Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Medio siglo desde el Mayo francés

Fecha de publicación: 27-05-18
fotoarte: Jorge de León > Elperiódico Por: Jaime Barrios Carrillo
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“Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza.”
(grafiti pintado en una pared de la universidad de La Sorbona, París mayo 1968)

Una cuestión relevante, al conmemorar 50 años del llamado “Mayo francés”, sería acaso hacer alguna comparación con el presente. Nuestra tiempo hoy y la época de hace medio siglo. ¿Qué ha cambiado, para bien o para mal? ¿Es el mundo diferente hoy en día? ¿Será cierto que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”? ¿Será Guatemala ahora un país mejor o hemos ido como el cangrejo. Recordemos aquel año alejado ahora medio siglo de nosotros, pensando en lo que acontece a diario en este turbulento 2018. 1968 fue un año lleno de sucesos en muchas partes del mundo, aunque nunca hubo una conexión causal de acciones sincrónicas y coordinadas sino una extraordinaria concatenación de fenómenos que tuvieron a los sucesos de París como epicentro. Lo más frecuente es sin embargo hablar del Mayo francés. Los estudiantes de La Sorbona manifestando en las calles, junto a los obreros, y adoptando una frase del filósofo Herbert Marcuse “la imaginación al poder” y usando consignas como: “prohibido prohibir” y “la cultura es la inversión de la vida”. El Mayo francés llevó a la palestra mundial el deseo de las juventudes por cambios radicales. El derecho a soñar que el mundo era transformable y que esa transformación sería inevitable. Lo expresó también el gran líder negro de los derechos civiles Martin Luther King, asesinado ese mismo año de 1968. “Yo tengo un sueño”, exclamó en un célebre discurso en donde narró su sueño en una sociedad norteamericana futura sin discriminación racial ni exclusión social y en la cual imperaría la justicia.

La juventud tomó conciencia de su gran fuerza y potencial cuestionando todo. En mayo y en esas calles parisinas se forjaron nuevas utopías. Los cambios totales incluirían luego la revolución sexual, proclamada en dos palabras: amor libre. Y esa temperatura calentaría las cabezas y los cuerpos de las juventudes norteamericanas. En California los estudiantes emulaban a los franceses. Pronto “el amor libre” se convirtió en la sentencia “haga el amor y no la guerra” y haciéndonos una señal con los dedos índice y anular en forma de V, los hippies proclamaban “Paz y Amor”, entre humos de marihuana. Vietnam pesaba demasiado y la lucha antibélica experimentó un crecimiento superlativo, que conjugó a intelectuales y artistas, con veteranos y desertores, líderes obreros y afroamericanos con estudiantes y con representantes de iglesias.

Pero el 68 fue más que el Mayo francés. Fue el año en que las fuerzas armadas soviéticas, siguiendo los marcos del llamado Pacto de Varsovia, aplastaron la llamada Primavera de Praga. Se destrozó un proyecto singular de construcción de la democracia. El gobierno del socialista Alexander Dubeck sucumbió en pocas horas a los tanques soviéticos que pusieron fin a la mayor oportunidad que tuvo el movimiento comunista internacional de articular un desarrollo diferente y democrático. Pesó más la Guerra Fría y el autoritarismo estalinista. En México, los estudiantes rebeldes tuvieron un destino trágico, muy acorde a la cultura de violencia del Tercer Mundo, y fueron masacrados en Tlatelolco. Aunque ese mismo año se celebraron las Olimpiadas en México y el mundo, a través de la nueva maravilla de la trasmisión directa, siguió con gran interés las justas deportivas. En las olimpiadas de México algunos atletas negros que triunfaron en sus disciplinas al momento de recibir las respectivas medallas alzaron el puño con la mano envuelta en un guante negro. Era el “poder Negro” (Black Power) que desarrollaron organizaciones y grupos radicales, algunos armados, como las llamadas “Panteras Negras”. Guatemala participó con un equipo de fútbol que venció a Checoslovaquia, la invadida patria checa, y los chapines por primera vez (¿será la última?) sintieron la gloria de un gran triunfo internacional. Mientras tanto, en el interior, las campañas contrainsurgentes militarizaban el oriente del país y miles de personas fueron asesinadas o desaparecidas en una sangrienta ola de terror. Ha pasado medio siglo como un parpadeo. En 2018 todo parece ser pragmático. Las juventudes en Europa no se interesan por la política. En los países pobres subsisten en forma de pandillas y maras. Los intelectuales europeos están enclaustrados en sus cátedras. En el Tercer Mundo, en cambio, muchos no acaban de tratar de explicarse el supuesto fin de la historia. Porque, en definitiva, el mundo sigue siendo desigual, pero combinando riqueza con pobreza, como dos caras de la misma moneda. Nuevas utopías no se construyen, pero tampoco se teorizaron en el 68. Nacieron en las calles. Por ello, no estemos tan seguros de que ya pasó toda época de barricadas y tomas de bastillas. Porque mientras haya pobres no estaremos seguros de nada.

El presente demanda cambios sustanciales en la gestión del Estado y la lucha contra la pobreza. La corrupción es el principal obstáculo para conseguir ambas metas y el principal un obstáculo para el desarrollo. Y la corrupción se desmantela en muchas partes, incluso en Europa como lo muestran los recientes escándalos sometidos a proceso del derechista PP-Partido Popular en España. América Latina por su parte ha sido por décadas azotada por la corrupción de la cosa pública. Se considera que ha habido una corrupción estructural que ha impedido el desarrollo y acentuado las diferencias sociales. También ha sido una forma indirecta de dominación por parte de grandes capitales internacionales y mafias, ya que al penetrar con sobornos y coimas a los Estados soberanos, se consiguen no solo contratos y ganancias sino una influencia innegable en el manejo de la gestión pública. La corrupción se realiza bajo la mesa, dando dádivas, regalos o descarados sobornos. De ahí que la corrupción es una enfermedad que penetra los Estados afectando verdaderamente la soberanía. Lo contrario, es decir la lucha estructural contra la corrupción es en cambio la verdadera soberanía.

Cerramos esta reflexión sobre el Mayo francés con una representación tentadora: el mundo dentro de cincuenta años. Cabe preguntarse: ¿Lograremos entonces a nivel de Guatemala alcanzar un desarrollo sostenible donde impere la justicia y haya sido desaterrada la corrupción? ¿Cómo serán recordados Jimmy Morales y su canciller Sandra Jovel? En todo caso, podemos todavía soñar y como en el 68 afirmar: “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

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