Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Domingo

El hombre al que le sudaban las manos

Fecha de publicación: 28-01-18
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico Por: Manolo E. Vela Castañeda manolo.vela@ibero.mx
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La ambición sin límites, el afán de poder, y una capacidad muy natural para el latrocinio. Con estas armas, Manuel Antonio Baldizón Méndez, estuvo a poco, muy poco, de hacerse presidente.

Desde este 20 de enero, el que durante mucho tiempo fuera el político más importante de Guatemala –que rápido se nos olvida todo– ha perdido su libertad; pasa sus días en Miami, en un centro al que llaman “de procesamiento” que está a cargo de ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Las condiciones allí no son nada fáciles. Como en las series de presos que uno puede ver en la tele, le hacen vestir uniforme, que ahí es naranja, y las instalaciones están acondicionadas para que no pueda tener ningún tipo de contacto físico con sus visitantes. Al final, uno termina preguntándose ¿Cuál era el afán de hacerse con tanta plata, tanta propiedad, tantos carros, helicópteros?

La historia de Manuel Antonio, como al final de sus tiempos en la política gustaba que le llamaran, empieza quince años atrás.

Él era, como el presidente Morales, de esos que creen que nacieron para ser presidente del país. No estaba para ser alcalde de alguno de los pequeños pueblos de Petén, él iba a entrar a la política por la puerta grande: en 2003 se hizo diputado. Aprendió de otro político de raza, experto en saber emplear las palancas de la corrupción: Leonel López Rodas, imagínense, el mismo que arrebató el PAN (Partido de Avanzada Nacional) a Arzú, su antiguo dueño. Y a pesar que su partido era la cuarta fuerza en el Congreso, Baldizón se coló hasta adentro, llegando a ocupar –en 2004– la quinta posición en la Junta Directiva.

Tres años le bastaron para entender cómo funcionaban las palancas de poder en el Congreso. En 2007 tomó control de la Comisión de Finanzas. Y convirtió el presupuesto en una gran bolsa para capitalizarse él, repartir y comprar voluntades a manos llenas: subsidio al transporte, dinero para constructoras y oenegés de alcaldes y diputados. No es que él haya inventado esa forma de pactar el presupuesto, pero las cantidades que en esa ocasión se movieron hicieron parecer chiquito lo que antes se había dado. Entonces, Manuel Baldizón se convirtió en Manuel Baldizón, el candidato, el líder, el doctor.

Con esas palancas en la bolsa planeó su salida del PAN y su llegada a la UNE (Unidad Nacional de la Esperanza) de Álvaro Colom, que, en ese mismo año (2007), se haría con la presidencia. A cambio, él volvió a recibir como premio, en 2008, el control de la Comisión de Finanzas. Ese mismo año (2008) empieza un movimiento para separarse del partido, lo que concreta en 2009, llevándose 11 diputados.

En aquel tiempo, entre 2008 y 2011, el Congreso se convirtió en una pecera llena de tiburones, el núcleo duro de la mafia guatemalteca que el Ministerio Público y la CICIG (la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala) se han dado a la tarea de desbaratar. Allí coinciden, como diputados, Roxana Baldetti, Manuel Baldizón, Otto Pérez, y Alejandro Sinibaldi. Allí amarran esta alianza, de la que también hace parte Gustavo Alejos, en aquel entonces Secretario Privado.

En la elección de 2011, donde compite por primera vez por la presidencia, llegó, debido a la anulación de la inscripción de Sandra Torres, a disputar la segunda vuelta con Otto Pérez. Pierde la elección, pero los 10 mil votos que obtuvo en 2003 (que le hicieron diputado distrital) se multiplicaron en 2011, cuando llegó a rozar los 2 millones de votos. Era la euforia. El sentido común indicaba que la próxima elección, la de 2015, era la de él.

Pero los casi 2 millones de votos en la segunda vuelta de las elecciones para la presidencia no se tradujeron en un grupo parlamentario fuerte. Por eso el 14 de enero de 2012, la bancada del partido Lider en el Congreso pasó de 14 diputados que habían sido electos, a 53. “A los diputados es más fácil comprarlos que hacerlos”, se mofaba, y después iban unas carcajadas para reafirmar su poder. “Salí de shopping de diputados y mirá, a cuántos me embolsé. Querían irse de vacaciones a Disney, ir a ver a Mickey Mouse”. Hasta entonces, el transfuguismo, esa práctica que luego llegaría a extremos, se limitaba a unos cuantos diputados que salían de sus partidos en disputas de poder con sus comités ejecutivos. A pesar de los millones invertidos en esa campaña, a Manuel Baldizón todavía le quedó dinero para salir de “shopping de diputados”, de a Q500 mil cada uno.

Durante aquel tiempo Baldizón iba a contar ya con su propio partido político, una bancada en el Congreso, suficiente plata para pagar –no una sino hasta tres campañas, como gustaba decir– y el favor del señor de los canales, don Ángel González, a quien conoció en el Mundial de Sudáfrica (2010), donde coincidieron. El político joven, para agradar al señor le obsequió un reloj de esos de US$50 mil.

La suerte de Manuel Baldizón cambió dramáticamente el 16 de abril de 2015 cuando la conferencia de prensa de la CICIG en la que se descubrió “La Línea”. El viento en sus velas se apagó y a partir de allí iba a desatarse un infierno en su cuarto de guerra en la carrera hacia las elecciones de septiembre de 2015, cuando fue relegado a un tercer lugar. Lo demás es historia.

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En Petén, de donde es originaria su familia, la fortuna del clan se basó en el comercio ilícito de piezas arqueológicas que el papá de Baldizón, don Salvador, compraba a los güecheros a precio de ganga, para venderlas a coleccionistas extranjeros. De allí surgió el capital que luego se dirigió a comprar propiedades, hospitales, el comercio, la industria hotelera, el transporte, los medios de comunicación. ¿Trabajo fuerte? ¿el ejemplo del emprendedor?

Algunos de sus colegas en el Congreso le recuerdan como alguien a quien extrañamente, al saludar, siempre se siente que le sudan las manos.

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Quizá el problema no sea Baldizón, el “doctor”, sino los muchos Baldizones que siguen esperando la oportunidad para hacer la carrera política que él –inesperadamente– coronó con la cárcel. Alejos, Carrillo, Escribá, Hernández Azmitia, Regalado, Ubico, y una larga, muy larga lista.

Quizá sus días habrían terminado con la gloria efímera de la presidencia de no haber sido porque la institucionalidad del país cambió y la gente salió a las calles. En aquel momento nos libramos de un mal sin darnos cuenta –en aquel momento– que estábamos cayendo en otro, el gobierno del presidente Morales, y ahora ya nunca sabremos qué era peor.

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