Jueves 17 DE Octubre DE 2019
Domingo

Yo solo maté a un niño

Fecha de publicación: 16-07-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico
Por: Jaime Barrios Carrillo

“No anulemos en el niño la infancia con nuestras malas costumbres”

Miguel  Ángel Asturias

 

Hace algunos años un pandillero de 19 años, apodado “el Black“, había sido detenido por la policía acusado de la muerte de cuatro menores y la madre en San Miguel Petapa. En el momento de su captura el pandillero, en estado de drogadicción, decía no sentir nada aunque repetía sin cesar, como aduciendo una defensa o como pidiendo indulgencia: “Yo solo maté a un niño, no a los cuatro”. ‘El Black’ había perdido la pierna izquierda a los diecisiete años, en una balacera con miembros de una mara rival.

El sicariato juvenil, incluso infantil, viene siendo una realidad tenebrosa en Guatemala. La actitud y perspectiva de matar a los criminales también ha sido enorme, opacando los análisis balanceados que ven en el sistema social y político la esencia del problema. También preocupa la falta de cultura democrática, de cultura social, cuando no se ve ni se considera que  existe una relación entre pobreza, criminalidad e infancia en Guatemala.

Ya hemos tenido demasiados casos y alarmas como el reciente y sonado de Las Gaviotas. A cualquier conciencia civilizada le horrorizan los crímenes de las maras, el grado de salvajismo y violencia de la criminalizada infancia y juventud en Guatemala. Pero también horroriza oír que la solución es matar a todos esos niños, “limpiar a la sociedad” de la escoria como si la sociedad estuviera limpia de pecado

¿Quién sería el encargado de la matanza? Cada día que pasa retrocedemos. El pasado siempre está presente. La impunidad reina porque no hay cambios. No hay justicia, ni social ni judicial.

Las maras son, desde luego, un problema de seguridad pero tienen causas estructurales. Hay estimaciones sobre el número de jóvenes integrados a las maras en Guatemala; van desde la cifra conservadora de 14 mil, dada por el profesor en cuestiones de seguridad Thomas Bruneau, hasta la posibilidad que sean 165 mil, según un estudio financiado por la agencia norteamericana AID. En todo caso, se trata de miles de jóvenes que ni cabrían en las cárceles, ni mucho menos pueden ser eliminados por la “limpieza social”. Sería un nuevo genocidio que afectaría a miles de familias.  La “vida loca” de los “homies” debe ser re-orientada y es obligación social y política intentarlo. ¿Por qué no desarrollar un sistema penitenciario donde no haya corrupción y en cambio la rehabilitación sea una prioridad, en vez de seguir con prisiones como escuelas del crimen?

Lo anterior cuesta dinero y la sociedad tiene que pagarlo. Además solo el Estado sería capaz de hacerlo, como ente responsable de asegurarle a la juventud, las alternativas educativas, laborales y culturales.

Qué se dirá en el futuro sobre esta época brutal, ahora que ser niño o joven resulta un delito, castigado con la pena de muerte por inanición o por enfermedad o el castigo del trabajo forzado en lugar de la escuela, el juego y la seguridad de un hogar.

La juventud y la infancia guatemalteca son explotadas y se les induce, directa o indirectamente, a la criminalidad. Se exportan niños, se envían a los coyotes en Tijuana, solos e indefensos y son miles. Se abusa sexualmente de los niños. Se roban niños. Se asesinan niños. El infanticidio prolifera entre la pobreza y la ignorancia. Con las drogas, la prostitución, el abandono y la violencia. ¿Qué puede esperarse del futuro si no se cambian las estructuras del infanticidio estructural?

¡Guatemala no ha matado solamente un niño!