[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Domingo

Arzú pensando en el último día


Durante más de dos años Méndez Vides, escritor y periodista, se reunió semanalmente con Álvaro Arzú, con el objetivo de construir una gran entrevista que reflejara la historia política reciente de Guatemala, a partir del testimonio de uno de sus principales protagonistas. El resultado es Arzú y el tiempo se me fue (Debate, 2017), un libro que aparecerá en pocos días en las librerías nacionales y que conjuga con especial habilidad una serie de recursos que van del relato íntimo al documento social. Como un adelanto, presentamos dos fragmentos de la obra, con la amable autorización de la casa editora Penguin Random House.

foto-articulo-Domingo

¿Qué recuerda del día de la toma de posesión?

– Recuerdo el momento cuando me pusieron la banda presidencial, en el Teatro Nacional, los aplausos y vivas, y luego me metieron en un carro Cadillac, que no sé si existirá todavía, y nos dirigimos entre la bulla de las motocicletas y sirenas hacia el Palacio Presidencial. Yo iba pensando que el primer día es el momento justo para pensar en el último, porque no hay que engolosinarse, porque en ese instante todo es como una ficción, una fantasía, no parecía real. Así se lo expresé a Ricardo Quiñónez en la finca Santo Tomás el primer fin de semana después de la toma de posesión, cuando íbamos caminando a ver unos venados. Y esa vez, a la salida del Teatro Nacional, me fui pensando en el último día, sin imaginar que cuatro años más tarde llegaría al mismo lugar, a la misma hora, con la banda presidencial puesta y me recibirían lanzando gritos: “¡Arzú! ¡Que lo quemen! ¡Corrupto, asesino, el que firmó la paz!” Fue un momento de gran tensión, porque uno tiene ganas de bajar por las gradas y pegarle a la gente que te está gritando. Mi esposa me agarró la mano y sin palabras me decía: “Quieto, quieto”. Entregué la banda a Efraín Ríos Montt, que era el presidente del Congreso y, conclusión, como en una película mexicana salió Alfonso Portillo en el Cadillac y yo por el telón de atrás, en mi carrito, con mi familia. “Súbanse al carro, muchá.” Escuchábamos a lo lejos los gritos de “¡Arzú, línchenlo!” Partimos hacia mi casa, a la misma en donde viví durante todo el periodo presidencial. Después llegaron a despedirse los jóvenes del Estado Mayor que me había cuidado y protegido con gran fidelidad.

Pero el asunto es que el primer día hay que ponerse a pensar en el último. Y eso que uno no puede prever todas las acusaciones de las que será objeto sin culpa. Si yo fuera a hacer una película sobre mi etapa de gobierno, principiaría filmando la toma de posesión, cuando estaba dando el discurso tan bonito que me escribieron Gustavo Porras y Eddy Stein, que le metió algunas cosas. Yo verdaderamente salí en hombros del Teatro Nacional, todo el mundo me daba la mano, me senté en el carrote Cadillac que a saber de dónde sacaron, y cuando escuché las sirenas, pensé: “Y ¿qué es esto?” Iba hacia el despacho pensando en el último día. Y en la película saltaría al final, entregar la banda, pensando en decir misión cumplida porque lo fue, porque las cosas estuvieron bien en su gran mayoría, aunque hubo errores, pero entonces se acerca el presidente del Congreso y tengo que escuchar pacientemente el discurso del nuevo mandatario haciendo juramentos que nunca iba a cumplir, hasta cuando estalla el griterío: “¡Viva Portillo!” El Teatro Nacional fue como estar en la galería del cine Lux. Yo apenado por mi familia, sabiendo que estaban observando aquel drama.

¿Y qué piensa del momento que está viviendo ahora el actual presidente Otto Pérez Molina con las manifestaciones en su contra?

– A eso voy yo. Otto Pérez tenía en las encuestas como sesenta por ciento de aprobación hace apenas seis meses, y Roxana Baldetti como cincuenta. Y ahora se está pidiendo que los quemen en la hoguera. Usted pensó en el último día desde el primero, pero nunca imaginó el final. Se lo he dicho a todos, en el primer día de gobierno hay que pensar en el último. Cuatro años se van rapidísimo, y el último año ya no vale. El “último día” depende de las acciones que uno tome o deje de tomar durante su mandato, pero el mío igual fue amargo, porque yo creí haber hecho un buen gobierno, con toda la buena intención del mundo, y no nos merecíamos ese final.

¿Y la persecución continúa hasta el día de hoy?

– Ya no en contra mía, pero sí en contra de algunos funcionarios y oficiales.

¿Y qué recuerda del primer día laboral como presidente?

– Me sentí nervioso en el despacho, el cual quedaba en la planta baja y era un desastre, porque hasta más adelante construimos un despacho pequeño, del tamaño de esta salita, pero en la parte de arriba, junto a una terraza a la que yo salía por momentos a respirar. Hicimos un deck con vidriera de piso a cielo, muy agradable. Y al lado estaba una sala de sesiones. Creo que dichas instalaciones continúan siendo el despacho presidencial. Es un despachito pequeño. Recuerdo que me senté frente al escritorio, y la primera llamada telefónica fue para informarme que el ministro de Finanzas, José Alejandro Arévalo, pedía audiencia. “Que pase –dije–. ¿Qué tal vos, como te sentís?” “Pues preocupado, porque no nos dejaron dinero ni para pagar los sueldos de la quincena entrante.” Fue entonces cuando me llegó el momento de agarrar el plan de gobierno, un ladrillo que nunca leí, y de abrir metafóricamente la ventana para tirarlo, porque me tocaba ponerme a gobernar realidades y no fantasías.

¿Y cómo se las arregló para salir del aprieto financiero?

– Procedí de inmediato a pedir un préstamo, porque teníamos que pagar, ni modo que íbamos a entrar a la primera quincena sin poder pagar a los empleados. Hablé con el Banco Industrial, que había sido fundado entre otros por mi papá y donde estaba mi hermano Antonio de director, y con mi firma me dieron quinientos millones de quetzales, o algo así, para pagar sueldos. La garantía fue personal, yo puse mi firma, la de Álvaro Arzú, no el presidente de la República. Todavía me lo recuerda Diego Pulido, gerente del banco, porque definitivamente nos sacó del clavo el Banco Industrial en ese momento. Ya no sé si firmé un documento o no, pero creo que sí, me lo mandaron esa misma tarde o al día siguiente, fue una letra. Y José Alejandro fue muy hábil y sacó adelante el compromiso. Hubo dos etapas en el Ministerio de Finanzas, antes y después de José Alejandro, porque luego lo sustituyó Peter Lamport, quien ingresó por recomendación de Güicho Flores y empezó con aquel cuento de que se calentaba la economía y no había que hacer más obras, y nosotros no podíamos parar la maquinaria de realización de obra y de trabajo. Creo que nunca nos pusimos de acuerdo, y después vinieron aquellos problemas del Banco Metropolitano y del Banco Promotor. Lamport estuvo un año y al final se quedó doña Irma Luz Toledo Peñate. ¿O fue al revés?

Yo vivía presionando porque se me iba el tiempo. El tiempo se le va a uno disparado, y no tuve tiempo de disfrutar, sino que llegué a sufrir, trabajando sábado y domingo. La Presidencia es el único puesto donde lo despiden a uno cuando ya lo sabe casi todo, cuando uno ya aprendió, es hora de irse.

TODOS CONTRA ARZÚ

…Yo no hablé en privado con Portillo sino hasta el día cuando llegó a la Casa Presidencial con Paco Reyes, su vicepresidente, ya habiendo resultado electo. Fue un momento muy tenso, cuando sólo estábamos presentes Güicho Flores y yo. “Bueno y pues ya ganó –le dije–, así que aquí es en donde va a estar”, y no teníamos ni de qué hablar, la pura verdad. Después de unos cinco o siete minutos él se levantó y se presentó ante la prensa en el Salón de los Espejos, donde había aglomerada cualquier cantidad de prensa nacional e internacional y se echó un discurso alabando nuestro gobierno.

La esposa de Portillo fue directamente a conversar con Patricia para enterarse de su trabajo. Buena persona, de ella lo único que supe años después fue cuando me llamó por teléfono para pedirme ayuda porque temía que la emprendieran contra ella, cuando capturaron a su esposo. Sucedió cuando agarraron a Portillo, y me dijo: “Porque la persecución también viene en contra mía y yo estoy sola”. “Señora, no la conozco, pero cuente con toda mi ayuda y protección para usted y su hija, siéntase tranquila.” Ella quedó que me llamaría más tarde, pero partió inmediatamente hacia México, según tengo entendido.

Esa primera vez, un día antes de la entrega del mando presidencial, conversamos brevemente con Portillo, antes de que saliera a elogiar fugazmente a nuestro gobierno. Pero al día siguiente, en el Teatro Nacional, cambió el discurso por completo y se tiró otro boleto, como si le hubieran llamado la atención cuando volvió a su casa, porque salió a acusarnos y amenazarnos en su discurso en el Teatro Nacional.

¿Cuál cree que fue la causa de la pérdida de las elecciones del candidato de su partido, la atracción de Alfonso Portillo o la oposición a usted?

– Portillo era un candidato formidable. La gente se identificaba con él, pero en las elecciones de 2000 todos los sectores se juntaron en contra del presidente Arzú, todos los partidos, el sector privado, las iglesias, las oenegés, el Ejército, la prensa, la comunidad internacional, los empleados públicos, a pesar de que el sueldo se les aumentó diez por ciento cada año y no hubo barrida de empleados, porque casi no se despidió a nadie y se les incrementó el sueldo, pero todos se fueron con el FRG siguiendo la costumbre de “estar con el campeón hasta que pierda”.

A Portillo lo apoyó todo el mundo, el único que no lo apoyó fui yo. Portillo obtuvo el mayor acopio de respaldo de parte de todos los sectores, hasta los más contradictorios. Fue una verdadera concertación espontánea, porque por un lado estaba el grupo de ASIES, por ejemplo, con Dionisio Gutiérrez, los Bosch y los Botrán, que motivaron la animadversión en contra de mi gobierno, porque cuando dije que “Cada mico en su columpio”, a ellos no les pareció, no les gustó mi advertencia de: no se metan con el gobierno. Y por el otro lado estaban Helen Mack, Edgar Gutiérrez, las misiones diplomáticas, la Iglesia católica y la evangélica, porque los católicos tenían a los catequistas recorriendo el interior del país haciendo campaña a favor de Portillo, así como actuaron los pastores evangélicos. En nuestra contra presenciamos el mayor conciliábulo que he visto en mi historial político, de todas las fuerzas del país.

Pero usted ya estaba de salida. ¿Cuál era el sentido?

– Portillo representaba el anti estatus, todos en contra de la continuidad de nuestro gobierno, así es como yo lo veo. Se sucedió por primera vez la consolidación de fuerzas e ideologías tradicionalmente opuestas, en nuestra contra.

El sector privado se reunía en el hotel Las Américas, así se llamaba en ese entonces, y pasaban el sombrero a los empresarios, y la mayor parte aportaron para la campaña de Alfonso Portillo.

El Ejército, todas las dependencias civiles del Ejército trabajaron a favor de Portillo, en todos los cuarteles militares, porque yo tenía los informes. Pues yo no siento que hayamos afectado a alguien con el proceso de paz, quizá a algunos militares que hacían negocio con el conflicto armado. La gente iba por Portillo y por Ríos Montt, más por Ríos Montt, pero uno no se hubiera imaginado que los catequistas hicieran campaña por Ríos Montt que era un pastor evangélico.

¿Quiere decir que la gente cambia con el mandatario cuando se asume el poder con respecto al momento que va a concluir?

– Siempre es así, va uno al mercado y te dan de abrazos, hasta que aparece un nuevo candidato con posibilidades de ganar, y entonces te meten un cuchillo por la espalda. Es común escuchar que cuando uno termina la Presidencia, los amigos se quedan y sólo nos llevamos con nosotros a nuestros enemigos. Y se nota en las actitudes de los opositores. Pasada la primera vuelta electoral, cuando Alfonso Portillo ya le iba ganando a Óscar Berger, me encontraba yo jugando futbol con los del Estado Mayor Presidencial en la casa de La Antigua, cuando aparecieron dos helicópteros, y poc.. poc.. poc.. empezaron a descender, casi como aterrizando, y giraban y sobrevolaban otra vez. Las palomas aletearon, las pobres, por el viento que producían las aspas de los helicópteros. “Es Portillo”, me dijo uno de los oficiales. En el segundo helicóptero iba Paco Reyes, porque no creo que volaran juntos. Estaban saliendo de un mitin en La Antigua, cuando ya se consideraban ganadores. Y continuaron sobrevolando como para amedrentarme, entonces, yo pedí: “Tráiganme un fusil”. Pero el oficial se resistió: “No, señor presidente, es muy delicado”. “Tráiganme el fusil”, insistí. “No, señor presidente.” “Que me lo traigan”, dije, y me lo llevaron. Apunté hacia los helicópteros, que al verme los pilotos de inmediato se retiraron y desaparecieron en el horizonte. Eran los helicópteros prestados de los jeques empresariales, para hacer campaña en contra de nosotros, a favor del FRG y Portillo.

¿Y cómo se sucedió todo después de dejar el poder?

– Cuando salí de presidente resentí el escarnio. Fue desagradable salir por la parte de atrás del Teatro Nacional con mi familia, tras la rechifla de la galería, para montarnos en el automóvil e irnos. Sentí cierta amargura, me sentí golpeado. Y fue peor cuando miré el Teatro Nacional repleto y la gente chiflándome, exaltada. Incluso yo fui quien decidió salir por atrás del telón del teatro, en gesto simbólico. Una forma de no quitarle protagonismo al nuevo presidente, que estaba con todo su público, porque pienso que probablemente no me hubieran agredido ni me hubieran atropellado, pero también hay que tomar en cuenta que yo estaba con mi esposa e hijos, y no los quise exponer a ellos ante la horda, ante la masa exaltada.

Salimos por la parte de atrás y yo me fui manejando el carro, conduciendo a mi familia hacia mi casa de Las Conchas, donde habíamos pasado los cuatro años de la presidencia, y donde más tarde llegó esa noche el príncipe Felipe. Él había venido para estar en la toma de posesión del nuevo presidente, y, sin avisar, llegó a mi casa a despedirse. Buena persona. Luego lo volví a ver en Guatemala, cuando vino de visita y yo andaba en moto por Tecpán, con mis amigos, y me entró una llamada a mi celular. Era el protocolo del príncipe, que estaba en el hotel Barceló y quería verme. Por supuesto pasé a saludarlo al volver a la ciudad, todavía vestido de motorista. Me dio un gran gusto volverlo a ver.

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia AFP
Almagro lanza el proceso de aplicar la Carta Democrática a Nicaragua

El periodo de fin de año complica las gestiones, ya que para analizar la aplicación de la Carta Democrática deben estar presentes los embajadores titulares y muchos de ellos no están en Washington.

 

noticia Luis Aceituno
Otro ladrillo más en la pared

Lado B.

noticia Lorena Álvarez
Director de Caminos presentó denuncia por sospecha de falsificación de firma

El funcionario asegura que no tiene conocimiento de los expedientes que tienen la firma para las transferencias.



Más en esta sección

Fundación Myrna Mack declina reunirse con delegados de la OEA

otras-noticias

MP realiza cuatro allanamientos en Escuintla por pornografía infantil

otras-noticias

Alcaldes, un apoyo a Giammattei condicionado a Presupuesto

otras-noticias

Publicidad