Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Domingo

Romper el código de honor de la corrupción

Fecha de publicación: 11-03-18
Por: Manolo Vela Castañeda manolo.vela@ibero.mx
Más noticias que te pueden interesar

Las sociedades cambian. Uno voltea a ver atrás y se pregunta ¿qué estábamos pensando? ¿cómo fuimos capaces de aceptar –hacer, o decir– aquello? Las creencias que teníamos tan arraigadas se ven hoy con una poderosa carga de vergüenza ¿cómo pudimos creer que aquello era lo correcto?

Los ejemplos sobran: cuando las mujeres no votaban; cuando la posibilidad de juzgar a militares por crímenes de guerra era visto como algo imposible; cuando el maestro tenía la potestad para castigar físicamente a sus alumnos; cuando la democracia y los derechos humanos eran tomados como ideas exóticas; cuando el padre tenía el deber de castigar a sus hijos y podía golpear a su esposa; cuando la homosexualidad era tomada como una enfermedad.

***

En 2010 el filósofo Kwame Antonhy Appiah publicó The Honor Code. How Moral Revolutions Happen. Como toda investigación capaz de dar con nuevos descubrimientos, la del profesor Appiah, hace una articulación entre teoría y casos históricos. ¿Cuáles son los casos con los que trabaja? China, 1900-11, el fin de la práctica del vendado de pies a las mujeres; Inglaterra, 1852, la eliminación de los duelos; Inglaterra, 1807-34, la abolición de la esclavitud; y, Pakistán, un caso diferente, una revolución en desarrollo en contra de las formas de castigo hacia las mujeres. Los casos son reconstruidos desde la historia, pero también desde la teoría, y para hacer esto último el autor se vale de la idea de revolución moral. ¿Qué es una revolución moral? Es una transformación rápida en el comportamiento moral, que no se trata exclusivamente de creencias sino de prácticas (161). ¿Cuáles son los descubrimientos más importantes? 1) Que los resortes que impulsan estas grandes revoluciones no se hallan en los argumentos morales, a manera de momentos cegadores de luminosidad; porque, finalmente, esos argumentos morales siempre estuvieron allí, pero eran inútiles, se les podía ignorar (xii). 2) Que lo que impulsa estas revoluciones morales es un cambio en las ideas de honor, respeto y prestigio, hacia sí mismo y hacia los demás. Cuando tener esclavos, retarse a un duelo o atar los pies de las mujeres, deja de ser motivo de honor, y dejan, por tanto, de ser considerados comportamientos que llevan a ganarse el reconocimiento de los otros, allí es donde empiezan estas revoluciones morales. Cuando los actos que antes traían reconocimiento ahora provocan vergüenza, la revolución moral está en marcha.

***

Esto mismo podemos traerlo a la época que estamos viviendo en Guatemala con respecto a la corrupción.

Se ha empezado a dejar de ver las prácticas de corrupción como normales; y a las personas que se han visto comprometidas en hechos de corrupción se les ha dejado de ver como dignas de respeto. Y esto va desde las prácticas del alcalde de Patulul, a las plazas fantasma con las que el alcalde Arzú pagaba favores al capitán Lima Oliva, o las operaciones empresariales para comprar presidentes, financiando su campaña, a cambio de favores que se traducían en políticas públicas, o en el arreglo de contratos a modo. Todo esto, que antes concitaba el reconocimiento que se condensaba en el “ala, qué cabrón”; en ese sentido común de que el cargo estaba hecho para los sobresueldos por todas las vías que se pudiera; en la búsqueda de mecanismos para el financiamiento de “mi próxima campaña”, y la famosa frase del “político pobre es un pobre político” o el “el que no transa no avanza”; cuando el que no jugaba con esas reglas no podía subirse al cuadrilátero de la política porque era como salir –eso se pensaba– con una mano atada a la espalda.

Esto es lo que está en juego en estos días: la posibilidad seguir derrumbando esos sentidos comunes que hicieron –durante décadas– que la corrupción fuera aceptada como normal, y que los corruptos se ganaran el reconocimiento de todos. Lo que está en disputa es el sentido de honor con el que la corrupción, durante décadas, echó raíces.

Detrás del “así es como ha sido siempre”, “no puede ser de otra manera”, “así es como se hacen las cosas aquí”, “solo son dos plazas”, está el honor de los corruptos. Esto es lo que ahora se tocó y provocó la reacción que estamos viendo: los corruptos aprovechan cada oportunidad para hacernos creer que con ellos se cometen injusticias, que el debido proceso, que los testigos, que las pruebas, que la CICIG, que la fiscal, ¿y qué más van a hacer? Si es lo que durante toda su vida aprendieron a hacer bien, engañar. Hacen uso de lo que podríamos llamar una manipulación estratégica de todo lo que se halle a su alrededor. Con tanta plata, experiencia, redes de relaciones, y tiempo libre ¿qué más les queda?

Finalmente, corrupción seguirá habiendo, a lo que aspiramos es que los costos sean tan altos, por la posibilidad de ser descubierto y sancionado, por las leyes y las instituciones. Esto hará que los actores evalúen con más cuidado si aceptan ser parte de arreglos corruptos. Pero también, que los corruptos dejen de creer que siendo corruptos podrán seguir siendo considerados como dignos de prestigio, respeto y honor.

Debemos ser capaces, como sociedad, con la ley y las instituciones, de hacer que los corruptos se sientan avergonzados por sus actos. De allí que la información sobre los hechos en cuestión tenga una importancia capital, que –por cierto– los corruptos se afanan en evitar a toda costa. Porque, eso argumentan, es litigar en los medios de comunicación. Información y sátira, ridiculizarlos, burlarnos de ellos, que como mínimo eso merecen por el daño que han hecho.  Ese es –en parte– el papel que juegan los memes, esas manifestaciones creativas que circulan en las redes sociales. Al ridiculizarlos estamos desafiando el código de honor de la corrupción.

Tenemos que ser capaces de quebrar el código de honor con que la corrupción se instaló en nuestra sociedad, en nuestro sistema político y económico. Ese es el reto.

Si lo logramos podremos contarles a nuestros hijos lo que por un tiempo toleramos, y cómo logramos cambiarlo. Si fracasamos, seremos interpelados por ellos.

Etiquetas: