Sábado 15 DE Junio DE 2019
Domingo

Apuntes del Pentagrama Doloroso que acompaña la Semana Santa

Las marchas fúnebres son piezas musicales de alta sonoridad, finamente hilvanadas. Tienen la virtud de que en un breve espacio recrean de manera conjunta sentimientos de sosiego, dulzura con los de inquietud, angustia y profunda tristeza. Son la banda sonora que ha acompañado las procesiones de la Semana Santa desde sus orígenes y se han convertido en una de las músicas más arraigadas a la cultura popular guatemalteca.

Fecha de publicación: 18-03-18
Foto: Édgar Pocón
Por: Claudia Méndez Villaseñor cmendezv@elperiodico.com.gt

Desde la época prehispánica, la música ha tenido un marcado sentido bélico y ceremonial en Guatemala. Historiadores como Salvador Montúfar Fernández, Artemis Torres Valenzuela y Fernando Urquizú refieren que en antiguos códices y murales quedaron grabadas incursiones militares y campañas de guerra en las que, junto a los soldados, caminaba un grupo de músicos. La obra El Arte Guatemalteco, expresiones a través del tiempo, cuyos autores son los tres expertos mencionados, revela que, cuando ocurría un conflicto armado, los pueblos mayas hacían uso de unos instrumentos que producían estruendosos sonidos que animaban a las tropas, así como de tambores y tunes que unas veces servían para marcar el paso y otras, en cambio, se convertían en un medio de intercambio de mensajes.

Cuando se trataba de ceremonias religiosas o grandes rituales, la música se convertía en un complemento emotivo, según los especialistas. “Sus notas movían las ideas entre los distintos grupos sociales a través del lenguaje de los dioses. Las estelas y figuras cobraban vida en las ceremonias”.

Los apuntes anteriores tienen la finalidad de recordar al lector que en la prehispanidad la música era indispensable en la vida cotidiana, política y religiosa de las comunidades. Una especie de hilo conductor, que fue aprovechado por la conquista española para la colonización y evangelización de los indígenas, siglos más tarde. Así ocurrió en territorios como Las Verapaces, donde los colonizadores se dieron a la tarea de descubrir talentos musicales entre los pobladores. A esos músicos los instruyeron para que compusieran obras que difundieran el mensaje del Evangelio.

Posteriormente, cuando fue levantada la Muy Noble y Leal Santiago de los Caballeros de Guatemala, “el repertorio musical creció con aportes de maestros que llegaron de España y Portugal, como Gaspar Martínez, cuyos hijos también se dedicaron a ese arte”, explican los especialistas. Esto facilitó conocer las obras de autores como Tomás Luis y Victoria Palestina.

En sus investigaciones, Fernando Urquizú ha profundizado en una de las vertientes de la música sacra, las marchas fúnebres que acompañan los cortejos procesionales durante la Semana Santa. En el trabajo de investigación Nuevas notas para el estudio de las marchas fúnebres en Guatemala, Urquizú revela como este pentagrama doloroso ha evolucionado en el tiempo, y ha estado intimamente ligado a la manera de vivir la religiosidad, de acuerdo a los momentos históricos y políticos del país.

Música para la vía sacra

De acuerdo con Urquizú, las marchas fúnebres nacen en el siglo XVI y evolucionaron paralelas al desarrollo de la cultura hispánica en el reino. El historiador cita en su trabajo la mención que, en 1993, hace el antropólogo, historiador y músico Celso Lara de un repertorio de composiciones para órgano y orquesta, resguardados en el Archivo Arquidiocesano de la Catedral Metropolitana, que acompañaba los oficios de Cuaresma y Semana Santa durante la Colonia. Eran de estilo renacentista tal como las que dominaban Europa en esa época.

Según Urquizú, la Iglesia y el Estado utilizaron esa recopilación musical como un medio de “enseñanza y recapitulación para el pueblo que aprendía mediante recitar dogmas y repetir rezos orientados por los sacerdotes. Los curas a su vez se apoyaban en un gran aparato artístico”. Por ello, las procesiones jugaron un papel fundamental en este proceso, indica.

En el ensayo, Marchas Fúnebres: La Vía Sacra Musical de la Semana Santa en Guatemala, Celso Lara menciona que la marcha fúnebre más antigua de la que se tiene noticia, fue la que acompañaba la procesión intramuros del Cristo de los Reyes de la Catedral de Santiago de Guatemala en 1594, de autor desconocido, y cuya partitura descubrió Enrique Anleu Díaz –destacado historiador, músico y artista plástico– en los archivos de la Catedral Metropolitana. Se trata de una pieza de 1594 que acompañaba intramuros al Cristo de los Reyes de la Catedral de Santiago de los Caballeros. Contenía la esencia de una marcha fúnebre. Una composición en tonalidad menor, que luego pasa a tonalidad mayor, con ritmos del son mestizo en cadencia lenta y luego vuelve a la tonalidad menor. Esta estructura es la que se mantiene hasta la actualidad.

Luis Roberto Alegría Castrillo, de la Hermandad del Señor Sepultado de Santo Domingo, en el artículo La historia de las marchas fúnebres en Guatemala de 2009, resalta la marcada influencia que tuvo en la música procesional la escuela veneciana del siglo XVI, con compositores como Andrea y Giovanni Gabrieli o Claudio Monteverdi y el aporte del concepto de lo policoral. Fue Luca Marenzio, quien fue parte de la corte de Carlos V y Felipe II, quien introdujo en España el gusto, la teoría y la práctica de lo policoral veneciano, “en particular la música procesional sacra al interior de los templos o de los cortejos procesionales profanos en las calles de los burgos con el fasto requerido”.

Vinicio Quezada, director artístico del Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara, comenta que las marchas fúnebres de los siglos XVII y XVIII tenían también influencia de las marchas de Sevilla que acompañaban los cortejos procesionales. Menciona, asimismo, que los primeros registros de que la Iglesia hiciera pagos a los músicos de las bandas fúnebres son de 1600. “Eso con los civiles porque la mayoría de procesiones utilizaban a los músicos de la Capitanía o del Ejército y a ellos no había que pagarles”.

Benedicto Sáenz

Según Quezada, las marchas fúnebres de autores nacionales nacieron en la mitad del siglo XIX con los aportes de Benedicto Sáenz, quien aspiraba a que el país conociera los grandes maestros europeos. En un viaje a París, compró las partituras de la Marcha Fúnebre de Chopin (3er Movimiento de la Sonata para piano No. 2) y de la Marcha Fúnebre de Beethoven (Sinfonía No. 3 Heroica). A raíz de ese momento, ocurrió un cambio en la forma de componer piezas religiosas, señala el músico.

Las palabras de Quezada tienen respaldo en una investigación de Igor de Gandarias, La Obra Musical de Benedicto Sáenz (1807-1857), su papel en el desarrollo del Romanticismo y la Ópera en Guatemala. Ahí relata cómo este músico nace en el seno de una de las familias de mayor abolengo musical del país. Su abuelo Vicente y su padre, Benedicto, ocuparon importantes puestos en la Capilla de la Catedral Metropolitana de la Nueva Guatemala de la Asunción. Él también tendría un cargo, años más tarde, aunque sin paga, lo cual lo mantuvo sumido en la pobreza.

Su gusto por los grandes maestros europeos lo acompañó a lo largo de su vida. En 1850, viaja a París y consigue que impriman su obra Messa Solenne per Soprano, Contralto, Tenore, Basso e Grande Ochestra y, a su retorno al país, se propone impulsar y difundir la ópera en Guatemala, pese a la falta de condiciones para ello.

Historiadores consideran a Sáenz como “el eslabón de cambio”, al transformar la música barroca de ascendencia española al culto de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Entre sus composiciones destacan Las Lamentaciones, una pieza comparada a una obra de Verdi y dos Miserere, uno que se canta cada año el Miércoles Santo en la Catedral Metropolitana y el otro el Lunes Santo en la velación de la Imagen Consagrada de Jesús de la Merced. Su hijo, Pablo Sáenz Lambour, se convierte en el primer autor de marchas fúnebres de corte Neoclásico Romántico.

A partir de entonces, surgieron nuevos autores y el repertorio de marchas fúnebres a nivel nacional creció a más de 2 mil. En 2011, el Ministerio de Cultura las declaró Patrimonio Intangible de la Nación.

Influencia del cine
> Películas como Cabiria (1913) ¿Quo Vadis? (1912) basada en la novela homónima de Henryk Sienkiewicz, o Ben Hur (1925), influyeron en la manera cómo se diseñaron los cortejos procesionales durante el siglo XX, señala el historiador Fernando Urquizú. Comenzaron entonces a aparecer cuerpos de música que interpretaban fanfarrias romanas, que sustituyeron a los antiguos trompeteros españoles.

En la década de los cincuenta, hubo nuevas versiones cinematográficas de Quo Vadis (1951), Ben Hur (1959) y fue filmada El manto sagrado (1954) y en ellas, talentosos músicos guatemaltecos encontraron fuente de inspiración que trasladaron a las marchas fúnebres contemporáneas.

Anécdotas de La Reseña

> El historiador Fernando Urquizú explica que Jesús Nazareno de la Merced fue la primera imagen tallada en la Colonia para salir en procesión. Desde entonces, la ha inspirado a talentosos músicos para crear marchas fúnebres:

– “La Fosa”

Su autor, Santiago Coronado soñó en 1888 que oraba a Jesús de la Merced, cuando observó que la imagen no estaba en su camerino y sintió una profunda tristeza. Acongojado, como estaba, vio después cómo se encendía una luz blanca que iluminó un gran foso. La imagen, vestida de blanco, estaba allí y le dijo al músico: “Santiago, ¡ah… carajo!”. El hombre le pidió perdón y preguntó por qué le decía así, pero Jesús se fue caminando. En ese momento, escuchó la notas musicales de la marcha. Al despertar comenzó a escribir la partitura.

– “La Reseña”

Está considera como la obra musical sacra por excelencia. Compuesta por el maestro Mónico de León en 1905. Con esta pieza comienza el recorrido de la procesión de La Reseña, el Martes Santo. El músico acudía cada año a esperar la salida de la procesión y lloraba de emoción cada vez que escucha la marcha.

– “¡Señor pequé!”

Fue escrita por monseñor Joaquín Santa María y Vigil y se escuchó por primera vez el Viernes Santo de 1927, cuando el Nazareno avanzaba por la Plaza de la Constitución.

– “Señor de la Merced”

Al principio se le conoció con el nombre de Se murió mi papá, porque Salvador Iriarte, autor de la pieza, acudió a la iglesia para enfrentar la muerte de su padre y en sus oraciones con gran tristeza le decía al Nazareno: “se murió mi papá”. En ese momento, escuchó en su mente las partituras de esta marcha.

– La “Mater Dolorosa”

Es la marcha oficial del Domingo de Ramos que acompaña a la hermandad de Jesús Nazareno de la Santísima Cruz de los Milagros, del Santuario Arquidiocesano del Señor San José. Fue escrita por María Julia Quiñónez Ydígoras, conocida como La Maciste, y se cree que fue estrenada en 1942. La Maciste era una mujer oscura que inspiraba temor, tanto por su porte tosco y varonil, como por su cercanía a figuras de poder, Jorge Ubico y Miguel Ydígoras Fuentes, por mencionar algunas. Paradójicamente, la partitura de la Mater Dolorosa es un hermoso himno que refleja dulzura y profundo dolor, según algunos estudiosos.



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