Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Política del financiamiento ilícito

Fecha de publicación: 13-05-18
fotoarte: Jorge de León > Elperiódico Por: Jaime Barrios Carrillo
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Un sistema democrático es un mecanismo social de toma de decisiones. Lo anterior es positivo, mas funciona siempre y cuando haya una cultura democrática. Y la existencia de partidos consolidados, como verdaderos canales de la democracia entre la ciudadanía y el Estado y su gestión. Lamentablemente es lo que falta en Guatemala, es decir partidos serios. Además, una ciudadanía que participa poco, que tampoco fiscaliza suficientemente y luego vota por el primer payaso que le propongan.

Los partidos políticos, en todo caso, deben ser algo más que canales hacia el poder. En Guatemala se activan solamente para las elecciones. Recordamos ahora los esfuerzos de aquel gran líder que fue Manuel Colom Argueta para construir un partido que tuviera una organización de base realmente democrática y una ideología socialdemócrata definida.

Hay que precisar que conjuntamente con la democracia representativa existe otra dimensión: los procesos democráticos de participación, comúnmente llamados democracia participativa, que corresponden a una dinámica no solo de mecánica electoral, sino del involucramiento de amplios sectores ciudadanos en los partidos y en la sociedad civil. La sociedad civil en este caso forma parte esencial de la democracia. Aunque, y viendo nuestra realidad, tampoco la sociedad civil guatemalteca es suficientemente democrática, ahí faltan también cultura y estructuras democráticas.

No es la transparencia lo que caracteriza la arena política guatemalteca. Y esto no es nuevo sino constituye una carencia estructural que ha venido desde hace décadas afectando nuestro frágil sistema político. ¿Quién manda realmente en Guatemala o mejor dicho quién toma las decisiones que afectan a la sociedad? La respuesta gira alrededor de sobre quiénes financian la política y cómo pasan las facturas cuando los partidos financiados alcanzan el poder. El presidente Otto Pérez Molina, hoy encarcelado acusado de diversos actos de corrupción, se negó rotundamente en su momento a dar a conocer a sus financistas. Hoy están saliendo a flote en los juicios e investigaciones los financiamientos ilícitos del Partido Patriota.

Jimmy Morales, autoproclamado “ni corrupto ni ladrón”, no está sentado en el banquillo de los acusados por financiamiento ilícito gracias al Congreso que lo ha blindado. Se trata de un Congreso donde no prolifera la honradez ni la ética. Esta situación confirma el aspecto destructivo y perverso de “hacer dinero” por medio de la política, esa vieja política que debe desaparecer.

Cada vez más se hace claro e irrefutable que el financiamiento anónimo, y encima ilícito, produce un déficit democrático en el sistema, comenzando en el seno de un partido político y continuando a las estructuras del Estado, supeditándolo a intereses particulares. Lo que se ha pretendido hasta ahora es solamente visibilizar a los financistas, sin reflexionar que es precisamente la existencia de estos la causa del problema.

La democracia representativa muestra actualmente que hay muchos actores. Por lo menos en cuanto al número de partidos políticos que concurren en las urnas. ¿Pero son nuestros partidos políticos modelos de democracia? No, porque no son los principios los que valen sino la cantidad que se ponga en las cuentas para la campaña política. Los financistas se aparecen cada cuatro años. Compran puestos, cargos de elección y tráfico de influencias. Está comprobado que los grandes financistas son los que están detrás de las grandes licitaciones y en la obtención de plazas o cargos en el gobierno de turno para ellos y sus amigos. El panorama se torna aterrador cuando se piensa que crimen organizado y narcotráfico pueden estar entre los financistas. A lo anterior hay que agregar que la corrupción y la falta de equipos realmente capaces en el gobierno, conlleva a una bajísima productividad de la labor estatal con malas carreteras, salud en el suelo, educación deficiente, cultura precaria y desfinanciada, seguridad aterradora, etcétera La democracia no está suministrando lo que la ciudadanía espera y vuelven aires nostálgicos de autoritarismo y sueño en dictadores que supuestamente gobernarían mejor con mano dura.

La atrofia de los partidos políticos en Guatemala es profunda y muy seria: falta una amplia membrecía que participe de manera activa en el interior de las organizaciones y que, como en las sociedades abiertas y plenamente democráticas, paguen sus cuotas. La membrecía solamente es un juego escénico para lograr la inscripción con el número requerido de firmas. La debilidad de los partidos se muestra en sus carencias de cuadros y en la formación de los mismos. Y en la nula o poca apuesta por la juventud; en otros contextos los partidos tienen vigorosas secciones de jóvenes donde se forman los líderes del futuro. También resalta negativamente la falta de plataformas ideológicas que no sean solamente declaraciones pomposas y generalistas.

Una visión proactiva sería prohibir la existencia de financistas como incentivo real para la verdadera competitividad política, lo que vendría a favorecer el trabajo interno de las organizaciones y el desarrollo de sus plataformas ideológicas y programáticas. En las democracias representativas desarrolladas y consolidadas asume el Estado el papel neutral que le corresponde otorgando financiamiento limpio y transparente en relación directa a los niveles de votación logrados.

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