Sábado 15 DE Diciembre DE 2018
Domingo

La cruz para mí

Fecha de publicación: 25-03-18
Por: César A. García E.
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La cruz siempre me ha impactado, desde que era solo un niño. Tuve algunas que usé antaño, la última la perdí… eso fue hace muchos años. No la vi cual amuleto, ni un objeto religioso, ni siquiera como joya, ni algo que me protegiera, sino como lo que fue… una máquina muy rústica de matar y confrontar: al criminal con su crimen, al malhechor con sus fallas, al ladrón con sus patrañas y al que se hallara embustero, corrupto o agresor… con sus males y sus mañas. Un objeto contundente de tortura e inclemente; al que temía el protervo, el ominoso homicida, el perverso parricida y era también el deleite del morboso, del que ostentaba el poder, del pueblo ávido de sangre, del cobarde y del medroso.

Y en ese instrumento raro, de lenta muerte y dolor que provocó tanto espanto, y también provocador de venganzas muy siniestras, del placer por ver sufrir… fue donde eligió morir –el único que fue santo– quien es Dios y mi Señor. Fue –lo relata Isaías– a la cruz, manso y callado; escupido, maltratado, golpeado por cien cobardes… sometido y ninguneado. Pero lo hizo virilmente, como siempre se portó… comprendiendo a aquella gente que tanto lo despreció. Como todos lo sabemos: padeció, fue asesinado y luego resucitó… subió al cielo y hoy gobierna, en un sitio diferente; pleno, colmado de luz y libre de mala gente. Pero esos que lo insultaron, despreciaron y mataron… no eran peores o mejores de lo que puedo ser yo. También lo he vilipendiado, le he dado la espalda y mucho, no he valorado su sangre, como –creo– debo hacer. Aunque le he debido todo: mi familia, mis trabajos, a mis queridos amigos, las cosas que tanto disfruto, mis deleites, mis descansos y hasta he podido dar fruto, me siento tan mal con Él… tan indigno de Su amor, tan pequeño, miserable, pecador incorregible, ingrato, vil y traidor.

De eso se trata Su grandeza y Su inagotable amor; no se trata de ser buenos, porque eso nadie lo logra –bueno y perfecto solo Él– se trata de ser mejores; cada día agradecidos, cada día imitando –aunque que sea un poquitito– su entrega, amor y gran obra. Él lo dio todo por mí, debo actuar –en consecuencia– como alguien que es un dador: de conciencia, eficiencia, de rigor y contundencia; también de misericordia, de perdón y de pudor; de decencia, de valor, de trabajo y coherencia, de respaldo… ¡ser mejor! Siendo cristiano y amado, no puedo corresponder, a aquel que murió en la cruz, entre tanto padecer. Si puedo –en correspondencia– recordar su sacrificio, para procrear –para otros– que son iguales a mí: respaldo, solidaridad, ayuda, amor… beneficio.

La cruz significa dar, significa agradecer, significa ser valientes, emulando a aquel ser… tan divino y tan humano, tan impecable y prudente, tan valiente y elocuente… tan luz, tan sal, tan amable que a nadie dejó plantado, que a nadie menospreció que perdonó sin dudar y a ninguno condenó… que comió con los profanos que hizo vino para gente, tan común y tan corriente… tan indigna como yo. La cruz es el amor pleno, del Padre bueno y eterno que a todos nos quiere dar, y en medio de nuestra roña y nuestras debilidades, busca –infaltable– abrazarnos, atraernos, levantarnos, brindándonos su consuelo, dándonos de nuevo fuerzas, cumpliendo –cuando conviene– con nuestros sueños y anhelos. ¡Piénselo!

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