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Domingo

El idiota como “producto final”


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A algunos les parecerá “impropio” que inclusión de la palabra “idiota” en esta columna. Según el DRAE, su significado es: “Tonto o corto de entendimiento; engreído sin fundamento para ello”, es decir, la simple descripción de quienes –mayoritariamente– han ejercido función pública, pero también de quienes influencian mediáticamente, relativizando los valores y la verdad, con una agenda oscura que pretende “todo cambie… para que nada cambie”. Guatemala debe dejar de producir idiotas, pero, sobre todo, aquellos que ejerzan poder, porque sus calidades, los hace ser –solamente– demagogos manejables y servir –no a la patria– sino a intereses espurios, y es así, como los rezagos sociales, causa del caos, inseguridad y miseria, permanecen en el olvido. En este orden de ideas –ahora que ya han saltado a la palestra– como próximos “candidatos”, muchos trillados y otros secretamente “novedosos”, sería bueno analizar a los contendientes –en proceso de elecciones “primarias”– a la luz de tres cosas: 1 – A quienes representan, 2 – De quienes se hacen acompañar y 3 – La coherencia de su actuar con su discurso; en pocas palabras, sus “Credenciales de Vida”.

Las elecciones “primarias” en Guatemala –aunque no en ley– siempre han existido. Estas se llevan a cabo “dedocráticamente”, en discretas oficinas o restaurantes. Allí se ha “ungido” a uno o dos “caballos (literal) ganadores”, a quienes se les reparte la mayor parte. Al resto de los contendientes, se les da limosna, pues “por aquello que lleguen, se les puede pedir favores o dar órdenes”. Los nominadores a las primarias jamás han exigido “credenciales de vida” –seguramente no pueden exigir lo que no tienen– quieren básicamente, gente obediente, mansa e inescrupulosa, para poder manejarla a su sabor y antojo, rodeándola de sus colaboradores “de confianza” … por eso es importante analizar –con agudeza– el numeral uno, al analizar a los aspirantes al poder.

De quienes se hacen acompañar, también dice mucho. Si los rodean chambelanes serviles que les cargan el teléfono, el maletín y el saco… la cosa va por mal camino, porque el aspirante no desea servir, sino ser servido; también irían mal las cosas, si son serviles y representantes del sempiterno poder político-mercantilista. Por el contrario, si le acompaña gente decente, con credenciales de vida, “políticamente incorrecta”, franca y directa que –eventualmente– le contradice y le regresa los pies al suelo, podemos hablar de un aspirante digno, porque está apoyándose en un equipo fuerte y con convicciones.

Finalmente, la coherencia en su vida es determinante. Ello deja fuera a todo el “políticamente correcto”, y la razón es sencilla… es imposible –siendo coherente con los principios– quedar bien con todo el mundo, o decir una cosa, mientras se hace otra. La coherencia nos lleva a ser determinados, firmes, inflexibles con lo que no se enmarca con nuestra ética o valores. Guatemala no necesita más políticos “convencionales”, sino antipolíticos; no necesita gente –demagógicamente– “incluyente” de género, etnia o edad, porque está sobradamente demostrado que ser “kid”, lesbiana, mujer, viejo o indígena, no representa –en sí mismo– ninguna ventaja, para la democracia; suficientes corruptos de esos grupos hemos tenido. El digno aspirante debe “discriminar” para elegir bien a su equipo a aliados, pues la discriminación –correctamente entendida– “deja fuera” a indeseables y es que –para los propósitos del servicio público– nada tiene que ver el género, las preferencias sexuales, sino con virtudes y competencias. Debiera discriminarse, por ejemplo, a todo aquel: reciclado, improvisado, mentiroso, incompetente, lambiscón y pillo, mientras se privilegia al de experiencia, veraz, competente, franco e íntegro; la época –si se quiere salvar la patria– para los políticos “con experiencia” ha pasado, estos deben ser purgados, en el nuevo proceso electoral, porque han tenido –por décadas– oportunidad de hacer gobierno y lo han hecho mal, siendo comparsas o parte de un sistema corrupto.

Las entrevistas radiales o televisadas, preguntan –cada vez con más frecuencia– a los comparecientes que “analizan” el maloliente potingue nacional, ¿A quiénes ven ustedes como probables candidatos? Algunos analistas, incluso, especulan sobre “favoritos”, promoviéndoles y así –frívolamente– terminan los interrogatorios. Tanto “analistas”, como guatemaltecos ajenos a esta vorágine, de la que son solamente víctimas y que los obliga a trabajar en medio del terror y –encima– pagar impuestos para que vivan –a sus anchas– repugnantes parásitos… parecen estar persuadidos de que una figura convencional traerá consigo la solución; los chapines están convencidísimos que haciendo lo mismo –una vez más– se lograrán resultados distintos.

Note usted –preciado lector– al idiota. Lo encontrará como diputado –corrupto– vestido de digno, acusando a otro corrupto –también idiota– que funge como ministro o burócrata vistoso… como diputado anodino levantando la mano, o con cara de “santa”, mientras se perpetua en el poder; lo encontrará procurando o impartiendo “justicia”, dando noticias, pero –infaltablemente– haciendo política para una facción y soslayando sus deberes. También rentando un helicóptero para viajar treinta kilómetros o en la cola de los pasaportes, dando órdenes, a quienes pagan por un servicio que tienen todo el derecho de recibir, pero son tratados como escoria. El idiota está presente, en casi todas las dependencias del Estado… principalmente ocupando los “altos cargos” y así, desanimando a sus subordinados que saben –con exactitud– dos cosas: 1 – Nunca podrán ser ministros, viceministros o directores de área, esos cargos están reservados, para los idiotas, del partido de turno, amiguetes o empleados de los financistas que pusieron a gobernar al idiota “más importante” de todos. 2 – Que, si quiere conservar su trabajo, “no importa” su eficiencia, ni siquiera su probidad… sino obedecer al idiota que les ha tocado en “suerte” como “superior”.

Las instituciones, con idiotas a cargo, no puede ser, sino disfuncionales… por ello las credenciales de vida, no deben ser un “requisito” más –para ejercer función pública– sino el único y fundamental. En la práctica privada, aunque los idiotas también dañan, con frecuencia no tienen oportunidad de mandar tanto o por demasiado tiempo, porque su trabajo se traduce en malos resultados y entonces son sustituidos o controlados, por gente más apta. De hecho, en este ámbito, la experiencia y formación para el cargo –al igual que cada vez más la honradez– son requisitos –indispensables– para puestos de alta dirigencia; salvo –claro está– en empresas familiares anquilosadas –la minoría– en las cuales aún los compadrazgos o la lambisconería influyen en la toma de decisiones para mandos altos. No es un secreto que pasar por el polígrafo, es una obligación, para casi todo aquel que aplique a un trabajo… extremo del todo comprensible. En la Cosa Pública –cuando el idiota manda– se asume que cualquier persona puede ocupar cualquier puesto… la idoneidad, es despreciada. Note usted a los funcionarios públicos, analice sus respuestas, vea la altanería con la que pretenden encubrir su ignorancia. Pregunto ¿Ellos son la causa del problema o consecuencia? ¡Indiscutiblemente son el resultado final del sistema democrático viciado que nos ha traído al borde del precipicio! “La ignorancia es atrevida” sentenció el expresidente y escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento.

A menos que cambiemos –drásticamente– los criterios en las “elecciones primarias”, en las que me imagino esta vez tendrá mucho que decir el Supra Poder… continuaremos teniendo como resultado final, al pernicioso idiota ¡Piénselo!

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