Martes 13 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Los malos ratos

Fecha de publicación: 29-04-18
fotoarte Jorge de León > El periódico Por: César A. García E.
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Ni la vida es un vergel, ni siempre el camino es plano, ni nos sentimos bien siempre… a veces –de forma abrupta– las cosas cambian un poco, entonces nos preocupamos y hasta nos desesperamos. En esos ratos infaustos, cuando sobran las angustias y no comemos en paz, ni podemos descansar… surgen elucubraciones, certezas, vacilaciones; saltan –como una esperanza– los recuerdos y memorias de las pasadas parodias que construimos posterior a vivencias similares… cuando estas se fueron yendo, dejándonos doloridos, pero también advertidos, con experiencias a tuto, con amigos demostrados, con conocidos lejanos que a lo mejor se alegraron: de nuestra tristeza obvia, la confusión evidente, los desánimos visibles y la forma en que afrontamos, nuestros momentos horribles.

Quedan también –en el alma– gratitudes por lealtades que en medio de la tormenta, fueron tangibles y gratas… que dejaron demostrado, hay ángeles en la tierra que allanan nuestro camino, que nos levantan del suelo y arreglan los desatinos. Hay ángeles invisibles y los hay de carne y hueso… hay gente que –Dios dispone– para ayudarnos –sin falta– como bastones y manos, como grandes fortalezas que nos hacen superar, los obstáculos más altos, y cuyo aliento y cariño… aligera nuestro peso. Y en medio de todo aquello, en medio del desazón, por las cosas que pasaron que no podemos cambiar y afligen el corazón… Dios está siempre presente, a veces solo observando, presto para intervenir en el momento prudente… tiernamente compasivo, atento, fiel y silente.

En medio del terremoto, acudimos a nosotros y queremos resolver, como “siempre” resolvemos… pero hay cosas que trascienden el “poder” que –muchas veces– hemos creído tener ¿Por qué pasan estas cosas?, ¿Por qué la vida de pronto nos hace sufrir reveses?, ¿Por qué se truncan los planes y por qué la luz decrece? Creo que es para marcarnos, cambios que son necesarios, para que –obligadamente– hagamos una parada, veamos lo que nos falta, lo que hemos trascurrido, lo hemos podido erigir y lo que hemos destruido. Y es que el afán y la lucha, incansable y preocupada, parece cosa plausible, pero a veces acarrea lesiones irreversibles, daño a nuestro organismo, sequías insospechadas, hartazgos muy prologados, frustraciones y fastidio.

Al no encontrar la respuesta, en toda nuestra memoria, en toda nuestra experiencia y entre otras dificultades que han formado nuestra historia… empezamos a escuchar, el consejo del amigo, aquel ser raro y valioso que nos quiere de verdad… de los que hay realmente pocos. También vamos a buscar una ayuda milagrosa que se basa en la conciencia de todo el acontecer que antes nos ha “fastidiado” pero cuya solución siempre –en infaltablemente– nos ha enseñado y armado: de nuevas habilidades, de mayor serenidad y –obvio– nos ha alejado… de la necia vanidad. Allí está el aprendizaje, en medio de la tormenta, allí se encuentra el buen Dios que nos empuja y alienta. Y volvernos a pararnos… y volvemos a avanzar… volvemos agradecer y volvemos a empezar. La vida es una carrera, de singular persistencia, de obstáculos y bajadas, de subidas, de salidas, de éxitos y de coraje, de tropezones ingratos, de triunfos inesperados, de recompensas grandiosas y logros tan anhelados. Pero es de resistencia, de aprendizaje constante, de buscar –en la virtud– el único y gran linaje… que nos haga ser distintos y nunca actuar por el instinto, sino por la convicción; siempre rectos y cabales, siempre veraces… frontales, siempre mirando a los otros, no para ser adulados, pero menos despreciados, sino como en realidad son… nuestros prójimos iguales.

La vida es, en realidad, la suma de los momentos, especiales y muy reales que nos muestran los caminos que si bien no son ideales, son los más ciertos y llanos… para evitarnos los males; entonces los malos ratos, son lo agrio de la mesa, pero no pueden hacernos: ni infelices, ni vencidos, ni perdedores, ni ingratos. Son los feos malos ratos, la oportunidad de crecer, de aprender cómo funcionan: la virtud y la amistad, el silencio y el saber, pero también la traición, la mentira, la carroña… la mala fe del enano; de experimentar –pasmados– como siempre gana el bien y pierde siempre el insano. La guía es la conciencia, de que somos incapaces de reconocer –del todo– el camino transitado… estando bien persuadidos que hasta donde hemos llegado, no solo es mérito nuestro; siempre obtuvimos ayudas y siempre nos asistieron. Cuando uno entiende este extremo, sabe que los malos ratos, llevan –a continuación– los episodios más gratos. ¡Piénselo!

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