Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Los 32 ausentes de Xalbal y la esperanza de Lucía

Era 1982 cuando toda la familia de Lucía Pérez desapareció y murió a manos del Ejército y de la guerrilla. Las persecuciones constantes no daban tregua a la población civil que se interponía entre las dos fuerzas combatientes. Efraín Ríos Montt dictaba las órdenes desde el Palacio Nacional que resonaban en esos elementos militares destacados en Xalbal, Ixcán en Quiché, la zona donde el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) se apropió de las montañas para hacerlas sus trincheras. Fueron 32 los familiares de Lucía que, entre marzo y diciembre, fueron asesinados o desaparecidos. Son 36 años de búsqueda, pero la esperanza de Lucía no se apaga.

Fecha de publicación: 08-04-18
Por: Pavel Gerardo Vega pvega@elperiodico.com.gt
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Lucía se ajusta un pañuelo blanco alrededor de su cabeza, su sonrisa regular se difumina para formar un semblante solemne. Echa una mirada hacia abajo para observar la cartulina donde están escritos los nombres de sus familiares desaparecidos y muertos. Se asegura de que las flores coloridas alrededor del cartel estén correctamente distribuidas. Pide que alguien corte la maleza que impide el paso de los invitados a la ceremonia. Todos callan unos segundos, mientras el incienso desprende su aroma en ese pedacito de montaña dentro de la selva de Ixcán en Quiché.

Así comienza la ceremonia maya que recuerda a quienes ya no están. Pequeñas y delgadas velas se reparten entre la concurrencia. Es momento de hablarle a los cuatro puntos cardinales. Las rojas para mirar al Oriente, velas negras para orar hacia el Occidente, las amarillas se encienden para voltear al Sur, y las blancas alumbran el Norte. Cada punto tiene su esencia, cada punto tiene su fuerza. Al centro, la ofrenda, todas las velas dirigidas hacia ese punto para rezarle al Corazón de la Tierra y al Corazón del Cielo.

La consigna principal de las oraciones emanadas de la ceremonia es la restauración del tejido social que se cortó con la guerra y el compromiso de la comunidad para que no se repitan los sucesos que desbarataron su vida. Fue una ceremonia de reivindicación de quienes ya no están, pero también de quienes se quedaron.

Es momento de traer las blancas candelas largas, una por cada ausencia. Lucía se acomoda frente a la ofrenda de flores, hincada frente a los nombres de sus desaparecidos, espera paciente a que sus compañeros que codirigen la ceremonia nombren a cada persona que no está. Por cada persona, una candela en la tierra. Las mechas se encuentran para que cada llama se conjugue con las otras y así se pueda generar una gran lumbre que representa la luz de las almas perdidas.

Culmina la ceremonia. Aún sobre sus rodillas, su semblante serio, los labios recogidos y sus manos enlazadas, Lucía sigue observando la ofrenda, los nombres, las candelas y el fuego. Ya no puede guardar el perfil de fortaleza, se desmorona y llora.

1982, el año oscuro

El Conflicto Armado Interno vio su época más cruenta desde 1978 hasta 1983. Un periodo clave para la contrainsurgencia del Estado, pues se desarrollaron estrategias que culminaron con líderes políticos, estudiantes, sindicalistas y población indígena. Todos los grupos destacados como enemigos del gobierno por, supuestamente, simpatizar o perseguir los postulados comunistas.

Una estrategia que Efraín Ríos Montt siguió al llegar al poder tras el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982. “Yo quiero que en Guatemala ondee la bandera azul y blanco, no la roja con la hoz y el martillo”, decía el general, quien murió el pasado domingo a los 91 años de edad. Ríos fue perseguido penalmente por genocidio en el área Ixil de Quiché y por la masacre de las Dos Erres en Petén.

Desde la insurgencia también operaban distintos frentes guerrilleros. Uno de ellos era el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) que se organizó en las montañas del norte de Huehuetenango y Quiché. Un eje fundamental de la guerrilla era hacerse de las comunidades cercanas a sus campamentos para abastecerse de alimentos y satisfacer otras necesidades. Así, la población se mantenía entre un grupo y otro, entre acusaciones y manipulaciones. Una de las tácticas del Ejército para debilitar a la guerrilla era eliminar a la gente. “La población es a la guerrilla lo que el agua es al pez”, se escucha decir al expresidente Otto Pérez Molina, cuando estaba destacado en Nebaj, en el documental ‘“Titular de hoy: Guatemala”’, filmado en el área ixil en 1982.

Mientras descansa sentada bajo uno de los grandes árboles que ahora habitan lo que hace más de 36 años era su casa, Lucía recuerda los consejos de su padre para no tener problemas con ambos grupos. “Ustedes manténganse callados. Si pasa la guerrilla para preguntar por los militares, digan que no saben. Si pasa el Ejército para preguntar por la guerrilla, digan que no saben”, era la recomendación de su progenitor.

Donde ahora hay un bosque espeso, antes eran terrenos que se usaban como cafetales y plantaciones de cardamomo. “Vivíamos muy felices con todo, había mucha siembra. Aquí vivíamos todos con mis sobrinos, mis cuñadas y cuñados, mis hermanos y hermanas y mis papás”, recuerda.

Uno de sus hermanos, mayor que ella, fue capturado en marzo de ese año. “Lo agarraron en el puente junto con mi cuñado. Los llevaron al centro del pueblo, ahí tomaron a otros, eran 30. Luego, los quemaron a todos en la iglesia y en la cooperativa”, relata. Esa fue la primera afrenta contra su familia. Un detonante que desmoronó a sus padres y a todos los demás.

“Nos vamos a morir, ya quemaron a mi hermano, quemaron a la gente del pueblo. Todos decíamos ‘ya vienen, ya vienen, ya se escuchan’, entonces, mejor nos quedamos para terminar, para no huir, para no escapar”, recuerda Lucía que ese fue el pensamiento de su familia y de ella cuando vieron cómo el Ejército arrasaba con la población.

La muerte de su padre es un tanto más sorprendente para ella. Él murió el 9 de julio luego de que tenía una dolencia en un brazo. “El Ejército pasaba siempre, le pusieron una inyección y a los cuatro días se murió”, lamenta.

La muerte estaba acompañada por la desesperación de la familia de Lucía, que se veía atrapada entre el miedo y la tristeza de ser acechados constantemente por las fuerzas armadas. Porque, aunque en algún momento no hirieran a su familia, su historia se repetía en otras comunidades cercanas.

Pero llegó noviembre para rematar el dolor. Tres cuñados y un sobrino de Lucía fueron secuestrados por los militares. Se los llevaron sin decir más. Era el presagio de lo que venía más adelante.

Lucía tenía miedo del Ejército, pero también tenía miedo de la guerrilla. Sin embargo, estuvo con los últimos inmersa en la montaña por casi dos años. Su estadía era intermitente, recuerda. A sus 17 años, ya estaba casada con Lorenzo, su actual pareja. Ese año, tenían ya a su primera hija, ella tenía unos tres años de edad. Así se involucró con el EGP, aunque no le gustaba porque pasaba hambre, no podía hacer nada y si intentaba escapar la podrían matar.

“Solo en la noche comíamos. Tostábamos maíz y lo guardábamos en bolsitas para tener más tiempo, pero solo eso”, relata y cuenta más sobre las atrocidades que también los guerrilleros cometían contra la población que los acompañaba. “Como no podíamos hacer ruido, cuando los niños lloraban, ellos decían que le metieran trapos en la boca para callarlos. Algunos niños murieron ahogados”, narra.

Y fueron elementos de la guerrilla quienes mataron a su madre y a su cuñada, quince días después de que se llevaron a los cuatro hombres. Era el principio de diciembre cuando estas dos muertes sucedieron. Los niños que quedaban en la casa fueron quienes enterraron los cuerpos donde pudieron y como pudieron.

Pero el 16 de diciembre fue el ataque más violento. Mientras el Ejército bombardeaba las montañas de Ixcán, un helicóptero de la misma institución bajó al terreno donde estaba la casa de los padres de Lucía y capturó a una veintena de personas. Entre ellas, 14 menores de edad.

Después de esa masiva desaparición forzada, Lucía pidió a la guerrilla el permiso para retirarse y migrar a México. “En la montaña nos obligaban a darles comida, desde ahí ya no les di. Les dije: tengo un coraje, ya no puedo más. Dame permiso, ya no soporto, me voy a salir. Ya se terminó toda mi familia. Me dieron el permiso, pero me costó unos cinco meses salir”, relata entre lágrimas.

A partir de ese momento, Lucía vivió en México por unos 14 años hasta que, las negociaciones de la firma de la paz permitieron el retorno de miles de refugiados en ese país. Fue así como comenzó su batalla para encontrar a sus familiares desaparecidos. Una batalla que le ha costado lágrimas, enfermedades y fracasos.

Fue con la Liga de Higiene Mental que encontró un apoyo para buscar, pero lo único que saben es que, luego de que fueron llevados en el helicóptero, los niños fueron vistos en el destacamento militar de Playa Grande en Ixcán. Durante la ceremonia, Marco Antonio Garavito, director de la Liga, le reiteró a Lucía y a su familia que seguirán con la búsqueda.

Un suceso inesperado

Una semana antes de que se celebrara la ceremonia para dignificar a los desaparecidos y muertos de Lucía, otros familiares que siguen viviendo en México regresaron por una temporada corta. Fueron al lugar donde antes estaba su casa, escarbaron con las manos en un punto específico y dieron con algunos restos que podrían pertenecer al padre de Lucía. Él y otras dos personas más fueron enterradas en ese lugar, por lo que el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) envió una delegación para asesorar a la familia en el proceso de exhumación de los restos.

Carlos Amézquita, del CICR, explicó que este es un caso representativo porque se trata de un solo núcleo familiar al que le fueron arrebatados tantos miembros. “Hay un efecto reparador en todo reconocimiento porque lo que se daña en un conflicto armado son las relaciones sociales. Este caso rompe estructuras sociales para varias generaciones. Es importante que se conozca la propia historia de la familia. Hacer un acto público de reconocimiento como la ceremonia y la posterior inhumación, no va a devolver lo perdido, pero sí repara lo roto”, expresó.

La esperanza de Lucía se ilumina y se apaga. Cuando se reúne con otras personas que han encontrado a sus familias, se levanta para seguir buscando. Pero cuando regresa a su cotidianeidad, a su casa en Nuevo San Lorenzo, Ixcán, la fuerza se desvanece. “Yo creo que están muertos. Hay muchos cementerios clandestinos en las zonas militares. ¿para qué los querían si eran niños, mujeres y ancianos? Creo que los mataron, los mataron a todos. Porque yo ya publiqué todo y no hay… no hay”, suspira.

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