Domingo 16 Julio 2017
Domingo

El abrazo tardío de los hermanos Ixim

Tuvieron que pasar 37 años para que cuatro hermanos se reencontraran luego de haberse extraviado cuando su aldea en San Cristóbal Verapaz fue víctima de una masacre realizada por el Ejército al calor del conflicto armado interno en 1980.


Pavel Gerardo Vega [email protected] –Es una mañana distinta para Jacinto Ixim Cal. Es sábado al mediodía en Santa Cruz Verapaz, Alta Verapaz. Luego de un viaje de unas tres horas en bus desde Fray Bartolomé de las Casas, el final de un ciclo de ausencias está a pocos minutos de llegar. Han pasado 37 años desde que decenas de elementos del Ejército arrasaron con el caserío Chirrexquiché en la aldea Najtilabaj de San Cristóbal Verapaz, en donde la mayoría de los hermanos Ixim Cal vivieron su niñez, adolescencia y el principio de su juventud.

Eran Francisco (5 años), Manuel (7), Nicolás (18), Jacinto (21), Felisa (23) y Sebastián (25). Todas las edades corresponden al momento de la masacre y son aproximadas, pues no recuerdan con certeza su fecha de nacimiento ni la edad que tienen ahora.

Jacinto está preparado para reconocer a sus hermanos Manuel y Nicolás. O al menos cree que lo está, pues durante más de tres décadas pensó que había sido el único sobreviviente de aquella masacre.

El paradero de Jacinto fue descubierto gracias a una de las investigaciones realizadas por el programa Todos por el Reencuentro de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, que desde hace 18 años busca niños, niñas y adolescentes que desaparecieron por circunstancias del conflicto armado interno. Estas investigaciones han generado 355 reencuentros de familiares, cuatro de ellos que corresponden a los Ixim Cal.

El momento más emotivo en la asamblea del programa está a minutos de suceder. Los más de 90 asistentes comprenden un grupo que se formó desde hace 18 años, son familiares que buscan a sus desaparecidos, o desaparecidos que buscan a sus familiares. Es la primera vez que un reencuentro se da en estas circunstancias, pues todos los anteriores se han realizado en el seno de la comunidad en donde viven las víctimas para que sea más confortable.

Es momento de entrar al salón, Jacinto es auxiliado por uno de los trabajadores de la Liga de Higiene Mental que sabe hablar poqomchi’, el idioma materno de los Ixim Cal. Comienzan los aplausos de la multitud para recibirlo. De un lado del auditorio están Manuel y Nicolás. Al fondo se asoma su hermano vestido con un pantalón de mezclilla y una camisa blanca.

Los aplausos incrementan, las cámaras apuntan a la entrada. Jacinto comienza el camino hacia sus hermanos, que ahora, después de estar en distintos departamentos, están a pocos metros de él. Su rostro atónito no le permite avanzar con confianza, da unos pasos y se detiene. Se lleva la mano a la cara como signo de incredulidad y sorpresa.

Avanza unos metros más y no puede evitar detenerse al medio de la ruta. Comienza la emoción más intensa. Su acompañante lo invita a acercarse más, unos pocos pasos lo reunirán con sus hermanos perdidos.

Se acerca. Las lágrimas comienzan. Nicolás, quien solo habla español, se comunica con él invitándolo a un abrazo fraternal. Se une Manuel y los tres hermanos cierran 37 años de ausencia. Cada uno creía que los otros habían muerto. El abrazo dura unos minutos, es solo el primero. Al día siguiente encontrarán a Felisa, su hermana mayor.

La huida

La cúspide de la crueldad de la guerra interna en Guatemala llegó en 1978, con el expresidente Romeo Lucas García y una política estatal contrainsurgente que se dedicó durante unos seis años a eliminar todo rastro de subversión, fuera armada o civil. Y aunque no hubiera evidencias que probaran la culpabilidad de las personas, igual se establecieron planes para “quitarle el agua al pez”, es decir, quitarle la gente a la guerrilla, pues les proporcionaban ayuda para guardar sus armas o para alimentarlos.

Una estrategia contrainsurgente que satisfizo los intereses del Ejército de Guatemala al derrocar a mediados de los años ochenta a los grupos guerrilleros. Pero, fue un conflicto que dejó, según el informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico y la investigación de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, titulada ‘Recuperación de la Memoria Histórica’ (Remhi), más de 200 mil muertos y un aproximado de 45 mil desaparecidos.

 

Aunque no existe mucha precisión de los datos, según el Remhi, en 1980 el Ejército llegó a la aldea Najtilabaj en San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, para matar a los habitantes, incluidos los del caserío Chirrexquiché, en donde vivía la familia Ixim Cal.

Nicolás y Manuel lo recuerdan bien. “Llegó el Ejército y quemó las casas. Mataron a las personas”, dicen con tristeza. Aunque Nicolás añade más detalles: “Luego de que quemaron las casas, comenzaron a matar a los niños y a las mujeres. A algunas las colgaron”.

Nicolás tenía unos 18 años cuando eso sucedió, ya estaba casado. Su esposa tenía tres años menos que él. A ella la capturó el Ejército y se la llevaron a Cobán, aseguró. No sabe si está viva o muerta.

Pero, los Ixim Cal no se dejaron capturar. Entre el revuelo que significó la irrupción de las fuerzas armadas, la defensa de los hermanos fue escapar. Cada uno con un rumbo distinto. Las espesas montañas de Alta Verapaz les sirvieron como refugio del Ejército, un refugio frío y oscuro en donde permanecieron solo por unas semanas hasta que cada uno encontró su rumbo.

Felisa y Jacinto no vivían en el caserío en ese momento. Ella vivía con sus padrinos en otra comunidad de San Cristóbal y él se encontraba trabajando en otro municipio. Quienes corrieron de la masacre fueron Manuel, Nicolás, Sebastián y Francisco. Este último, el más pequeño de los seis, aún no ha sido encontrado.

Un reencuentro inesperado

Planificar un reencuentro familiar es tarea complicada, sobre todo si no se cuenta con recursos suficientes o con el acceso a fuentes gubernamentales que pudieran esclarecer algunos casos.

Ángela Reyes trabaja desde hace 13 años como psicóloga clínica en la Liga de Higiene Mental. Ha presenciado decenas de reencuentros, incluidos los que ya habían tenido los Ixim Cal.

Aunque, generalmente las historias que investigan en la Liga son casos denunciados ante ellos para buscar ayuda, el caso de los hermanos Ixim fue más un golpe de suerte.

La investigación comenzó a mediados de 2011, cuando los trabajadores de la organización buscaban en los archivos de una casa hogar el nombre de la madre de una niña adoptada por una familia de Estados Unidos. Una monja del hogar les dijo que la mujer vivía en Tiquisate, Escuintla, por lo que se dirigieron allá. Cuando buscaron en el Registro Nacional de las Personas del municipio costero, una trabajadora les contó que su vecino solía vivir en Alta Verapaz, pero huyó luego de una masacre en su caserío. Era Nicolás.

Los investigadores tomaron su testimonio. Luego, con las pistas, encontraron a Sebastián en Alta Verapaz y a Manuel en San Andrés, Petén. Ese fue el primero de los encuentros entre los hermanos. No fue con Nicolás porque era más factible que Sebastián viajara a Petén, explicó Reyes.

Fueron reencuentros duros, recuerda la experta. Ya todos habían establecido que no había sobrevivientes, que ellos estaban solos y nunca volverían a ver a sus hermanos. Cuando Sebastián llegó a San Andrés, Manuel aterrado por la incredulidad del suceso, pidió la cédula de su hermano para verificar su identidad. Sebastián al verse cuestionado se negó. Minutos después gracias a la intervención de los expertos, ambos accedieron y pudieron disfrutar de su primer abrazo en tres décadas.

Cuando Nicolás se enteró de que sus hermanos estaban vivos, tampoco lo creyó. Para facilitar la experiencia, le enseñaron una foto de Manuel, aunque él pensó que estaba viendo un retrato suyo. No podía creer que era su hermano menor.

Entonces, en 2012, Manuel viajó a Tiquisate para conocer a Nicolás. El encuentro no fue en su vivienda por la desconfianza, fue en la casa de una vecina que los ayudó a efectuarlo.

Las investigaciones de la Liga determinaron que la esposa de Nicolás sí está viva, pero está casada con otra persona.

El abrazo de la hermana

Jacinto ha pasado un día entero junto a sus hermanos Manuel y Nicolás. Sebastián no ha querido participar de los reencuentros por algunas rencillas familiares. Pero, convivir con sus hermanos era algo que Jacinto no esperaba y que disfrutó, a pesar de la barrera lingüística con Nicolás.

Ahora toca el reencuentro del domingo. Su hermana Felisa los espera a los tres en una aldea de San Cristóbal. La lluvia típica de Alta Verapaz ya riega las montañas y los caminos. Llegar a la vivienda de su hermana toma unos 20 minutos del lugar del primer reencuentro.

Ahí, en la altura de una colina, la casa de Felisa está preparada con globos de colores para recibir a sus hermanos. Ha preparado, junto a sus hijas, un almuerzo para compartir la mesa una vez más con ellos.

Los tres Ixim suben la colina por el camino de barro y se acercan a la pequeña casa de madera pintada de verde menta. Felisa los ve desde la puerta y es el equipo de psicólogos el que presenta a cada uno.

Primero, Manuel. Una palmadita en el hombro es el único gesto de saludo que le da Felisa. Luego Jacinto. Se sorprende: “¿Usted es Jacinto?”, le cuestiona. “¿Cuántos años tiene, pues?”, le interroga. “No sé”, le responde él en un intento por hablar español.

Es un choque muy grande, dice Reyes. Haber pasado casi 40 años sin saber el uno del otro y de repente conocer que los demás están vivos es sorprendente, explica.

“Tienen miedo y desconfianza. Han creado resistencias que surgen a partir de sufrir un trauma tan fuerte como la masacre de su comunidad”, asegura la experta. Es por eso que el encuentro con su hermana es más sobrio, menos emotivo que el del sábado.

Ese domingo, los tres hermanos durmieron en la casa de Felisa. Luego de haberse desarraigado por casi cuatro décadas de su cultura, su idioma y sus hábitos, los cuatro compartieron una plática por la noche que culminó a eso de la una de la madrugada. Una plática que intenta reparar la ausencia que el Ejército de Guatemala les obligó a padecer y que aún no se concreta porque no se sabe aún dónde está Francisco, el menor de los Ixim. Podría estar vivo pensando que es el único sobreviviente o podría estar buscando a sus hermanos perdidos en la montaña.

Tal vez es uno de los 5 mil niños que el Ejército se llevó luego de las masacres. O tal vez las espesas y frías montañas lo consumieron como consumieron a miles de víctimas del conflicto armado interno.