Sábado 18 DE Noviembre DE 2017
Domingo

Extrañando a mi papá

Fecha de publicación: 12-11-17
ILUSTRACIÓN JORGE ANTONIO DE LEÓN > EL PERIÓDICO Por: César A. García E.
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El viernes antepasado, me di con toda ilusión… un merecido “feriado”. Y alguien muy criticón, dirá –con sabia razón– que no se dice “feriado”, porque feriado, solo uno… es el día de la feria normalmente patronal, pero siendo irreverente, iconoclasta y –a ratos–  algo cansado, aunque no existía asueto…  me gustó estar de feriado; disfruto a veces pensar que soy un irresponsable y que abandono el trabajo, actividad tan virtuosa que he estimado como loable… que no puedo abandonar y quien me conoce bien, sabrá dar fe de lo dicho… también podrá constatar que mis arranques ociosos, son más bien las fantasías de un esforzado impetuoso. Estos mis raros feriados, son un  juego de cansado, del que vivió intensamente y sin solo percatarse, dejó hace mucho los sueños de joven o adolescente. Pero existen nuevos sueños, siempre proyectos en mente, siempre asuntos que pensar, siempre cosas por hacer, compromisos que afrontar y gente por atender… y –a veces– el niño expectante, se apodera de mi mente y me hace sentir grandioso, ilusionado y consciente que la vida es un gran juego, donde gana el que más ríe, el que más hace reír, el que abraza con franqueza y aquel que nunca se alegra del mal ni la corrupción… y lo envuelve la pasión por buscar nuevas fronteras, por imponerse más sueños, por vivir dentro de ellos, por jugar como los niños y reírse de sí mismo.

Ese día fue especial, recibiría con gusto a valorados amigos; mi intención era agradarlos, enseñarles mi proyecto, pasar un rato entre risas, de  charla abierta y  cordial… y amables gestos honestos. Pero camino al lugar… me sorprendió la tristeza, una canción ya vetusta, me recordó a mi papá y trajo a cuenta el abrazo, tan afable y acolchado que me daba mi viejito, siempre contento de verme, siempre tan ilusionado, porque era el día de hablar; de platicar tantas cosas, a veces intrascendentes, pero en realidad grandiosas, porque el amor y el candor… estaban siempre presentes. Mi viejo había cambiado, de un hombre recio, amargado, riguroso y radical, de pronto se convirtió en un hombre tan amable, tan genuino y amigable, un súper buen anfitrión que con sus actos de vida, con su cariño abstraído, siempre daba claras muestras… de vivir agradecido. Un hombre de convicciones, lejos de bajas pasiones, un hombre que siempre hizo… claramente lo que quiso; pero no hería a la gente, sino que la levantaba, no juzgaba las acciones, ni del ruin o el oprobioso… trataba de comprender, y eso, para mí era hermoso.

Me convertí en pocos años, en el papá  de mi padre, pero él nunca lo sintió, siempre conservé el respeto, siempre valoré su abrazo, amaba nuestra armonía,  comprendía sus tristezas… y él perdió su lozanía. De pronto fue siempre triste, siempre callado y absorto, pocas cosas lo alegraban… verme era una de ellas, atenderme aún más ¿No querés un tu panito?, ¿cómo estuviste mihijito? Fueron frases recurrentes y debo reconocer, los panes que preparaba… fueron siempre exquisitos. Un mal día se enfermó y supe que moriría, no pedí a Dios que se quedara, pues sabía que se iría. Pero además de saberlo, lo conocía tan bien que supe era el momento, en que él quería hacerlo. Como escribiría Peza, en aquel poema bello de nombre Reír Llorando nada le causaba encanto, ni gustos ni embeleso. Cuando mi papá murió, me sentía muy  tranquilo, luego vinieron momentos de tristeza y confusión, de un vacío tan profundo y terrible desazón… pero Dios me consoló, decidí desde ese día, ser mucho mejor papá, abrazar más a mis hijos, decirles más que los quiero… ser fuente de regocijo; ser su pilar, su refugio, ser apapacho sabroso, ser lo mejor que pudiera –en medio de mis defectos– nunca un viejo fastidioso. Los dolores de las pérdidas, dejan huellas indelebles, pero también mil lecciones, mil pendientes e ilusiones que se pierden para siempre. Después de llorar un rato, camino a mi reunión, esbozando una sonrisa salpicada de humedad… miré al cielo agradeciendo y me sentí bendecido, por haber tenido un padre, tan hombre y tan de verdad; tan honrado y sin dobleces, alejado de la gente pero a la vez tan cercano, tan amante de lo bueno, tan honesto y tan humano. ¡Piénselo!