Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La contra revolución de octubre

Fecha de publicación: 29-10-17
Por: Edelberto Torres-Rivas
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Al minuto siguiente de la renuncia del general Ubico, lúgubre dictador de Guatemala (25 de junio 1944) los militares se aseguraron seguir en el mando. También empezaron a preocuparse los miembros de la élite cafetalera, las “familias” que vivieron estos hechos bajo un manto sagrado de seguridad, asustados por los ruidos de manifestaciones y gritos campesinos. Lo que ocurre a continuación en todo el país es un poderoso flujo de masas que se organizan de todas maneras en un panorama político virgen e ignoto: surgen cuatro partidos arevalistas. Se eleva también y con más éxito el reflujo reaccionario, las formas cotidianas de la contra revolución, que se mueven con la poderosa ideología del anticomunismo.

El esquema de la contrarrevolución militar y su alianza con la elite agropecuaria pronto formaron un frente colectivo. El primer escollo para la derecha fueron las elecciones nacionales de 1944, en donde la figura de Arévalo era el candidato indiscutible. Hubo algunos oficiales que se oponían a la candidatura de un civil. El resultado, justo y libre, fue rechazado por un número razonablemente grande. El coronel Arana se opuso a las elecciones y desconoció los resultados. En carta dirigida al otro triunviro, le dice a Toriello “no olvide cuánto le costó convencerme para que llegáramos a esta situación [la elección de Arévalo] de la cual nunca fui partidario, porque comprendía que era entregar la revolución a los civiles que cosecharían los beneficios de lo que nosotros, los militares logramos”.[1] Mientras tanto, la revolución popular crecía como una llama viva que no se podía apagar.

El 15 de marzo de 1945 se realizaron las elecciones nacionales, las primeras en condiciones que tuvieron los resultados previstos. El Dr. Arévalo con 380 mil votos, equivalente al 85 por ciento del total de ciudadanos. Y el Dr. Adrián Recinos, distinguido historiador y filólogo, muy ligado al antiguo régimen, con 20 mil 949. El movimiento de masas se acrecentó en su vigor después de las elecciones. Según se comentaba, la luna de miel de la burguesía alta y media con el gobierno de Arévalo se terminó cuando fue aprobado en febrero de 1947 el Código de Trabajo. El embajador norteamericano llevó la protesta de la UFCO, y fue expulsado del país por su insolencia. “¿Hasta dónde han llegado las semillas de la subversión?” comentaba ‘El Imparcial’.

La conspiración militar no descansaba. Arana y su grupo consejero decidieron desconocer las elecciones, oponiéndose a que Arévalo tomara posesión y solo cedieron cuando los constituyentes se comprometieron a establecer en la Constitución Política ventajas para asegurar mando para los militares. Y se tomó la fatal decisión de crear la figura del Jefe de las Fuerzas Armadas con más poder que el Ministro de la Defensa Nacional.

En el centro del mercado político, como intriga, como novedad, fueron surgiendo varios nombres y la pregunta de quién sustituiría a Arévalo. Había muchos civiles profesionales con gran prestigio, especialmente de la derecha conservadora. La titularidad de Arana se mencionó desde el primer momento, la opinión pública básicamente anticomunista estaba con Arana. Se fundaron dos partidos aranistas y su nombre ganó la fuerza de la necesidad.

Hacia los meses de 1948 las cartas estaban echadas. El mayor Francisco Javier Arana y el capitán Jacobo Árbenz Guzmán eran los dos oficiales más influyentes en el cuerpo de oficiales; Arana superaba a Árbenz en rango, edad y experiencia.[2] Ambos habían estado recibiendo apoyos para ser presidente. Sin duda, Arana tenía más oreja para oír y responder. Árbenz se movía en un círculo más estrecho, pero de mayor calidad, que incluía a algunos intelectuales comunistas. Los dos querían ser presidente y se lanzaron al coto. Eran, sin exagerar, uno de extrema derecha y el otro de izquierda. Cerca del momento electoral, en 1949, las cosas se habían movido contradictoriamente. Creció el movimiento arbencista desde las raíces profundas del campo, con un reconocido apoyo indígena. La figura de Árbenz aparecía con la interrogante: ‘¿será comunista?’ Los aranistas tenían partidos fuertes, pero estaban divididos. Se fueron convenciendo que podrían perder y decidieron planear un golpe especial. Aun contra el sentido profundo de sus planes de llegar a la Presidencia por la vía electoral, los aranistas, inquietos y violentos, perdieron el interés por las elecciones.

Arana se lo dijo verbalmente a Arévalo el sábado l6 de julio, dándole un ultimátum: para las 9 horas del día siguiente, debía haber destituido a todo su gabinete. De lo contrario, no habría elecciones. Árbenz y sus oficiales serían expulsados del Ejército de inmediato. Árbenz y Arévalo decidieron que la opción para detener el complot era capturar a Arana. El domingo 18, Arana tuvo una breve entrevista con Arévalo en el Palacio, donde le informó que iba para El Morlón, residencia presidencial en Amatitlán, a traer unas armas. Fue a El Morlón y volvió para ser interceptado en el Puente La Gloria. Allí se produjo un desencuentro entre oficiales del gobierno y los acompañantes de Arana. El saldo fue de tres muertos y dos heridos. Uno de los muertos era Arana.

No hay certeza acerca del causante de su muerte. Árbenz ganó las elecciones y 36 meses después los militares lo echaron del poder. La muerte de Arana dividió con odios a los guatemaltecos. El destino de la Revolución fue puesto en duda en El Morlón.

[1] Gleijeses,65.

[2] Ibiden, 77

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