Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Domingo

La redistribución de la riqueza

Fecha de publicación: 10-12-17
Por: César A. García E.
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Un título así seguramente  despertará pasiones. Inmediatamente algunos me  tildarán de “socialista”; algo parecido me pasó con mi columna de la semana pasada, a raíz de la cual  –varias personas- la interpretaron como una mera apología a la “Reforma Agraria” y  a Jacobo Árbenz Guzmán, a quien ciertamente reconozco luces, inteligencia, coraje e iniciativa y no solo sombras… como nos enseñó nuestra historia, convenientemente “editada”. Un amigo reciente -a quien he aprendido a valorar y respetar por su calidad humana- tuvo la hidalguía de decirme –durante un desayuno- que le molestó, porque  le recordé tiempos angustiosos de su niñez, cuando su familia se sintió amenazada por el gobierno del que fue llamado “Soldado del Pueblo”; discurrimos  sobre el tema y recordamos  los abusos que indefectiblemente –durante toda nuestra historia- han perpetrado distintos gobernantes (casi todos), recordando,  por ejemplo, la vetusta opresión de la que fue objeto el insigne poeta nacional Ismael Cerna, durante el régimen del “Reformador” Justo Rufino Barrios, etc. Una amiga me escribió sobre su repudio al régimen de Árbenz, pues sus padres fueron víctimas de la violencia por haber simpatizado con el “Ejército de la Liberación”… otros amigos, por el contrario, se enfocaron en la valía del derrocado presidente y me felicitaron por el escrito.  La intención de aquella columna, era –básicamente- demostrar,  a través  de episodios históricos claramente documentados,   como los EEUU ha mandado y dispuesto –siempre- en nuestra tierra y además, lo seguirán haciendo, nos guste o no. Persuadidos debemos estar que siendo el imperio, “el todopoderoso”, sus expresiones de control y directrices pueden variar y, en consecuencia,  sus subordinados, deben de cambiar su proceder, de acuerdo a estos vaivenes que atienden los intereses imperiales. En este orden de ideas, hay que estar claros que lo que antes permitió el imperio, por así creer que convenía a sus intereses, hoy lo puede revocar y hasta perseguir… y viceversa.

Entrando al tema, la redistribución de la riqueza, en un mundo occidental, es análoga a la redistribución del ingreso. Consiste en que quienes generamos rentas e ingresos, tributemos, para que esos recursos pasen a ser administrados por el Estado, para posteriormente poder paliar –mediante una gestión de gasto público pulcra- las grandes necesidades sociales: salud, nutrición, servicios públicos y vivienda; además claro está de gestionar los asuntos que son el motivo  -principal- de existencia de los gobiernos, lo más importante, la administración de justicia y la seguridad. En este orden de ideas, un país con tributantes conscientes y honrados, generaría –en teoría- bienestar para estrechar –en el largo plazo- las brechas sociales. La gente pobre o de menos ingresos, viviría mejor, tendría acceso a nutrición,  salud preventiva y curativa, podría optar a una propiedad con algún modelo transparente de subsidio y contaría con luz y agua potable en su vivienda que no se reduciría a una covacha vulnerable, sino a una construcción modesta pero digna… a partir de allí, tendrían las condiciones mínimas, para lograr su propia superación personal y por ende consumirían más, haciendo girar la rueda de la producción y el empleo y coadyuvando –con su trabajo- a abatir la pobreza de otros. Así es como funciona el occidente desarrollado y si eso se llama “socialismo”, entonces el rector del occidentalismo y capitalismo, los EEUU, resultaría ser la nación más socialista de la tierra lo cual es un contrasentido. En todo caso un capitalismo funcional, es aquel que genera riqueza ampliamente y una democracia funcional es aquella que la redistribuye honestamente.

Es menester reconocer las brechas sociales y las oportunidades disímiles que tenemos los guatemaltecos. El 60 por ciento de personas viviendo en la pobreza, el 51 por ciento de niños, menores de cinco años,  desnutridos crónicos y el 50 por ciento de los adultos mayores abandonados a su suerte, sin tener acceso a una terminación digna de la vida… son rasgos y rezagos sociales que no podemos continuar soslayando. Allí surge la tesis –antagónica al auxilio social- que muchos repiten: “Dar la caña de pescar y no el pescado a los pobres”. Esta aseveración –dicha a la ligera, como si todos contáramos con las oportunidades homogéneas  básicas-  ignora que la gente para “pescar” con eficiencia y eficacia, debe –como mínimo- tener un cerebro saludable y desarrollado normalmente, así como educación mínima. Lo cierto es que la mitad de nuestra población, no tuvo esa oportunidad y necesariamente se hace indispensable ir a rescatar cerebros, llevando el pescado (nutrición y educación) si queremos que luego, como adultos, esos niños hoy desnutridos crónicos, ¡Un millón!, tengan el conocimiento, inteligencia e ímpetu para pescar, por su propia cuenta. Caso contrario, el pescado deberá entregarse, por el resto de la vida, o –en su defecto- deberemos resignarnos a tener una sociedad inconforme, miserable y violenta… ¡una sociedad descompuesta!

El círculo virtuoso de la “Redistribución de la Riqueza” se daría, solamente, con una gestión pública eficiente y honrada. Entonces a los tributantes no nos dolería –por la frustración que causa el enriquecimiento de los burócratas roñosos-  pagar impuestos, sino lo haríamos con gusto, pues le estaríamos  trasladando –parte del fruto de nuestro esfuerzo-  a gente competente y proba que lo canalizaría hacia servicios comunes y útiles para todos y a llenar los grandes vacíos de desarrollo humano. Además quienes llevamos tributando –como en mi caso- casi cuatro décadas, sabríamos que podríamos acceder a una jubilación decorosa y a una red de salud pública digna y confiable, sin tener que estar pagando onerosos seguros médicos. Pero nada de eso ocurre, porque la ecuación, está contaminada en la parte del “intermediario” del círculo… es decir quien “cobra y reparte”. Es así como nuestros impuestos sirven –básicamente- para mantener y enriquecer, a una clase parasitaria oscura y abusiva y apenas menos de treinta centavos de cada quetzal, se canaliza para lo que se denomina “inversión” y ésta colmada de: amiguismo, corrupción, comisiones y sobre precios. Los gestores de la cosa pública debieran ser más aptos  y probos  –para administrar los dineros ajenos- que los propios contribuyentes… pero eso –en nuestro país- jamás ha ocurrido y seguimos “pidiendo peras al olmo”, poniendo a gobernar a incompetentes y ladrones.

Cumpliré mañana 56 años, he trabajado durante 38 años ininterrumpidamente, con pocas vacaciones y con el acelerador –siempre-  a fondo. He pagado mis impuestos, mis acciones del Banco de los Trabajadores, mis contribuciones al IGSS,  las prestaciones de quienes conmigo trabajan y jamás he dado o recibido sobornos. Me siento algo cansado, ya no tengo el mismo ímpetu, porque éste se va yendo con los años… tengo aún muchas ilusiones  y mucho porque darle gracias a Dios y por quienes vivir. Pero causa grima saber –a ciencia cierta-  que durante todos estos años de trabajo honrado,  mis impuestos han servido para engordar a una vaca apestosa, de cuyas tetas siempre han mamado corruptos; es triste reconocer que ni siquiera puedo pasear por el interior de mi amado país, por carreteras decentes y que debo –lo sé desde hace mucho- ingeniármelas, para seguir produciendo y no siendo carga para nadie… aun con menos fuerzas cada año. En este país la redistribución de riqueza se queda a medio camino, pues lo que producimos los honrados, se lo roban los gobiernos. Mientras escribo esto, me llega –por enésima vez- un video trillado de un mexicano que dice que la culpa de los males de la corrupción gubernamental mexicana, no está en el gobierno,  sino de cada mexicano… material que plagió un chapín diciendo lo mismo. Es decir, encima de que los honrados trabajamos duro, para mantener ladrones… somos culpables ¡Por favor! ¿Qué idiotez es esa? Sin duda –vuelvo y repito mi trillada frase- “Cambiar Guatemala es asunto suyo”… pero –después de haber hecho todo lo que he podido por abrir ojos e instar a que purguemos lo apestoso- he perdido la fe de que algo cambie. ¡Piénselo!

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