Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Los niños que regresaron de un paseo por el infierno (Parte II)

Fecha de publicación: 18-06-17
Por: Manolo E. Vela Castañeda - manolo.vela@ibero.mx
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En la columna pasada se publicó la primera parte de esta historia. Contamos como, entre el sábado 29 de mayo y el martes 1 de junio de 1982, fuerzas de seguridad del Estado capturaron y llevaron al Departamento de Operaciones Técnicas de la Policía Nacional, DIT-PN, a 13 estudiantes de educación media que eran parte del Frente Estudiantil Revolucionario Robín García, FERG.

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Por la tarde del martes 1 de junio, Marvyn y sus hermanas fueron llevados a la oficina del Jefe del DIT. Allí los esperaba un hombre, ya entrado en años, de cabello rubio, escaso, engominado, peinado para atrás, que parecía más un hombre de negocios que lo que en realidad era, un especialista en tortura. Con un marcado acento extranjero les ordenó escribir una especie de biografía. “Yo he estado en muchas partes del mundo y sé lo que hay que hacer”, decía que a él no podíamos engañarlo, porque él había visto muchos muchachos como nosotros en Vietnam, África, y otros lugares. Repetía: “les vamos a sacar las uñas”, “les vamos a quemar el culo”, “los vamos a hacer mierda”. Después de todo, pasar la tarde escribiendo fue mejor que las palizas feroces.

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Uno de los agentes del DIT, a quien llamaban el Gato, cuando iban a salir a los operativos de captura se carcajeaba, aplaudía y gritaba “¡vamos de cacería!”. Y eso fue lo que tuvo lugar en las calles de Ciudad de Guatemala por aquellos años: cacerías de seres humanos.

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Según consta en los papeles del Archivo Histórico de la Policía Nacional, a las 8 de la noche con 20 minutos de ese martes 1 de junio el papá de Marvyn, don José Domingo, llegó a la sede del DIT: “Asunto: Localización de su hijo menor: Marvin Iván Pérez Dionicio, de 14 años de edad, de tez morena […] viste pantalón gris a rayas, una camisa playera amarilla, zapatos tenis, calcetines ignorado color”. En la denuncia se establecía que el papá de Marvyn pedía “que se proceda a la localización del mencionado menor y para que fuera entregado a sus padres…”1.  Don José Domingo se recuerda ahora de don Carlitos, un vecino del barrio, que fue el único que, en medio de aquella tragedia, lo acompañó a todos lados: morgues, hospitales, comisarías, cárceles. Pudo más la solidaridad que el pánico.

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Hacia las 10 de la noche de ese martes 1 de junio llegó donde los estudiantes estaban, un hombre, con porte militar, vestido todo de negro, con una playera de manga larga y cuello alto, que les dijo: “no quisieron hablar aquí; allá van a hablar”.

Entonces, les taparon los ojos con papel periódico sujetado, por la frente y las mejillas, con masking tape. Y empezó una nueva forma de ver, de sentir, de saber, ya sin la mirada. Hasta ese momento habían estado esposados. Ahora estaban esposados y además ya no podían ver. Más allá del papel periódico estaban las sombras, los sonidos, los pasos, las voces, los gritos.

Uno a uno fueron sacando a los estudiantes al patio del DIT, donde les esperaban varios vehículos Ford Bronco a los que les habían quitado los asientos traseros, y allí los fueron metiendo, como bultos, tirados en el piso, que olía a polvo y hule. Y empezó un recorrido, ni largo ni corto. Al llegar, los vehículos esperaron a que se abriera un portón de metal.

Al entrar a aquella casa, Marvyn sintió una sensación de muerte. Escuchó esa mezcla de grito, mezclado con llanto, que por ratos se transforma en gemido. Al nomás entrar sintió un punzante olor a sangre, como a hospital. Había un frío peculiar, que no es el frío de la temperatura. Es un frío cargado de miedo. Una pesada losa cayó sobre la esperanza que aún quedaba en aquellos niños de salir con vida de esa experiencia. Los días en el DIT habían sido el prólogo. El verdadero castigo estaba por venir.

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A cualquier hora, no importaba que fuera de día o de noche, los golpeaban: “nos pateaban en cualquier parte del cuerpo”. De tanto en tanto, lo conducían a un cuarto, lo sentaban en una silla y le empezaban a golpear. Hacían muchas preguntas a la vez, pero no daban tiempo de contestarlas, parecía que no esperaban respuestas.

Luego, sentía punzadas como de alfiler, eran cortadas hechas con algo muy fino, como hojas de afeitar, que quedaban ardiendo todo el tiempo, después. “Otro día, percibí olor a cigarro, y un ardor en la piel: me estaban quemando con cigarro”. También, Marvyn descubrió que la electricidad podría tener otros usos, para causar tormento. “Ahora sí vas a hablar”, decían; “esta va a ser tu última noche”, “te vamos a tirar en la puerta de tu casa”, “te vamos a cortar los dedos”.

Marvyn recuerda ahora como él se alegraba al ver cuando regresaban a uno de los otros estudiantes con quienes él compartía el cuarto en aquel centro clandestino de detención. Golpeados, inconscientes y cada vez en peor estado, pero todavía vivos. En eso consistía lo que iba quedando de esperanza.

Eran largas sesiones de tortura que terminaban solo cuando el torturado había perdido el conocimiento, cuando ya no podía más. Marvyn recuerda que del agotamiento se quedaba dormido, y que despertaba con el deseo de que quizá todo había sido una pesadilla.

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Desde donde Marvyn estaba, en uno de los cuartos del segundo piso, parecía que todo lo que pasaba en la casa se escuchaba. Uno no sabía si era peor la tortura a uno o escuchar los gritos –desgarradores– de los otros. Las pisadas de los zapatos en el piso de madera hacía que los pasos retumbaran. Y esos pasos aceleraban el pulso. Al nomás escuchar los pasos uno pensaba que iban por uno, a sacarlo, para torturarlo; o que ya iban a llegar a golpearnos.

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Aquella era una casa de dos niveles y al segundo nivel se accedía por una escalera en forma de caracol, tenía tina de porcelana en uno de los baños del segundo nivel y lámparas de cristal cortado por lo menos en una de las habitaciones, las ventanas estaban selladas con tablas, pero por las rendijas se podía ver un muro perimetral rústico, construido con blocks. No se escuchaban ruidos de ciudad: camionetas, bocinas, el paso de aviones. Solo un gallo que, al despuntar el alba, anunciaba que un nuevo día estaba por empezar. Y así iban a pasar los días, desde la noche del martes, y del miércoles al viernes.

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El sábado 5 de junio la dinámica cambió. Cesaron los gritos, el llanto. Un silencio expectante se impuso. Por primera vez los estudiantes recibieron algo de comer: carne guisada con arroz. Desde el martes por la noche Marvyn no recuerda haber comido ni bebido nada; tampoco recuerda haber tenido hambre ni sed.

La tarde de domingo llegó un médico a examinarlos.

(Continuará).


1.- Departamento de Investigaciones Técnicas de la Policía Nacional, “Denuncia No. 7958. José Domingo Pérez a favor de su hijo Marvin Iván Pérez Dionicio”, 1 de junio de 1982. [el documento comprende las firmas del oficial de denuncias, del interesado, José Domingo Pérez, y otra más, sin más información; se hallan también los sellos de la sección de denuncias del DIT-PN; y del archivo del DIT-PN.

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