Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Domingo

La democracia que nos regocija

Fecha de publicación: 22-10-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico Por: Edelberto Torres-Rivas
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La democracia que nos regocija el ánimo y nos ha hecho soñar por tantos años ha variado según las tormentas que golpean la sociedad. Las demandas fueron dispersas y variadas, lo que revelaba íntimamente una cierta ignorancia acerca de la definición histórica de democracia. Distintas tonalidades de las fuerzas de izquierda a lo largo de estos años, hablaban de dos tipos opuestos de democracia: la burguesa y la popular (o proletaria). No es necesario definirlas porque su obviedad las califica. La denuncia de la hipocresía de la burguesa nos hacia dudar de lo que en el vocabulario común se llamaba simplemente democracia.

En efecto, las crueles y sanguinarias “democracias” como las de Cabrera o Ubico no eran sino dictaduras o autocracias, para subrayar sus rasgos violentos. Eran el resultado de la inexistencia de partidos políticos. No eran democracias proletarias sino burguesas. Digámoslo más directo: no hubo nunca democracias proletarias, que correspondieran a la etapa del socialismo real. El socialismo fue esencialmente autoritario; lo fue en la URSS, lo es en Cuba.

Desde hace buen tiempo, queremos para Guatemala una democracia política, que funcione a imagen y semejanza de Costa Rica, España o la India. La democracia por la cual ahora nos regocijamos como ideal será aquella que corresponde al desarrollo de las fuerzas sociales organizadas como partido político. En eso estamos. Pero la democracia sola, soltera, no puede caminar, debemos juntarla con el Estado y hacer siempre la referencia dual: Estado democrático o democracia estatal.

La historia guatemalteca nos enseña que el concepto Democracia apunta a un ideal de relaciones políticas donde prima la paz, la justicia, la no discriminación, los derechos del hombre y del ciudadano. En otra óptica, es un régimen que se propone asegurar la distribución igualitaria del poder en provecho de todos. En Guatemala lo importante es tener presente que como resultado de los intereses finqueros que manejaron la nación, el capital y el poder casi por ocho décadas, hay que reconstruir el Estado y la democracia, unos más, otros menos, conjuntamente. Es decir, democracia y Estado de derecho, que no es lo mismo.

El Estado se mueve con flacidez por varias carencias como la falta de partidos políticos modernos, la incapacidad culpable del servicio civil, la más orgánica inseguridad ciudadana nunca imaginada y sobre todo la corrupción de la nación mestiza y blanca. En Guatemala vivimos en un régimen democrático decadente, que mantiene las instituciones básicas en un estado de formalidad, pero el poder no reside en el Estado, se encuentra afuera donde nadie lo eligió, si no los grandes intereses económicos que lo conforman.

Un buen ejemplo puede estar en este minuto que vive Guatemala donde las luchas por la democracia son el combate a la corrupción, lo que ha desencadenado una profunda crisis desde 2015. El Congreso está paralítico, solo dándole vuelta se renueva. Los jueces y magistrados ahora se mueven con independencia y entonces hay de todo: los que saben y los que ganan. La presencia de la CICIG ha cambiado la línea divisoria y ha convertido el sector de la justicia en el primer lugar donde se juega la democracia en el país. Y luego está el Poder Ejecutivo donde los síntomas ya no lo son, sino son excrecencias de la enfermedad misma.

Se está satisfecho de las oportunidades que se abren para la lucha por el Estado democrático. Para tener la democracia que nos regocija. Con grupos de gente joven y decidida a todo, se puede organizar la protesta y darse cuenta de que en torno nuestro hay mucha gente que vive con hastío y quiere que las cosas cambien. Lo que viene después de la lucha contra la corrupción, solo puede prefigurarse con la acción de la mente, y no con las redes con el corazón. Es prioritario saber para qué se organiza la lucha, es decisivo porque el momento es único. El primero y más importante es subrayar que no puede aislarse del Estado como reivindicación realista la lucha por la democracia. Como Semilla, habrá muchos luchando por la democracia estatal.

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