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Domingo

Los Hijos de la Guerra


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No fueron muchos, a lo sumo cinco o seis. Todos eran muchachos jóvenes, de entre 18 y 25 años que, como tantos, fueron presa del maniqueísmo y de la polarización de la época. La primera operación se realizó en el mayor secreto posible pero no sé cómo se enteraron otras personas, y así se realizaron la segunda, y la tercera y las demás, durante varios meses en 1981.

Un día me busca en mi oficina un antiguo compañero de cuando laborábamos en el periódico ¡Alerta! y que ahora trabajaba como linotipista en los talleres de Prensa Libre. Me dice que su hermano “está en problemas” y “está metido en cosas”, que el Ejército lo quiere matar. Sus padres le han pedido buscar la forma de sacar al muchacho de Guatemala para salvarle la vida. Hace una semana –me dice– en la casa familiar de Jalapa, llegaron de noche a buscarlo y pudo escaparse por los tejados y patios de las casas vecinas y ahora está escondido en la capital. Es buena gente, es alguien que desea salir del país para encontrar otra forma de vida y escapar de la guerra en Guatemala, –insiste mi amigo– y me pide que lo ayude.

Pedí cita con el embajador de Venezuela en Guatemala, Jesús Elías Morel, un gran amigo y un excelente profesional, le expliqué las circunstancias y accedió a que su embajada diera la protección necesaria, siempre y cuando el joven llegara a la misma, en donde se le abrirían las puertas y el embajador se haría cargo de los trámites para garantizar la salida del país bajo protección diplomática.

Ya todo coordinado y preparado, un día a las cinco de la mañana, antes del amanecer, en una esquina de la zona 9, cerca de La Terminal, pasé a recoger al joven, hermano de mi amigo. Las señas fueron reconocidas, paré el auto, se subió cargando una pequeña mochila y casi no intercambiamos palabras hasta llegar a la embajada, talvez debido al nerviosismo de ambos. Un par de luces altas del auto, se abrió el portón e ingresamos. Le dije “adiós y buena suerte” y el joven respondió “gracias por todo”, salió del auto y fue recibido por el embajador.

Después de algunas semanas de trámites ante el gobierno, el joven de Jalapa pudo salir del país en un vuelo hacia México, en donde se le había concedido asilo. Más tarde supe, a través de su hermano, que se había instalado en Costa Rica en donde estaba trabajando. Un día, sin embargo, desapareció y encontraron su cuerpo ahorcado, colgado de una rama en un bosque en los alrededores de San José. ¿Suicidio? ¿Otro crimen impune? ¿Habrá llegado la Mano Peluda hasta Costa Rica para ejecutar al joven? Nunca lo sabremos.

Mientras tanto, saliendo un día de una reunión de la Unión del Centro Nacional, en las oficinas de Jorge Carpio, se me acerca un correligionario, empresario de la construcción en los departamentos, especialmente en el oriente, me toma aparte y dice que él sabe que yo lo puedo asistir con un gran problema que, como padre, tiene. Me cuenta la historia de su hijo, un joven universitario brillante que ha caído, sin quererlo, como instrumento de una célula guerrillera. Mi amigo me dice que ha hablado con su hijo y que está dispuesto a salir del país y que, por favor, yo lo ayude.

Repito los mismos contactos con el Embajador de Venezuela quien facilita que yo lleve al muchacho una madrugada a su embajada. Esta vez, el punto para pasar a recoger al joven fue en una esquina de la zona 5. Durante el recorrido, recuerdo, pude establecer una conversación, durante la cual me habla de su mamá, de sus hermanas, de su papá, de lo muy preocupados que están por su seguridad, que no desea causarles ninguna pena y que agradece lo que estoy haciendo por ellos y por él. Me promete escribirme para informarme en donde está y qué está haciendo.

En este caso, el exilado viajó directamente a Costa Rica. El padre no cesaba de darme las gracias por lo muy poco que yo había hecho. Hasta que un día, unos seis meses después de su salida, divisé de lejos al joven en una parada de buses en la 7a. avenida de la zona 9. Llamé a su padre, mi amigo, para contarle y me dijo que sí era su hijo, él y su esposa sabían que había regresado, pero no se había comunicado con ellos y temían que había vuelto a integrarse a la guerrilla. Un año más tarde murió en combate en algún lugar, en alguna montaña.

Y así, hubo tres o cuatro casos más. Padres, tíos o hermanos de jóvenes que buscaban irse de Guatemala, que me contactaban para facilitar sus salidas. Eran personas desconocidas con las que, luego de realizada la operación, ya no tuve ninguna comunicación. No volví a saber de ellas ni de sus protegidos. Espero que estos sí hayan logrado sobrevivir la guerra. El embajador de Venezuela, al terminar su período, partió de Guatemala y ya nadie pidió mi intervención. Talvez porque, para entonces, ya todos sabían que no había escapatoria del extremismo al que nos habían llevado los regímenes militares, por un lado, y la guerrilla marxista, por el otro.

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