Domingo 9 DE Diciembre DE 2018
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Cuando la fe acompaña el caminar del migrante

Dolor y tragedia marcan los pasos de quienes avanzan por la frontera entre Guatemala y México rumbo a Estados Unidos. Antes de alcanzar el “sueño americano”, hay que caminar por territorios inhóspitos y peligrosos dominados por las condiciones climáticas y la crueldad del crimen organizado. Soportar, además, intensas cargas de indiferencia y, por supuesto, la xenofobia. Las secuelas de la travesía acompañarán al migrante por el resto de su vida, pero también los acompañaran los milagros vividos en la frontera. Esos momentos en los que sintieron una fuerza bienhechora ayudándolos a cruzar el desierto, superar el río Bravo y burlar a la Policía migratoria. La fuerza milagrosa bien pudo ser la Virgen María o Jesucristo mismo o santidades menos ortodoxas como la Santa de Cabora, el Niño Fidencio, Jesús Malverde y Juan Soldado.

Fecha de publicación: 07-01-18
Por: Claudia Méndez Villaseñor cmendezv@elperiodico.com.gt
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Los movimientos migratorios de finales del siglo XIX de mexicanos y ciudadanos de otros países latinos llevaron a Estados Unidos no solo nuevas modalidades culturales, sino también otras formas religiosas. La fe ha resultado clave en esta travesía, porque desde entonces hay noticias de los horrores de la frontera; de los abusos de coyotes y delincuentes a esos grupos vulnerables, que sin nada más que lo que llevaban puesto, trataban de llegar a Texas o Arizona.

Un estudio del Colegio de la Frontera Norte de México (El Colef) evidenció en 2009 cómo las creencias espirituales consiguen hacer soportables las vicisitudes del largo camino al Norte y ayudan a sanar las heridas físicas y psicológica producidas en el trayecto. Migración y creencias. Pensar las religiones en tiempos de movilidad se llama la investigación dirigida por Olga Odgers y Juan Carlos Ruiz, que trata de explicar ese fenómeno.

Según los expertos, durante más de un siglo la Sociología de las Religiones sostuvo la tesis del progresivo declive religioso a causa de la modernidad. Pero, en la última década, sucedió lo contrario. Con la modernidad tardía han surgido nuevas expresiones de religiosidad, expresadas en los diversos aspecto de la vida individual y colectiva, aseguran.

De acuerdo con los especialistas, los migrantes-creyentes resultan un caso paradigmático esencial en el análisis de las nuevas expresiones de las religiones contemporáneas, debido a que la persona que se desplaza lleva consigo sus creencias y reproduce (con mayores o menores transformaciones) una práctica religiosa específica.

“Por su actuar cotidiano es posible ver las diferentes estrategias de producción y reproducción de creencias religiosas. La sorprendente creatividad que se expresa en la forma como quienes se desplazan viven sus religiones es también una expresión de la imposibilidad de perpetuar mecanismos tradicionales para reproducir una realidad que se ha transformado”, señalan.

Con esta premisa, los investigadores convocaron en 2005 a un grupo multidisciplinario con la finalidad de elaborar un estudio relacionado al tema. Fue así como surgió el término “imaginario católico migrante” para describir el caso.

En ese sentido, uno de los colaboradores, Miguel J. Hernández elaboró un análisis sobre el deterioro físico y psicológico que sufre el migrante durante la travesía. Lo tituló, El cuerpo del creyente y la experiencia del extranjero. Imágenes de los itinerarios de la identidad migrante.

Hernández recuerda en este documento que en los años cuarenta y cincuenta a las personas que cruzaban por el río Bravo les llamaban “espaldas mojadas o quemadas”, iban a Estados Unidos a trabajar en zonas agrícolas del sur. “Luego los llamaron ilegales”, con la connotación negativa que esconde el término.

Así comenzaron a aparecer en los retablos y exvotos de la devoción católica los cuerpos de los clandestinos y sus sufrimientos. Las representaciones gráficas narraban de manera explícita las enfermedades y situaciones peligrosas, hasta mortales, que padecieron al cruzar la frontera. Deshidratación, mordedura de serpientes, quemaduras en la piel, asaltos, violaciones.

Hernández explica que el retablo no trata solo sobre la narración del hecho. “Es el testimonio de la invocación de auxilio, a la Virgen o a Cristo o al personaje santificado, para liberarlos del peligro y la acreditación por el milagro concedido”, dice.

“La imagen de los espaldas mojadas o quemadas se presta a asociar el sufrimiento corporal con la metáfora del cristiano que lleva a cuestas su propia cruz y así redimir sus pecados, pero con la debida distancia que amerita la comparación”, aclara.

Para el investigador, la diferencia entre los místicos de los siglos XVI y XVII con la de los laicos contemporáneos es que su manera de vivir la fe no requiere provocar la búsqueda de Dios en la mortificación de la carne bajo el confinamiento, su vida cotidiana es más que suficiente para establecer ese encuentro, asegura.

Socorro divino

El especialista considera que la devoción a las deidades religiosas con la finalidad de invocar su auxilio, tiene sentido en la figura de la Madre, la Virgen María.

Hay una jaculatoria que reza, “Aquí no hay nadie, solo estoy yo; y acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre para protegerte” y que confirma cómo la devoción mariana salvaguarda al creyente de la orfandad y abandono en el sufrimiento corporal. “Aun los espaldas mojadas o quemadas están cubiertas por el amoroso manto de la Virgen de Guadalupe, de la Virgen de San Juan de Los Lagos o la Virgen de Zapopan”, indica Hernández.

“El cuerpo contiene esa protección en la medida que tenga contacto con la imagen. De esta manera puede moverse en los territorios y trasladar la fe a los lugares donde lo miran como extranjero”, agrega.

Mientras escribía este análisis, Hernández entrevistó a un migrante en Tijuana y escuchó lo que había padecido al cruzar la frontera. Se dijo Testigo de Jehová, pero no duda en afirmar que cuando lo perseguía la Policía migratoria estadounidense, su pensamiento estaba con la Virgen María. “Pues sí, le rezaba a la Virgen de Guadalupe”, dijo entonces al experto.

En el trabajo patrocinado por El Colef, Patricia Arias y Jorge Durand ahondaron en las devociones fronterizas y reportaron que en las últimas tres décadas del siglo XIX aparecieron en la frontera norte, diversidad de devociones populares inéditas en la tradición religiosa mexicana y de otros países latinoamericanos. Nació el culto a personas contemporáneas, revestidas de santidad en vida y sujetas de intensa devoción, al menos en su momento.

Los investigadores consideraron que estas devociones podrían haber comenzado con don Pedrito Jaramillo de Jalisco que vivió en Olmo, Texas, y sanaba a campesinos de ranchos cercanos y concluyeron en 1938 con la muerte natural del “Niño Fidencio” y el fusilamiento de Juan Soldado.

Guerra fronteriza

Arias y Durand estudiaron las devociones a Teresa de Urrea conocida como “La Niña” o “la Santa de Cabora”; a José Fidencio Cintora Constantino, “Niño Fidencio”; a Jesús Juárez Maso, “Jesús Malverde”, y a Juan Castillo Morales, “Juan Soldado”, y evidenciaron que fueron las de mayor difusión y las que perduraron con los años en los estados norteños de Baja California, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Sinaloa, Sonora, Tamaulipas, Arizona y el sur de Texas. “Surgieron y se popularizaron en el siglo XIX y trascendieron a lo largo del siglo XX”, afirman los especialistas.

Sin embargo, es importante aclarar el contexto político de la época, marcado por la guerra entre México y Estados Unidos, de 1846 a 1848. El investigador José Manuel Valenzuela asegura que el enfrentamiento armado dio lugar a “nuevos héroes y tradiciones”, en ambos lados de la frontera. Del lado estadounidense nacieron los héroes bélicos asociados a la victoria; del mexicano, héroes y santos populares, así como luchadores y bandoleros sociales.

Según los especialistas, entre 1850 y 1880 se intensificó, como nunca antes, “la llegada, paso, salida y permanencia de gente atraída y expulsada por diversos motivos de sus países, que entretejieron una trama social nueva y compleja en ambos lados de la nueva línea fronteriza entre México y Estados Unidos”.

Por ese amplio espacio se habían movido desde siempre, diferentes grupos poblacionales: indígenas, que pasaron a ser estadounidenses y nativos como los apaches, mencionan los investigadores. Después de la guerra los dos grupos fueron perseguidos de forma sistemática y brutalmente diezmados por los ejércitos de los dos países.

Fue con la ola migratoria de 1890, que llegaron a EE. UU. ciudadanos de distintos países atraídos por la oferta laboral en los ferrocarriles y las minas. Comenzó entonces, la migración masiva de trabajadores mexicanos a la frontera norte y con ella, la historia del coyotaje y el terror de la travesía. Los migrantes estaban expuestos a vejaciones, ataques y desde luego a infinidad de accidentes de trabajo, dicen Arias y Durand.

 

 

“La migración tendía a debilitar los lazos de la gente con la Iglesia y daba pie a nuevas prácticas religiosas. Una sorpresa para esos campesinos migrantes con profundas raíces católicas fue la escasez de templos, imágenes y tradiciones religiosas a las que estaban vinculados y que necesitaban en esa situación de alto riesgo en la que vivían”, refieren los expertos.

Fue así como entre 1880 y 1940, la frontera vio aparecer y prosperar la devoción de dos tipos de personajes: los primeros eran personas vivas que se hicieron conocidas por su forma de santidad y don de curación. Los segundos, personas que habían muerto y comenzaron a hacer milagros.

Las noticias de los “santos vivos” que sanaban corrían por pueblos y ranchos de un lado y otro de la frontera, aseguran los especialistas. “Muchos se animaban a emprender el viaje y así ser curados o simplemente querían conocer al santo o visitar el lugar de los milagros”, añaden.

La “Santa de Cabora” y el “Niño Fidencio” fueron conocidos y venerados en vida; Jesús Malverde y Juan Soldado, cuando habían fallecido.

Similitudes

Arias y Durand coinciden en la vida de los cuatro tienen semejanzas y estuvo marcada por la movilidad. Por ejemplo, la “Santa de Cabora” nació en 1873, en un pequeño rancho indígena de Ocorini, Sinaloa. De allí se trasladó a Caboro, Sonora; luego a Nogales y a El Paso, Texas, hasta llegar a Clifton, Arizona, donde murió.

El “Niño Fidencio” habría nacido en 1898 en Yuriria, Michoacán. Trabajó como peón en haciendas de Michoacán y Yucatán y fue cocinero en un barco. En 1923, llegó a la hacienda de Espinazo, en la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Allí falleció.

De Jesús Malverde se desconoce la fecha exacta de nacimiento. Pudo ser en 1870. Se dice de él que era un asaltante de caminos o un trabajador de la construcción o del ferrocarril. Mientras, Juan Soldado fue eso, un soldado raso nacido en 1914 en Ixtatepec, en el istmo de Tehuantepec, Oaxaca, y terminó en un regimiento en Tijuana.

Todos murieron antes de los 40 o a los 40 años. La “Santa de Cabora” a los 33; el “Niño Fidencio” cumplidos los 40, los dos de muerte natural. Jesús Malverde, a los 39, herido de una bala y Juan Soldado, a los 24. Fue ejecutado por la Ley Fuga, vigente esa época.

Tres eran de origen humilde y rural, salvo la “Santa de Cabora”, que era hija ilegítima de un hacendado. Los cuatro fueron célibes y su popularidad está asociada a las curaciones milagrosas. A la recuperación de la salud.

Vivieron en lugares aislados a los que se podía llegar solo por ferrocarril. Por ello, el tren estuvo muy presente en la vida y construcción de la trayectoria milagrosa de los cuatro, añaden los expertos.

La “Santa de Cabora” y el “Niño Fidencio” fueron ampliamente conocidos en Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Sonora, los estados más relacionados con Texas, el asentamiento más antiguo de trabajadores mexicanos y de primeros migrantes. Jesús Malverde y Juan Soldado cobraron fama en Baja California, Sinaloa, asociados a la migración más tardía y orientada hacia California.

La “Santa de Cabora” y el “Niño Fidencio” fueron considerados mediadores eficaces entre los hombres y la divinidad. La misma asociación se hizo con Juan Soldado. Pero, pese a su popularidad y la evocación implícita y explícita de elementos religiosos católicos, la Iglesia rechazó cualquier relación con ellos.

En años recientes, el Tijuana Press.com recopiló una serie de testimonios en el cementerio localizado en un espacio que separa a México de Estados Unidos, donde está enterrado Juan Soldado, patrón de los migrantes, para muchos. Ahí hay una pequeña capilla decorada con los testimonios de agradecimiento al joven soldado, en especial de aquellos que consiguieron los documentos para cruzar de manera legal a EE. UU.

Los connacionales en ese país hablan poco de estas creencias, pero no descartan el auxilio de la divinidad al momento migrar a ese país. “Una fuerza benéfica acompañó mi camino, la pude sentir hasta en los peores momentos. Los más duros. Hizo que llegara, y aquí estoy”, afirma Flor Barillas, originaria de Huehuetenango, quien vive hoy en un poblado de Texas. “Claro, que rezo todos los días, si no quiero que me regresen”, agrega. Barillas es una indocumentada.

63 mil
connacionales estaban inscritos en los censos de EE. UU. en 1980. En 1990 habían aumentado a 225 mil. En 2009, eran casi 800 mil. Ahora se estima que son casi 2.5 millones.

Migración guatemalteca
El Sistema Continuo de Reportes Sobre Migración (Sicremi) de la Organización de Estados Americanos (OEA) reporta que las primeras olas migratorias de guatemaltecos al extranjero comienzan en los años setenta.

Pero, a causa de la profunda crisis económica en las décadas siguientes por el conflicto armado interno y la pérdida de credibilidad del Estado y sus instituciones desataron en el país, una migración internacional “sin precedentes”. Conforme la OEA, la migración hacia Estados Unidos, en particular, experimentó “un incremento espectacular a partir de 1980”.

A principios de los años ochenta, los destinos principales para migrar eran, según la CEPAL: Estados Unidos (89 por ciento), México (seis por ciento) y Canadá (dos por ciento). En esta época migraron a Belice 3,003 guatemaltecos y a Costa Rica, 1,430.

Clasificación
La migración de guatemaltecos al exterior se divide en dos grupos:
1) Uno, cruzó al sureste de México en busca de trabajo temporal.
2) El otro, avanzó hacia Estados Unidos para residir tanto temporal, como definitivamente.

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