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Domingo

Inesperado


Decidí tomar unos días a principio de año; iría a pasear por rumbos pocas veces visitados y algunos desconocidos. Enero era ideal, para esos propósitos porque aunque mis destinos son calurosos, en esos días los pronósticos del clima eran bastante benignos. Optimista  me marché sin más que una mochila, una tarjeta de crédito y una de débito. Para hacer la experiencia más aventurada,  decidí manejar –hasta Rio Dulce- mi viejo Volkswagen, serie 1302S de 1972, el cual fue icónico, porque se  lanzó al mercado en 1971 como “Súper Beatle” y solo se produjo dos años; su habitáculo es pequeño pero acogedor y nostálgico, porque para mí evoca, los  años de sueños, esfuerzos e ilusiones, cuando tenía apenas 19, ganaba ciento cincuenta quetzales al mes y había comprado uno idéntico, ya con nueve años de uso y algunos problemas mecánicos –por eso me lo dieron barato-  el cual usé durante más de tres  años y al que mis amigos de la universidad bautizaron como  “El Pollo” por ser amarillo.

Pasando el puente Belice y habiendo –para entonces– respirado bastante humo de buses y transporte pesado (es inevitable el  vocho no tiene aire acondicionado) mi carrito brillaba, como si no tuviese casi cincuenta años a tuto. Como viajaba solo –deliberadamente– pues quería pensar y escribir de otras cosas, ajenas a la desagradable política, tóxica corrupción o a la deprimente economía… llevé música de la que me gusta: boleros viejos, autores  en español de los  setenta,  rock de los cincuenta y marimba. Todo lo compilé en un USB; lo que no recordaba es que el ruidoso motor de los escarabajos, evita poder escuchar música a gusto, mayormente  en mis circunstancias que me impiden oír –algo distinto al Tinnitus– en mi oído derecho. Resolví apagar el radio y dedicarme a pensar –en rima– durante muchos kilómetros que es una de las cosas que me gusta hacer a solas y a veces comparto en este espacio.

Luego de  dos paradas, una de ellas  -relativamente larga- para almorzar, finalmente estaba en Río Dulce; me sentía exhausto y decidí comer algo ligero y descansar en el viejo hotel Catamarán que tiene vistas exquisitas. La noche fue complicada,  el calor se hizo sofocante y otra vez no tenía aire acondicionado; finalmente empezó a despuntar el alba  y salí a ver aclarar el día, disfrutando de tortugas abajo del muelle de mi habitación  y de las aves que emprendían el vuelo para ir a buscar su sustento,  confirmando con sus cantos de entusiasmo que Dios tiene cuidado de ellas; toda la modorra despareció al notar aquella espectacularidad. Luego de desayunar tocaba organizar mi viaje  a Placencia que era mi destino final y para el cual no hice reservación alguna… la aventura dominaba mi corazón, quería improvisarlo todo. No tenía idea de cómo llegar allá, solo noción por algunos viajeros conocidos que visitaron el lugar en yates privados y hablaban maravillas, también vi muchas fotos de aquel paraíso terrenal. Quería hacer el viaje de la forma más rudimentaria posible, pero siempre por agua, pues me habían insistido mucho fuese por tierra y me atiborraron de información sobre la ruta, precios y empresas que ofrecen el transporte. Pero así como había llegado a Río Dulce en el viejo escarabajo, quería llegar en una pequeña lancha a aquel destino tan exótico y no me importaba mucho la comodidad… estaba próximo a cumplir sesenta años y se trataba de una aventura en solitario. Lo primero que hice fue preguntarle al mesero del hotel quien me servía el desayuno con singular cortesía y era un gran conversador; al conocer mis planes de aventura me dijo enfático pero educado: “Eso no se puede don, allí hay que ir en una embarcación grande… no se lo aconsejo”. Pero empeñado en la intentona, tomé una tiburonera y le pedí me trasladara a la gasolinera que está en el Río, me bajé y empecé a preguntar. Finalmente un hombre mayor que yo, con un visible desánimo me dijo: “Si me paga lo que le pido, lo llevamos en la lancha de un amigo nativo de Livingston que ha hecho ese viaje muchas veces, pero mejor –reparó en tono de advertencia–  váyase por tierra, hay muchas opciones”. Por tierra no tiene chiste –le repliqué- de modo que se me quedó viendo y  me dijo “Yo siempre he querido llegar allá en una lanchita, antes fui capitán de varios yates, pero ahora sin los narcos hay menos trabajo”.  Me pidió regresara al hotel y sugirió salir de madrugada al día siguiente, pues el viaje en esa pequeña lancha de aluminio y apenas quince pies, con un motor de veinticinco caballos de fuerza, demoraría más de ocho horas.

Después de tomar un caldito de mariscos  a las 5 de la tarde, me fui a leer un rato y me quedé dormido…  me despertó a las 3.45 la alarma de mi celular. A las 4:30 saldríamos desde el Catamarán, hasta Placencia… un viaje largo y –según me advirtieron- demoledor. Puntualmente llegaron el capitán retirado y el lugareño de Livingston, éste último lucía confiado y tranquilo… el capitán dubitativo de si ir o no.” Finalmente partimos, aún oscuro y ha sido el amanecer más bello que haya presenciado; bordearíamos  la costa, lo cual haría el viaje más largo y seguro… “quizá diez horas” anuncio el dueño de la lancha. El trayecto fue interesante: grandes yates… más de los que me esperaba ver, lindas propiedades, exuberante naturaleza y un tiempo que pasaba lentamente. Repentinamente nos alejamos de la costa y el capitán, me advirtió que debíamos hacerlo porque allí vivía aún “gente fea” y era peligroso pasar  cerca… entendí, a la vez que me preocupé porque por casi dos horas, las olas golpearon el casco de la raquítica embarcación y entró suficiente agua para cubrir por completo mis zapatos. Las violentas olas quedaron atrás… de repente el motor se apagó. Era cosa sencilla, se había quedado sin gasolina, pero había suficiente para el trayecto. Cambiaron el tanque le dieron duro a la pita –que lucía bastante vieja– y finalmente arrancó para llevarnos a nuestro destino. Horas después: “Allá está Placencia” dijo el capitán, ¿A qué hotel vamos? Me preguntó, “al que usted diga” –le respondí– creo que regresaré por tierra en tres días. Bueno –me dijo– lo llevaremos a uno bonito, creo que por las fechas habrá lugar,  se trataba del Coppola Turtle Inn. Eran las 4:10 PM cuando llegamos y me impresionó ver ondear en aquel hermoso lugar, la bandera de mi Guatemala y un rótulo –del IGUAT–  en el que se leía “Bienvenido a Belice, parte del mundo maya”… me emocioné al ver aquello; les pagué a mis guías y les pedí me acompañaran para ver si podría quedarme allí y si lo conseguía que se quedaran un rato conmigo para comer algo decente. Aceptaron y empecé a caminar, pero escuché que alguien me gritaba: “¡César,  ven a tomar algo con nosotros! Me acerqué, para distinguir quien me hablaba y se veía un tumulto, bajo un elegante toldo; muchos de traje de lino y algunos con guayaberas… parecía el escenario de una boda. ¿Qué decías César que la consulta no serviría para nada? –me increpó un activista cívico con voz de locutor– de esos cuyas “convicciones” son como veletas y se mueven en dirección al viento del poder quien –ya algo cabezón– se hacía acompañar por el ex vicepresidente Stein; junto a ellos muchos personajes “Influyentes”, periodistas rebuscados y gente de la “sociedad civil” que agrupa a los mimos y advenedizos, según el son que se escuche;  logré distinguir -entre otros mequetrefes que circularon–desinformando-  fotos de Placencia o del mapa de Belice mutilado para promover el voto-  al diputado “Brasil Galdámez” entre la multitud, era una repugnante amalgama de timadores que ofrecieron, a cambio de ir a votar: seguridad, inversión y empleo. Contra mi razón debí reconocer el gran logro y dije humildemente: “Tienes razón, me equivoqué, al analizar el tema sesudamente, concluí en que no se lograría nada… pero esto es increíble…” Un olor fuerte a café fresco penetró mi nariz, lo cual no podía explicar en aquel entorno… hasta que el ruido de mi pocillo matutino me despertó al topar con mi mesita de noche; era mi esposa que llevaba en sus manos también un matutino, con fecha 15 de abril de 2021, donde se leía, en un titular secundario casi invisible –el principal anunciaba la muerte de Chabelo-  “A tres de la consulta popular, Belice aún no convoca a la suya”. El mensaje de mi raro sueño era claro… mientras el país seguía siendo –tres años después del fraude en las urnas- manejado por payasos y se hundía entre hambre, miseria,  violencia, criminalidad e incertidumbre jurídica, “los del elegante toldo”, es decir “la suciedad civil”, continuaban viviendo a sus anchas,  de la manipulación y el timo, rodeados de lambiscones astutos, locales y foráneos  que aplaudían sus “Iniciativas” de alienación popular… se habían dilapidado más de cuatrocientos millones de quetzales; US$14 millones –en lobistas y abogados- solo  durante el último semestre  ¡Piénselo!

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