Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Los choleros del San Sebastián

César A.  García E.

Fecha de publicación: 17-12-17
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‘“A barrer, a trapear, el Palacio Nacional, los choleros del San Sebastián”’… era el estribillo que nos cantaban –a manera de burla– los estudiantes del Infantes y Liceo Guatemala, principalmente. La animadversión, venía de lo competitivo que era el San Sebastián, tanto en el concurso de marchas y bandas, en la que ese plantel –siempre– se lucía, así como en las competencias de atletismo, el San Sebastián ganaba–infaltablemente– muchas de ellas. Los resultados tan positivos obtenidos por ese colegio, eran fruto de la disciplina férrea, casi militar que se ejercía en su interior, liderada –como cosa curiosa para la época– por una mujer, doña Josefina Alonzo, a quien llamábamos, a sus espaldas… ‘“La Chepa”’. Ella fue, nombrada directora –por el entonces cura en 1933– Mariano Rossell Arellano, conocido como ‘“Sor Pijije”’ y quien llegaría a ser la autoridad suprema de la iglesia católica chapina, durante los lejanos años cuarenta, cincuenta y principios de los sesenta; por cierto sus sermones –registra la historia– fueron no pocas veces, dedicados en contra del presidente Árbenz, a quien tildó de comunista y ateo. “La Chepa”, sería –hasta la muerte– su más fiel admiradora y muchos murmurarían que vivió enamorada de él; lo cierto del caso es que siempre iniciaba sus plegarias –y eso lo vimos quienes allí estudiamos– pidiéndole –decía– “a nuestro amado monseñor”.

Solamente estuve en el San Sebastián dos años, pero fueron suficientes, para marcar mi vida con hábitos muy positivos y que me han servido siempre. En sus aulas y pasillos transitó mi vida, mientras tenía entre catorce y quince años… tiempo complicado de la adolescencia, cuando a uno le toca defenderse de amenazas que a la sazón, lucen enormes y a veces imbatibles… debiendo, forjar carácter. Era fácil sentirse identificado y orgulloso de pertenecer a aquel plantel, donde se fomentaba, además del respeto, la pulcritud, la presentación viril, la disciplina, la rigurosidad y el deporte. Fueron dos buenos años, con maestros de la vieja escuela, a quienes se les respetaba y punto. Profesores que se tomaban su oficio en serio y de saco y corbata, asistieron –hasta su último día de vida– para enseñar a muchas generaciones, exactamente lo mismo… entrega francamente plausible e invalorable. Recuerdo con cariño al serio profesor Carlos Díaz, alias ‘“tío célula”’ y me viene a la memoria ‘“mama ganso”’, cuyo nombre se me escapa… recuerdo con una sonrisa, al profesor de matemáticas, Julio Negreros (ya desparecido igual que el maestro Díaz), quien –al observar alguna enemistad entre sus alumnos– hacía correr los escritorios para atrás y resolvía que las diferencias se arreglarán de una vez, en un ring improvisado y bajo la mirada morbosa y atenta de quienes observarían el encuentro y tomarían partido, por alguno de los enemistados. Si la reyerta surgía, bajo la custodia de otro profesor, la “solución” era estrecharse las manos y decir “a la salida”, dándose la cita en “La Plazuela”, como llamábamos al parquecito, frente a la iglesia.

El sábado antepasado, motivado por mi amigo Oscar Morales –quien hace años me regaló una camisa del colegio, donde se lee “Exalumno con orgullo y con honor” que mandé a enmarcar, asistí al convivio navideño de los exalumnos del Colegio San Sebastián; se trataba de la promoción XXIX, a la que le tocó graduarse de maestros (única opción ofrecida por la institución y por lo cual me retiré) cuando el colegio cumplió sus bodas de oro. Aunque compartí con ese grupo, solamente dos años, asistí con gusto, junto a queridos amigos ‘“Coca”’ y ‘“Lorencito”’ con quienes he conservado estrecha relación de hermanos, teniendo en común, además del cariño sincero que ninguno de los tres nos graduamos del Colegio, pero valoramos lo que hizo por nosotros. Con algunos de los asistentes a ese grato evento, he tenido comunicación eventual, pero el resto –la mayoría– son virtualmente desconocidos, pues la última vez que nos vimos fue siendo unos “pubertos”. En todo caso, debo decir que fue un gusto saludar a cada uno de mis excompañeros, de la mayoría recibí un abrazo franco y departimos charla, bromas y relajo… como si cuarenta y un años, no hubiesen pasado. Especial gusto me dio ver y bromear con el destacado atleta nacional, Salomón Rowe quien le diera muchas glorias a nuestra tierra, teniendo aún –y después de cuarenta años– la marca no superada, en Centroamérica y el Caribe, de salto largo, cuando logró siete metros setenta y nueve centímetros. De igual manera, a la reunión asistió el profesor de artes industriales, Edwin Mota, quien nos enseñó lo básico del uso de herramientas de carpintería, a hacer instalaciones eléctricas… entre muchas otras cosas. El profesor Mota era célebre por pegarnos en el brazo, “sacándonos la chibolita” como se decía antes, llamándonos al orden, en el interés de que hiciéramos las cosas bien; aún ahora, cuando bromeamos acerca de esa su dolorosa costumbre, por la cual se habría ganado muchos pensamientos adversos, nos explicó sus razones y buenas intenciones, las que todos comprendimos y agradecemos. Hoy el profesor Mota, sería llevado a los tribunales, por ejercer su autoridad de esa manera, lo cual –ha quedado demostrado– no provocó ningún daño ni trauma alguno, sino corrección oportuna… ni siquiera los manotazos lanzados –por ‘“La Chepa”’– a los alumnos abiertamente insubordinados, causarían más que un ardor pasajero en el rostro y un escarmiento. De lo anterior pueden dar fe, otras generaciones de alumnos como la del ‘tío Chobe’, Francis Arredondo y el ‘Seco’ Sinibaldi, a quienes dudo ‘“La Chepa”’ les pegara, porque es bien sabido, fueron “niños buenos”.

Después de tomarnos una fotografía, agradecí a aquel ameno grupo del sábado antepasado, por invitarme y les felicité por ser, en su mayoría, gente de bien: trabajadora, responsable, honesta, con valores… gente de verdad: auténtica, sencilla y sin ornamentos o disfraces. Gente que conserva sus raíces y come revolcado, degusta chicharrones y prepara menjurjes con la que bañaban con paciencia el lechón que daba vueltas a fuego lento. Gente de aquella valiosa que goza sirviendo, atendiendo y quedando bien… esos son hoy –“con orgullo y con honor”– los ‘“choleros del San Sebastián”’, un abrazo a cada uno de ellos, mi respeto y reconocimiento por ser quienes son, hacen gala del himno que decía, en su parte final: ‘“… y a tu sombra seremos mejores, los alumnos de San Sebastián”’. ¡Piénselo!

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