamos a recibir apoyo y los recursos”, explicó. Sin embargo, debe cumplir con requisitos como bases de cotización con la finalidad de que le sea aprobado el proceso. También espera remozar el edificio, en toda su estructura.

“El año pasado hicimos algunas mejoras, como vitrificar el piso del Fondo Antiguo, lo que evita que el polvo se acumule y la sala Landívar y se pintó el área administrativa. Hay que establecer prioridades”, añadió.

De acuerdo con Matute, la Biblioteca Nacional de Guatemala “Luis Cardoza y Aragón” funciona como pública, cuando tiene una función patrimonial. Por esa razón, el primer nivel es el área pública y allí funciona la sala infantil, la de Referencia y la zona escolar. Así como, el Infocentro con varias computadoras conectadas a Internet. “El servicio es gratuito y la pueden utilizar el tiempo que necesiten”, agregó.

Hay además dos mesas con tableros de ajedrez y el salón central es utilizado ahora como centro de exposiciones y actividades culturales.

En el sótano, cuyo ingreso está localizado sobre la 7a. calle está la sala braille y un laboratorio para invidentes y personas con discapacidad visual. Este último recibe apoyo del Benemérito Comité Prociegos y Sordos de Guatemala, mencionó Matute. En el segundo nivel, indica la funcionaria, está instalada el área dedicada a los autores nacionales, en tanto, la Patrimonial, llamada el Fondo Antiguo, ocupa el cuarto nivel.

Esta sección está restringida al público, los interesados deben pedir una cita previa y justificar el interés por los volúmenes, algunos de 1400, consideró Matute. “Esa es la parte más importante de la Biblioteca por los investigadores que la buscan y los artículos que producen”, aseguró.

En ese espacio hay unos 18 mil títulos. El espacio que ocupan las obras está climatizado con la finalidad de mantener estable la temperatura y la humedad. Hay un manejo cuidadoso de la luz y el piso fue vitrificado el año pasado, así el polvo no se acumula.

Como lo expresó en su discurso de 1957, José Felipe Peña Flores, Matute está convencida que la tendencia mundial de una Biblioteca Nacional va más allá de los libros. “Se trata de un proceso cultural de incluir a los de afuera para que entren a la Biblioteca. Por eso el Infocentro, los tableros de ajedrez o programas como los de la Municipalidad de Guatemala que traen adultos mayores y niños a las instalaciones”, señaló.

De acuerdo con Matute, la Biblioteca se ha abierto a exposiciones y talleres. La tendencia es que se convierta en un centro cultural. “Crear inventivos para que se conozca y aproveche el espacio”, dijo.

Matute también espera rehacer el inventario en 2018. Calculó que hay en las distintas secciones hasta 200 mil libros. “Hay que dar de baja algunos, porque desaparecen”, explicó.

Hay personas que suelen robar obras, pese a que está prohibido ingresar bolsas y mochilas a las instalaciones. En el mostrador de ingreso, el encargado solicita información del usuario, como el número del Documento Personal de Identificación (DPI), entre otros datos y lo orienta al lugar al que debe acudir.

“Vino una extranjera y dentro de la blusa en la parte de la espalda escondió un diccionario. Como tenía chip sonó cuando quiso dejar el edificio y la agente de la Policía del ingreso la registró y estaba el libro. ¿Por qué hacen eso?”, pregunta Matute.

Las buenas intenciones de Matute son innegables, pero también la precariedad de las instalaciones. Los servicios sanitarios fueron abiertos al público pero no ofrecen papel higiénico y en caso de que falte el agua, hay un tonel habilitado.

El área infantil es espaciosa y sirve más como área de juego frente a la pequeña librería con obras para niños y el salón dedicado a autores nacionales que casi siempre está desierto. Allí se observan las hileras de estantes y hay una larga mesa antigua para uso del público.

Afuera, por la 7a. calle, la Municipalidad de Guatemala construyó un área peatonal con árboles y jardineras, que suele ser utilizada por mendigos del lado de la 4a. avenida. En la esquina de la entrada principal, sobre la 5a. avenida hay un mingitorio, donde suele formarse una fila larga de hombres y los graderíos son ocupados por personas sin techo o algunos vendedores.

Raúl Figueroa, director de F&G Editores ha visitado “muy eventualmente” la Biblioteca Nacional y conoce poco sobre su funcionamiento. “La última vez fue en abril de 2017, en el Día del Libro por una donación”, recordó.

“Desconozco si el estado de abandono en que encuentra es por falta de recursos o de gestión”, indicó. “Pero, sí reconozco que la actual directora ha intentado algunos cambios y se han adquirido algunos libros”, señaló Figueroa.

De acuerdo con el editor, es claro que la Biblioteca carece de recursos que le permitan comprar libros, ya que los fondos son limitados. “Ese es un problema porque no puede depender de donaciones. Hay quienes donan sus libros pero ya son viejos y perdieron actualidad. Es inconcebible que una Biblioteca Pública no tenga capacidad para comprar libros nuevos”, añadió.

Figueroa además consideró que los horarios no son acordes al público. “Podría ampliarse la jornada vespertina para las personas que trabajan y a los sábados y domingos”, añadió.

Los fines de semana, a la Plaza de la Constitución y al Parque Centenario acuden cientos de personas. Unas llegan a bailar a la Concha Acústica y otras caminan por los alrededores. ¿Posibles lectores?, algunos seguramente.

Obra prioritaria

Max Araujo, director de la oficina del Patrimonio Bibliográfico y Documental del Ministerio de Cultura reconoció el deterioro de la Biblioteca Nacional. “En la parte externa está mal, el mármol de la fachada está mal. Hay mucho que está mal. Merecemos una Biblioteca hermosa con exposiciones, museos, con personas que quieran llegar a leer y a investigar”, afirmó.

De acuerdo con Araujo, conocido por su aportes al ámbito cultural, uno de los problemas que afectan a la Biblioteca Nacional está relacionado con el presupuesto. “Es difícil hacer obra con presupuestos cautivos. No hay recursos para remozamiento. Hay partidas a las que se destina dinero y no ejecuta, pero para lo que se necesita no hay fondos”, afirmó.

Pese a esta dificultad, durante el año se han previsto mejoras importantes en el edificio. “Se le tiene como obra prioritaria”, aseguró.

“Es posible que el abandono de la Biblioteca Nacional también esté relacionado con el deterioro del Centro Histórico porque tiene un carácter ideológico y clasista. Cuando la clase alta se va de la zona 1 a otros barrios de la ciudad, “aparentemente”, el Centro lo ocuparon clases populares y bajas. Por eso, en el esfuerzo de recuperar el Centro Histórico se incluyó proyectos de vivienda”.
Max Araujo, director de la oficina del Patrimonio Bibliográfico y Cultura.

Las más bellas

La revista National Geographic España publicó en 2015 el listado de las diez bibliotecas más bellas del mundo por la belleza de sus edificios y la majestuosidad de los interiores. Por lo general, son de fácil acceso y se mantienen llenas:
El Diamante Negro, la Biblioteca Real Danesa
Biblioteca de la Basílica de San Francisco, Lima
Biblioteca Pública de Estocolmo
Trinity College, Dublín
Biblioteca Vaticana
Biblioteca de la Universidad Humboldt, Berlín
Biblioteca Nacional de Praga
Biblioteca Pública de Nueva York
Biblioteca di Tromso, Noruega
Biblioteca Alexandrina, Egipto

Presupuesto anual
Los gastos de la Biblioteca Nacional están incluidos en el presupuesto del Ministerio de Cultura en el renglón de “Servicios de administración al patrimonio bibliográfico y documental”. Esta partida incluye recurso destinados también a: La Hemeroteca Nacional, el Archivo General de Centroamérica y el Archivo Histórico de la Policía. En 2018, el Congreso le asignó los siguientes recursos:

Q2 millones
700 mil es el presupuesto anual de la Biblioteca Nacional.

Reseña histórica

Justo Rufino Barrios fue el primero en considerar la existencia de una Biblioteca Pública. El 18 de octubre de 1879 promulgó un decreto que daba vida a la nueva institución, la llamó Biblioteca Nacional de Guatemala y comenzó a funcionar en uno de los salones del edificio de la Sociedad Económica el 24 de junio de 1890. Los primeros títulos fueron aportados por la Sociedad Económica, las universidades, la Escuela Politécnica, escuelas de artes y oficios, así como los conventos que habían sido cerrados. Cuando la Sociedad Económica se disolvió en 1881, por disposición del Gobierno, esas instalaciones fueron ocupadas por la Asamblea Nacional y la Biblioteca Nacional de Guatemala fue trasladada a las instalaciones en las que hasta entonces había funcionado la Cámara de Representantes.

En 1897, el diario oficial del presidente José María Reyna Barrios, El Progreso Nacional, publicó que la Biblioteca había aumentado su colección por las donaciones de particulares y la compra de colecciones privadas como las del arzobispo Ramón Casaus y Torres. Ese año había más de 19 mil títulos.

A causa de los terremotos de 1917 y 1918 la Biblioteca fue trasladada a la Escuela de Artes y Oficios Femeniles, cerca del parque Jocotenango y luego al Salón Mayor de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac).

Durante el Gobierno de Juan José Arévalo dio inicio la construcción de un edificio propio para la Biblioteca Nacional de Guatemala, pero hubo pocos avances y quedaron suspendidos por seis meses en 1951. El presidente Jacobo Árbenz detuvo la obra durante su gestión y Carlos Castillo Armas, decidió continuar con el proyecto.

El edificio actual de la Biblioteca Nacional de Guatemala “Luis Cardoza y Aragón” fue inaugurado el 14 de septiembre de 1957 por el presidente Luis Arturo González López, quien de manera interina fue nombrado al cargo por la muerte de Carlos Castillo Armas, lo acompañó en el acto, el alcalde capitalino Julio Obiols, entre otros funcionarios.

El nuevo edificio de 7 mil 858 metros cuadrados fue diseñado y construido por los ingenieros Rafael Pérez de León y Enrique Riviera. Los espacios fueron distribuidos en nueve niveles con la capacidad de resguardar hasta 400 mil obras. Costó Q1 millón 250 mil. Cuando las instalaciones fueron inauguradas se habían gastado Q750 mil. El resto fue utilizado en el Archivo Nacional de Centroamérica.

Los artistas Antonio Tejada Fonseca, Guillermo Grajeda Mena y José Antonio Oliviero pintaron en el interior del nuevo edificio las representaciones de Códices Mayas, afuera el maestro Efraín Recinos diseñó y construyó, entre 1967 y 1968, un mural que denunciaba los horrores de la guerra civil en Guatemala.

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