Jueves 19 DE Octubre DE 2017
Domingo

Hacer / Nacer a pesar del Estado

La labor de las comadronas ha sido alcanzada por el choque de tradición y modernidad. Durante décadas el Estado ha intentado imponer su visión occidental de la biomedicina. No obstante, la tradición de las comadronas ha logrado sobrevivir. Y hoy, aunque el Ejecutivo y el Legislativo nieguen su reconocimiento, ellas exigen respeto de sus prácticas ancestrales. Y demandan existir ante la ley.

Fecha de publicación: 08-10-17
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Un texto de Oswaldo J. Hernández
Fotografías de
Sandra Sebastián

– I –

La comadrona Thelma Max es pequeña y divertida, está llena de gestos teatrales. Tiene 44 años y 25 de atender partos y embarazos. Con su oído puesto en el estetoscopio –una campana de bronce– hace presión sobre el vientre de Ana Tiul, con ocho meses de embarazo, de 23 años. “Busco el latido del corazón”, murmulla. Hoy, en el centro de salud de Tamahú, en Alta Verapaz, los enfermeros han sentenciado que el parto de Ana será complicado: “Saldrá de piecitos. Viene sentado”. El bebé ha colocado sus nalgas bloqueando la única salida.

“Yo no quiero que me corten”, dice ahora Ana Tiul, en poqomchi’.

Por eso ha llegado al casco urbano de este municipio que marca una de las fronteras entre las etnias q’eqchi’ y poqomchi’, en busca de la clínica de la abuela comadrona Thelma Max. Un lugar donde cada martes –día de mercado– hay mujeres a la espera de una revisión prenatal o de postparto. Ana ha pasado a consulta; ha quitado la faja de su corte y guarda silencio. Su vientre es una esfera cobriza palpitante. La comadrona, tras la escucha de un latido lejano en la parte superior de su vientre confirma: “el bebé ha dado una vuelta de 180 grados: está al revés”, dice.

Entonces Thelma Max frota un poco de aceite entre sus manos. Sopla y se prepara. “Solo las comadronas más hábiles podemos hacer esto”, dice con una mano sobre la otra. “Los médicos occidentales prohíben este método”, frota. “Según ellos con esto el bebé se puede quebrar”, frota. “O el cordón umbilical se puede enredar en el cuello del pequeño”, frota. “Lo cierto es que hay que tener cierto don para llevarlo a cabo”. Con una mano sobre la otra, la comadrona realza la figura del feto desde el vientre de la madre. Aparece la cabeza que sobresale como un bulto. Una breve protuberancia esboza la cadera. Thelma Max mueve, acomoda, palpa, empuja y poco a poco crea un movimiento circular dentro del útero. El bebé se deja llevar por el movimiento y da señales de protesta: pies-patadas, manos-manadas que sobresalen del abdomen de su madre. Luego de 15 minutos de maniobras el bebé ha quedado en posición, con la cabeza coronada, listo para nacer. “Ya no le cortarán cuando nazca”, tranquiliza la comadrona a su paciente.

La comadrona Thelma Max reacomoda un bebé para evitar la cesárea en Tamahú, Alta Verapaz.

“Es mejor reacomodarlos. Los doctores solo cesárea y cesárea y cesárea quieren hacer”, se queja.

Ana Tiul ha cambiado de semblante y ahora luce relajada, “con menos dolor”, dice mientras toca su vientre y se vuelve a vestir. “Será parto normal”, sonríe.

***

En Guatemala la mayoría de partos y embarazos son atendidos por comadronas. Niños que dan su primer respiro junto al esfuerzo y sudor de su madre en su propia casa, en su propia cama, y no en la frialdad de un centro o puesto de salud, mucho menos un hospital.

El Foro permanente ciudadano por la salud de los pueblos de Guatemala, un conglomerado de asociaciones que lucha por la pertinencia cultural dentro del sistema de salud oficial, contabilizó que un 70 por ciento de embarazos, en 2014, fue atendido por comadronas a nivel nacional. Y como explica Aura Cumes, doctora en Antropología: “Los servicios públicos y privados son una alternativa y la primera opción son las abuelas Iyom (como menciona el Popol Vuh a las comadronas)”.

En el área rural, salvo complicaciones importantes, las mujeres prefieren la atención de una comadrona que ha aprendido el cuidado y atención de un embarazo y un parto por medio de las tradiciones y no de los libros académicos. En los lugares más retirados, entre las montañas, donde no hay agua potable o electricidad, las comadronas son la voz de la sexualidad y la medicina (a veces atravesadas por una moralidad un tanto conservadora). Y si se pregunta, cualquier mujer sabrá dónde queda la casa de la comadrona que trabaja en su comunidad. Cada mujer embarazada tiene su comadrona. Y en esos parajes tan lejanos, según cifras proyectadas por el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS) para el área rural, se darán casi un cuarto de millón de nacimientos en 2017. Y para cada uno habrá posibilidad de atención de una comadrona.

– II –

Y aun así:

“El Estado no ha querido reconocer lo que hacemos. Sin las abuelas comadronas, el sistema de salud de Guatemala colapsaría. Hoy enfrentamos el mayor de nuestros miedos. Nos quieren
prohibir nuestro trabajo”.

Micrófono en mano, quien habla es la comadrona Graciela Velásquez. Es maya k’iche’, de Totonicapán, y legalmente representa a 12 mil comadronas guatemaltecas del movimiento Nim Alaxik Mayab’ (Sabiduría Ancestral). Ahora mismo son cientos de comadronas las que escuchan sus palabras. Un congreso nacional con mujeres procedentes de ocho departamentos. Todas, como explican los organizadores, han ayudado a traer vida en algún momento a esta Tierra. La misión de una comadrona es esa precisamente: recibir vida y todo lo que puede implicar esta metáfora.

En las capacitaciones de las comadronas se utiliza un bebé de plástico.

Velásquez desde el escenario habla sobre la lucha legal que han emprendido las comadronas contra el Estado de Guatemala. “Cada año dicen que atendemos menos partos. Pero sabemos que es al contrario”, dice. La lucha legal que han empezado desde hace cuatro años es la de ser reconocidas por el sistema de salud oficial. Una batalla que, no obstante, como indica Velásquez, tiene más de 40 años de vigencia. Desde 1969 el Estado de Guatemala y la cooperación internacional han intentado controlar la labor de las comadronas, han impartido capacitaciones, han dado insumos y han intentado integrar a las comadronas sin pertinencia cultural. “Imponer lo biomédico occidental y desvirtuar la tradición”, reclama Velásquez.

Nim Alaxik Mayab’ y otros consejos de comadronas del Altiplano, mediante la acción legal de un amparo planteado en 2014 han demandado al MSPAS para poner fin “a la violencia física, sicológica, obstétrica, racista, machista de clase social en contra de las mujeres indígenas y comadronas”. Un amparo que fue resuelto parcialmente por los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) a favor de las comadronas en abril de 2017 y que fue apelado por el MSPAS. Hoy este reclamo legal de las comadronas se encuentra en trámite ante la más alta de la cortes de justicia guatemalteca, la Corte de Constitucionalidad (CC). “Esperamos reconocimiento. Respeto a nuestro
trabajo”, dice Velásquez.

***

En 2015, la Unidad de Atención de la Salud de los Pueblos Indígenas de Guatemala (UASPIG), un órgano asesor de muy bajo perfil dentro del MSPAS, creó la Política Nacional de Comadronas, respaldada por la Ley de Maternidad Saludable. Se contabilizaron, en ese entonces, 23 mil 320 comadronas a nivel nacional. Se tomaron, para ello, cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) que indican disminuciones drásticas, año con año, en la atención de partos por parte de las comadronas: 47 por ciento en 2011, 30.2 en 2015, 30.07 en 2016. Las organizaciones comadronas, no obstante, señalan que muchos de estos datos son ambiguos, con más de 50 mil comadronas no tomadas en cuenta. Otro intento por parte del Estado para desconocer su trabajo. Datos que
aparecen en su queja formal de amparo.

– ¿Por qué apeló el Ministerio de Salud el amparo que solicita el reconocimiento y respeto por la labor de las comadronas? –se cuestiona a la doctora Marcela Pérez, que ejerce como directora de la UASPIG, institución que fue creada en 2009.

– Hay muchas peticiones generales en ese amparo. El reconocimiento va mucho más allá de dar instrumentos a las abuelas comadronas. Piden insumos como tijeras, pinzas, estetoscopio o equipo básico en salud. Para ello consideramos que no deben de tener estos instrumentos que tienen enfoque biomédico y no ancestral.

– ¿Después de toda la inversión en años de capacitación les prohíben estas herramientas que ellas mismas piden?

– Hay un peligro a los conocimientos tradicionales. Desde la UASPIG queremos cambiar la lógica de imponer un enfoque occidental que no les pertenece. Queremos también disminuir la discriminación y el rechazo que sufren por el personal médico. Que se les permita el ingreso a las instalaciones de salud pública. De todo hay procesos iniciados –responde la doctora Pérez, en su despacho donde asesora al Ministerio de Salud en temas de interculturalidad.

– III –

Desde hace un año, las abuelas comadronas de La Tinta, Alta Verapaz, tienen prohibido realizar su trabajo. No pueden entrar al Hospital Distrital, a puestos y centros de salud. Y tienen prohibido atender partos y embarazos.

La Tinta es un territorio aislado. Flanqueado por caminos de terracería imposibles, calurosos, desesperantes y agotadores. Un lugar en el que los trabajadores del Estado, sin mayor supervisión, fácilmente crean pequeños feudos donde su palabra se convierte en ley. Y nada más importa.

Desde hace un año, el doctor Douglas Ovalle es el encargado del Hospital Distrital de La Tinta. No importa si hay órdenes de más arriba. Si hay una Política Nacional de Comadronas desde el MSPAS o algún intento de reconocer algún sistema intercultural de salud. Lo que opine y dicte el doctor Ovalle es lo que prevalece. “Nuestra prioridad es institucionalizar los partos. Que todos nazcan en un hospital”, explica. Su propia política para su distrito, dice, es evitar muertes maternas a toda costa. Y en el último año evitar que las comadronas hagan su trabajo:

– No tienen ni sexto primaria. No tienen mayor concepto de fisiología o anatomía. Su concepción del mundo está dentro de un marco mágico –justifica el doctor Ovalle para impedir la labor de las comadronas en La Tinta.

¿No es falta de respeto a las comadronas y su cosmovisión?

– Yo tengo un año de estar en el hospital de La Tinta. Diez años de ser médico. Cada mes asistimos a mesas técnicas de análisis de muerte materna en el Ministerio. Ahí se ve cuál fue la dinámica de una paciente y el contacto que tuvo con los sistemas de salud, sus síntomas y cómo murió. Y no hay un mes en el que no se vea: los errores son los mismos, y son derivados de la tradición.

El doctor Ovalle ha prohibido el trabajo de las comadronas en La Tinta.

 

¿Las comadronas están capacitadas en La Tinta?

– Se hace, sí se hace, pero estas personas necesitan de otros conocimientos previos. Las respetamos hasta la medida de lo posible. Mientras que su trabajo no implique que aumenten las muertes maternas. Y sin embargo, sus creencias van en contra de la salud. Y nosotros tratamos de llevar más salud –responde Ovalle.

***

Contra el Hospital Distrital de La Tinta, desde septiembre de 2016, hay una demanda interpuesta ante la Comisión Presidencial Contra la Discriminación y el Racismo (Codisra). El doctor Ovalle no teme a las repercusiones legales en su contra: “Yo soy médico y no soy antropólogo, no soy sociólogo”, defiende.

Las comadronas q’eqchi’ que plantearon la denuncia contra el Hospital Distrital de La Tinta argumentan que sus derechos han sido violados, y perciben un trato racista en contra de ellas.

En este municipio de Alta Verapaz, las comadronas están por su propia cuenta, su lucha es solitaria. No hay organizaciones nacionales detrás de ellas, con abogado, con una líder que planteen amparos o que brinden ayuda legal. Angelina Chum, comadrona de 65 años, llora al explicar su caso: “Desde hace un año no tenemos trabajo. No podemos atender a la gente. En La Tinta nos quitaron nuestra misión”.

– IV –

En 2016 hubo un intento legal por parte del Estado para reconocer monetariamente el trabajo de las comadronas. Incluía un día conmemorativo: 19 de mayo. Más allá de la política nacional del Ministerio de Salud se intentó crear una ley que contemplaba el reconocimiento y un estipendio anual de Q3 mil para las 23 mil 320 que habían sido registradas. La ley fue aprobada por el Congreso de la República en febrero de este año y vetada por el presidente Jimmy Morales bajo el argumento principal de falta de presupuesto y “el peligro de deslegitimar a las comadronas al ser integradas al sistema de salud como otras empleadas más en la prestación de los servicios de salud pública”, y quedó sin efecto este cinco de octubre de 2017 por el Congreso de la República al ratificar la decisión  de nulidad del Presidente.

Las abuelas comadronas se han organizado para exigir ser reconocidas como sujetos de derecho.

La mayoría de organizaciones de comadronas apoyaron el proceso de creación de una iniciativa de ley en un principio, pero luego mantuvieron neutralidad. “Hay miedo entre las abuelas de que sea otra forma más en la que se nos discrimine”, dice Graciela Velásquez. “La ley buscaba certificar quién es y quién no es comadrona. Y ese es un problema”.

Amílcar Pop, del partido político Winaq, fue el diputado ponente de la Ley de la Dignificación de las Comadronas. Para él es simple lo que se pretendía con esta iniciativa. Nada más importante, dice Pop, que las comadronas lograran existir como sujetos de derecho: “Tan solo eso para poder organizarse. Para pedir respeto. Exigir al sistema reconocimiento como alguien más ante la ley”, comenta. Y eso, dice Pop, también conlleva un registro por parte del Estado para validar colectivos a nivel nacional y poder escuchar los reclamos de derechos. La legitimidad de cada comadrona ante el Estado, sin embargo, como indica Marcela Pérez, correría a cargo de movimientos nacionales de comadronas como Nim Alaxik Mayab’.

***

¿Quién es y quién no es comadrona? Una tarde lluviosa de inicios de agosto la comadrona Rosa Chex, en su casa de San Juan Comalapa, Chimaltenango, mientras preparaba su kit de atención de partos (una balanza, dos pinzas, una tijera, varias toallas, cinta castilla, alcohol, guantes y una palangana metálica para colocar la placenta) contaba que “hay cuatro formas de iniciarse en la misión de comadrona”. A) “Hay quien sueña con recién nacidos durante las noches. Y esa es la revelación del don a través de los sueños”. B) “Hay otras que enferman hasta que atienden el llamado de su misión y sanan”. C) “Otras veces la comunidad las requiere y les delega la misión de comadrona en su comunidad”. D) “La misión también se hereda. Con siete u ocho años, ahí estaba yo ayudando en los partos”.

“Una vez que recibes un niño, la comunidad te empieza a decir abuela. Te convierten en abuela comadrona”.

Para el Estado, en cambio, una comadrona se hace si asiste a las capacitaciones. Acudir implica obtener un carné respaldado por MSPAS donde se acredita quién es y quién no es comadrona y con el cual pueden inscribir el nacimiento de un niño en el Registro Nacional de las Personas (Renap). Si faltan a tres capacitaciones, el carnet es recogido. La lógica es simple pero simbólica: sin carnet, para el Estado, las comadronas pierden de tajo todos sus conocimientos.

– V –

Más de 30 comadronas q’eqchi’s del municipio de Raxruhá, en Alta Verapaz, observan un bebé de plástico que yace en el centro del salón de capacitaciones. Hoy hablan del cuidado de los recién nacidos. Entre todas hay un debate sobre la falta de llanto, un labio leporino, un niño de color amarillo, convulsiones, vómitos, que la cabeza no sea grande como una pelota porque podría ser macrocefalia. Cualquier complicación, dicen en coro las comadronas, “debe ser remitido al puesto de salud”.

“El 90 por ciento de nacimientos en Raxruhá son atendidos por comadronas. Ellas son el sistema de salud oficial. Nosotros solo apoyamos”, indica la enfermera Sandy Alvarado, del centro de salud de Raxruhá. “Lo que hacemos acá son intercambios de conocimiento y no capacitaciones. Los dos sistemas pueden coexistir”, dice la enfermera.

Celedonia Tzucuc aprende a escribir para continuar su trabajo de comadrona.

A 196 kilómetros del Hospital Distrital de La Tinta, en Alta Verapaz, la coordinación intercultural existe. El puesto de salud de Raxruhá trabaja con 26 comunidades y con al menos 120 comadronas. Las muertes maternas no son frecuentes y los partos son atendidos fuera de los servicios gubernamentales, en casa de las pacientes. “Si 20 mujeres llegan a chequeo prenatal al centro de salud, quizá solo dos de ellas darán a luz de forma institucional”, explica la enfermera. “No podemos obviar el contexto en el que trabajamos. El respeto a la tradición es esencial para nuestro trabajo”.

***

En todo reclamo colectivo siempre hay pequeñas motivaciones individuales. Resistencias personales dentro de resistencias más grandes. Doña María Celedonia Tzucuc, 68 años, es una comadrona kaqchikel. Ella no sabe que existe una acción legal para que Guatemala la reconozca como comadrona. Tampoco sabe que el Presidente vetó y dejó sin efecto la ley que buscaba dignificar su trabajo. Hoy, el miedo de doña Celedonia consiste en la posibilidad de perder su carné de comadrona y no pueda seguir trabajando. La forma que ha encontrado para resistir consiste en algo pequeño pero de suma importancia para ella: aprender a leer y escribir. “Ya puedo firmar”, sonríe iluminada. Su firma es “M I I I I I C I I I I”.

“Con esto ya puedo ir a inscribir a los niños que atiendo durante su nacimiento. No pierdo mi trabajo. Pero poco a poco… la lucha”, dice aliviada.

Graciela Velásquez, la comadrona que representa a más de 12 mil a nivel nacional, resumía durante una breve entrevista:

– ¿Cuál es la lucha más importante de las comadronas?

– Nuestra lucha es por existir. Que se reconozca nuestro valor. Hemos estado aquí durante siglos. Hacemos el trabajo que el Estado no logra cumplir. Queremos que se respete nuestra labor. Que podamos trabajar conforme a nuestra tradición, como nos enseñaron las abuelas. Que nuestra profesión se dignifique. Porque deben aceptar que no vamos a desaparecer.