Jueves 19 DE Octubre DE 2017
Domingo

Arzú y la vieja política

Fecha de publicación: 08-10-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico Por: Jaime Barrios Carrillo
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Guatemala vive tiempos dramáticos. Son momentos de quiebre. Posibilidad de salir de la corrupción estructural que ha azotado históricamente a la sociedad a causa de un Estado cooptado por grupos privados y últimamente por las mafias. Lo anterior visto desde una perspectiva optimista que permite vislumbrar un desarrollo hacia la auténtica democracia.

Una mirada más pesimista pintaría un escenario en que el viejo orden logra mantenerse, sobrevivir reciclado para seguir con lo mismo de siempre. Esto se vio con la protección que dio un Congreso muy cuestionado al presidente Jimmy Morales negándose en dos oportunidades quitarle el antejuicio para que pudiera ser investigado. La impunidad se blinda, se camufla y ante todo se articula en alianzas oscuras e inescrupulosas. Con evasores de impuestos, con militares corruptos y conectados a los peores momentos del conflicto armado. Con los ganaderos maleantes, con el narco y el contrabando. Lo anterior se encierra en lo que Iván Velásquez definió como “cultura de la ilegalidad”. En suma: la gran clase política y social de la corrupción y sus maquinarias que buscan dominar el Estado y sus tres poderes. Todo sobre la base de un país atestado de pobres y en estratos significativos de extrema pobreza.

La actitud del alcalde Álvaro Arzú de llegar a la conferencia de prensa del MP y de la CICIG a querer intimidar con su presencia ilustra también el viejo orden: el caudillismo de los corruptos y sobre todo el autoritarismo. El gamonal, el patrón acostumbrado a mandar y ordenar.

Hace unos meses, el mismo Arzú llegó a un Foro sobre reforma del Estado organizado por la Fundación de Esquipulas a exclamar la siguiente afirmación antidemocrática y autoritaria:

“La democracia debe ser dirigida. Una democracia plena en nuestro medio no funciona, según mi realidad vivida. La gente allá afuera está esperando ser dirigida, está esperando alguien que mande”.

Durante una asamblea de la Asociación Nacional de Municipalidades, Anam, en agosto pasado, Álvaro Arzú dijo que él había firmado la paz “pero podía hacer de nuevo la guerra”. Arzú  hizo un patético ejercicio de oratoria autoritaria, celebrado por una audiencia pasiva de alcaldes de dudosa trayectoria. Recordemos las prácticas de un ídolo de Arzú: el general Jorge Ubico que solía someter a los alcaldes a su absolutismo. Cuando hacía visitas a algún departamento, los alcaldes ponían sus varas a su disposición en una mesa como símbolo de sumisión y obediencia. Arzú es heredero de esa tradición autoritaria que muchas veces se expresa en amenazas y en improperios como lo ha hecho el alcalde capitalino. Ya había tenido un primer pedido de antejuicio por esta manera de amenazar e intimidar, el caso de los vendedores de El Amate y la informalidad que dijo había que combatirla a garrotazos. Fue salvado por un juez timorato que considero todo una broma o una ligero exabrupto del alcalde.

Pero esta vez Arzú deberá afrontar a un sistema judicial que actúa profesionalmente y con métodos científicos. Las pruebas adelantadas son un escándalo por su ilegalidad e inmoralidad. La espurias conexiones del Partido Unionista y el asesinado convicto Byron Lima, condenado por la muerte de Monseñor Gerardi, hecho sucedido durante la presidencia de Arzú. La relación con lo peor del crimen organizado y con los capos que medran y mandan en el sistema penitenciario.

El alcalde ha mostrado lo que sabe hacer: amenazar, gritar, dar órdenes. Es la manera de hacer “democracia dirigida”, como él mismo lo entiende. Es la vieja política enraizada en el autoritarismo y la corrupción. Es el pasado que se niega a morir.