Sábado 15 DE Junio DE 2019
Domingo

Jimmy Morales versus la ONU

Fecha de publicación: 24-09-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico
Por: Francisco Villagrán de León

Aunque sean una minoría, hay quienes en Guatemala comparten la opinión del presidente Jimmy Morales de que el comisionado Iván Velásquez se tiene que ir. El apoyo de esa minoría, además de la precariedad de su situación como gobernante, ha de ser lo que le llevó a emprender una guerra inútil en contra de la CICIG y llevarla al seno de la ONU. Pero afuera  de Guatemala, la CICIG no es objeto de controversia sino del reconocimiento de la comunidad internacional (al igual que el Ministerio Público y algunas instituciones del Estado). Por eso el viaje de Jimmy Morales a Nueva York fue un error, que se hizo más evidente al darse en medio de la peor crisis política que ha pasado su gobierno.

Muchos países en distintas partes del mundo han visto a la CICIG como un modelo interesante de apoyo a la administración de justicia y al fortalecimiento del Estado de Derecho, y eso además ha dado lugar a una discusión en los foros internacionales sobre si sería posible reproducirlo en países con problemas similares. La ONU lo considera como uno de sus proyectos novedosos e  importantes, aunque reconoce que no sería fácil replicarlo y no lo está proponiendo. Guatemala se ha proyectado bien presentando a la CICIG como su propia iniciativa, lo que efectivamente es así. Por todo eso, el viaje del presidente Jimmy Morales a la ONU, con el único propósito de descalificar a la CICIG, mandó una señal negativa e inequívoca que se opone a su trabajo. ¿Cómo se habrá tomado ese mensaje en las Naciones Unidas y en los países que le han dado apoyo a la CICIG? Pues hay que decirlo, la impresión que dejó es que para el presidente Morales la lucha contra la corrupción y la impunidad se ha terminado.

A la luz de lo anterior, vale la pena evaluar si ese viaje de Jimmy Morales a Nueva York sirvió de algo, porque lo que parece es que resultó ser un fracaso. En su discurso ante la Asamblea General no se limitó a cuestionar el papel del comisionado Iván Velásquez (como lo había hecho unas semanas antes en su reunión con el secretario general António Guterres), sino que criticó en términos más amplios el trabajo de la propia CICIG y pidió una renegociación completa del Acuerdo que contiene su mandato. Sin embargo, esta vez el presidente Morales no se reunió con ningún funcionario de alto nivel de la ONU para hablar de eso y dar seguimiento a su conversación con el Secretario General un par de semanas antes. Eso da la impresión que regresó a Guatemala con las manos vacías, porque no consiguió ponerse de acuerdo con la ONU para revisar el mandato de la CICIG.

Jimmy Morales redujo su agenda, que era de por sí muy pobre para una visita de ese nivel. Declinó una invitación del Secretario General a un evento que ofrecía a los jefes de Estado y de Gobierno que asistieron a la Asamblea General, y al día siguiente canceló su participación en un encuentro con empresarios en el Consejo de las Américas, una institución creada por David Rockefeller que reúne a las empresas más grandes de Estados Unidos con negocios e inversiones en América Latina.

Cuando los presidentes o primeros ministros van a la ONU es para presentar sus grandes iniciativas o para fijar sus posiciones frente a los problemas que representan una amenaza a la paz y la seguridad internacional. En los últimos 30 años, otros presidentes de Guatemala llevaron a la Asamblea de la ONU la iniciativa de Esquipulas, los Acuerdos de Paz, y por último el Acuerdo para crear la CICIG. Son muy pocos los presidentes que van a quejarse del papel o el escrutinio de la propia ONU, y suelen ser los autócratas en otras partes del mundo.

Lo que se ha visto afuera de Guatemala es que Jimmy Morales está obstinado en oponerse a la CICIG, y que lo hace por razones personales, no de Estado. Lo que él debe entender es que de esa manera está aislando al país, y está confrontando internamente a amplios sectores que exigen que continúe la lucha frontal contra la corrupción. Su visita a Naciones Unidas y su mensaje dejaron una mala impresión, pero a la vez mucha preocupación por la debilidad de su gobierno y el descontento general que se ha manifestado en los últimos días.

Este viaje del Presidente y su desafortunado propósito podrían tener un costo, que al final tendríamos que pagar todos. Los países que nos ayudan nos han advertido que dejarán de hacerlo si se detiene la lucha contra la corrupción, hoy encabezada por la CICIG y el Ministerio Público. Lo mismo han dicho los organismos financieros internacionales. Su gobierno se está desintegrando por el entorno de conflictividad que él y el Congreso han generado. ¿No será hora de reconocer esa realidad, que se hizo tan evidente en las manifestaciones del miércoles en distintas ciudades del país, y de buscar una ruta más sensata a través de un diálogo con representantes de los sectores que quieren retomar el rumbo de la institucionalidad y la democracia?