Domingo 18 Junio 2017
Domingo

El doctor Carlos Mejía y su lucha cuesta arriba por los pacientes con VIH en Guatemala

Como jefe del Departamento de Medicina Interna y director de la Unidad de Atención Integral de VIH y Enfermedades Crónicas del Hospital Roosevelt, el doctor Carlos Mejía comenzaba su día antes de las seis de la mañana y lo terminaba 14 o 15 horas después. El 23 de mayo, cuando regresaba a su casa, luego de su extenuante jornada, perdió la vida en un confuso incidente que involucró a supuestos pandilleros y a agentes de la Policía Nacional Civil. En el hospital, los integrantes de su equipo de trabajo están de duelo y siguen sin entender lo ocurrido, pero ello no significa que bajaron la guardia. Al contrario, están dispuestos a proteger y mantener esa lucha cuesta arriba que comenzaron con el doctor Mejía hace 30 años, cuando en Guatemala hablar de sida era objeto de crítica y escándalo.

Por: Claudia Méndez Villaseñor [email protected]

La Clínica de Enfermedades Infecciosas, como la suelen llamar en el Hospital Roosevelt, es un espacio agradable donde los pacientes son recibidos con amabilidad y cortesía. Quien ocupa uno de los diez asientos de las filas de sillas, acomodadas en la Sala de Espera, es pronto identificado como portador de Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (sida) o alguna Infección de Transmisión Sexual (ITS) como sífilis, chagas o hepatitis C. Es casi seguro, que mientras corre el reloj más de uno se aventure a contar un poco la historia que lo llevó a ese lugar. Lo que se escucha son relatos de hombres que engañaron a sus mujeres y luego se contagiaron o de hombres con el virus que continuaron con su rutina de conquistas sexuales, sin importar las consecuencias e infectaron a sus parejas casuales. Las mujeres, mientras esperan a que atiendan a sus parejas, reclaman cómo otras mujeres “se acostaron” con sus hombres, cuando sabían que no eran solteros. “Sabía que vivía conmigo y dice que se embarazó, pero yo no le creo”, dice una.

Los más discretos escuchan las conversaciones de lejos, en su lugar, pero a veces hacen gestos de que entienden lo que se habla o que significan que algo así les ocurrió a ellos.

Un ambiente así, dedicado a personas con VIH o para aquellos que desarrollaron el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) o cualquier ETS, se construyó lento y a la fuerza, en medio del desprecio, la antipatía y el prejuicio de la Guatemala de los años ochenta.

¿Quién querría en esa época brindar a estos pacientes comodidad y atención? Nadie, si hasta el personal médico dedicado a estas consultas fue y es blanco de estigma y discriminación.

Así lo recuerda Leticia García González, seño Leti, como le llaman, coordinadora de Enfermería y Conserjería de la Clínica, quien conoció al doctor Mejía en 1982, cuando tenía 25 años y recién había obtenido el título de Médico y Cirujano.

Lo miraba en el Roosevelt, porque ese año, el doctor decidió ingresar al programa de Residencia en Medicina Interna. Por eso, algunas veces coincidían en el servicio.

Primeras noticias

Para entonces, Mejía y sus compañeros de la Residencia leían las primeras publicaciones científicas sobre una nueva enfermedad que afectaba más a homosexuales que usaban drogas endovenosas y migrantes haitianos que vivían en Florida, Estados Unidos.

No le prestaron mayor atención, reconoció, en una publicación, el médico que luego dedicaría 35 años de su vida a estudiar la enfermedad y a buscar por todos los medios posibles la manera de atender a los pacientes.

“Lo veíamos como un problema ajeno a Guatemala”, escribió en 2014, en un artículo para la Revista Científica de la Clínica de Enfermedades Infecciosas, que conmemoraba los 25 años de su fundación y los 30 años de haber sido registrado el primer caso de VIH en Guatemala.

Cuando terminó la Residencia en 1984, Mejía tenía 27 años y lo nombraron jefe del Departamento de Medicina Interna. En junio de ese año se reportó en el país el primer caso de VIH, en un migrante homosexual de 28 años que había vivido en Estados Unidos. Otros dos casos se registraron en los meses siguientes.

La epidemia había alcanzado el país y era el doctor Eduardo Arathoon que, a principios de los ochenta, había estudiado en Detroit, Michigan, quien trataba de convencer a las autoridades de Salud de la magnitud del problema. Él había visto pacientes con la enfermedad y reconocía que el VIH no era cuestión de juego ni de cruzarse de brazos.

Mejía en tanto, analizaba el avance de la enfermedad desde el Hospital Roosevelt y leía cuanta investigación era publicada en revistas especializadas. En una sesión, los jefes médicos conocieron el caso de una mujer drogadicta que había fallecido a causa de una Histoplasmosis severa, diagnosticada durante la autopsia. Era migrante y vivía en California.

El doctor Hernán Molina quien recién había regresado de Estados Unidos de su entrenamiento como patólogo fue el responsable del procedimiento. Molina descrito por Mejía como “desvergonzado, asertivo, pero con un gran conocimiento”, fue directo en esa ocasión y reveló a los médicos que se encontraban frente a un caso de sida.

Esa información y el acercamiento al médico Claudio Ramírez, quien había estudiado una especialidad sobre Enfermedades Infecciosas en Chicago, lo convencieron de estudiar también esa rama. Se postuló para una beca en Alemania Occidental, en 1986. Un año más tarde, comenzaba estudios en la Free University of Berlin Rudolf Virchow Krankenhaus, en el servicio de la doctora Meta Alexander, de más 65 años.

La profesora Alexander, como Mejía la llamaba, se había formado sobre la marcha en todo lo relacionado a enfermedades infecciosas en los años de la post guerra. Había ayudado a personas enfermas en condiciones precarias en la época de la reconstrucción alemana. Conoció de cerca las epidemias de tifus, tifoidea y tuberculosis que casi diezmaron ese país europeo.

En los años ochenta, la doctora Alexander y médicos residentes de su servicio fueron los primeros en apoyar a pacientes con sida de una forma humana y solidaria. Mejía aprendió esa manera de tratar a los enfermos el tiempo que duraron sus estudios, de 1987 a 1989, pero también conoció de cerca los tratamientos más nuevos para abordar la enfermedad. Para ese momento, en Guatemala se habían diagnosticado 69 casos de VIH, 68 en estado avanzado.

 

Hacer equipo

Cuando volvió a Guatemala, Mejía había decidido que dedicaría su vida a enfrentar el VIH y a afrontar las consecuencias que esto le acarrearía y comenzó a participar en las reuniones de la Asociación Guatemalteca para la Prevención y Control del Sida (AGPCS). Ahí conoció al doctor Arathoon, quien se había especializado en la Universidad de Stanford, California, y trabajaba en el país desde 1987. Arathoon había fundado la Asociación de Salud Integral (ASI) y la Clínica Familiar Luis Ángel García, en 1988.

También conoció a Mark Cannally, Sandra Terraza y Ana María Taracena, quienes estaban por obtener el título de Químicas Biólogas. Terraza acompañaría a Mejía en las décadas siguientes y lo consideró siempre “un gran amigo”.

Hasta 1996, trabajó como voluntario en la Asociación. Hacían énfasis en los primeros estudios de prevalencia del país, con pacientes del Roosevelt y el General. En agosto de 1989, con el apoyo de la enfermera Raquel Tezahuic, comenzó a evaluar y dar seguimiento a los casos del Roosevelt, de forma más organizada. Aunque manual, llevaban una estadística al día de la situación de la enfermedad.

Pero, era en el Hospital General San Juan de Dios donde hacían las pruebas y esto dependía del envío del Western Blot a Costa Rica. A mediados de 1990, con la doctora Miriam Juárez, responsable del Banco de Sangre del Roosevelt, se implementó la prueba en ese centro asistencial. Aun contra la opinión de las autoridades de turno.

A partir de entonces, Mejía y su equipo que era muy pocos se dedicaron a una y mil tareas: eran consejeros, daban apoyo emocional a los enfermos, hacían visitas domiciliares, daban seguimiento a los pacientes hospitalizados, hacían las primeras publicaciones sobre el tema en el país y los certificados defunción en medio del rechazo del resto de médicos. “Nos discriminaban, decían que por qué hacíamos esto si no éramos seropositivos, que nadie iría a la clínica del doctor Mejía, que se quedaría sin pacientes en lo particular”, recuerda la seño Leti.

Hasta las asociaciones de especialistas les daban la espalda, si se trata de casos de sida, no les interesaban.

El doctor Arathoon todavía enfrenta ese prejuicio. Algunos, preguntan antes de entrar a su clínica si en la Sala de Espera se ha sentado un pacientes con VIH. “Siempre ha sido muy duro, hay mucho prejuicio”, advierte el especialista.

Contra todos

El ambiente no era el más propicio, pero aun así, Mejía consiguió rodearse de profesionales inquietos y comprometidos como él que lo acompañaron en los últimos 20 años. Les exigía estudios superiores y en algunos casos obtuvo becas en el extranjero para ellos, como una forma de garantizar atención
permanente a los pacientes.

Con especialistas como Mónica Silvestre, Vilma Cruz y seño Leti comenzó sus investigaciones científicas y proyectos para eliminar la transmisión del VIH madre-hijo y crear unidades integrales para los pacientes no solo en la capital sino en la provincia. Creía en la terapia temprana de antirretrovirales y en la importancia del tamizaje a mujeres embarazadas. Consiguió apoyo y medicamentos de organizaciones internacionales y soportó con paciencia algunas situaciones en que menospreciaron sus conocimientos.

Su legado son el equipo de profesionales que formó y que conocen qué debe hacer cada cual, explica Johanna Samayoa, infectóloga desde hace 18 años y coordinadora general de la Clínica. “Nos decía ya están grandecitos y sabemos que estamos preparados, pero aun así nos sentimos como esas aves recién nacidas que comienzan aprender a volar”, menciona la especialista.

“Nos toca volar solos ahora y como el doctor nos decía –Que la fuerza nos acompañe”, añade.

115 profesionales atienden hoy la Clínica de Enfermedades Infecciosas. Al día brindan consulta a entre noventa y cien personas con VIH y otras enfermedades. Hay infectólogos, psicólogos, trabajadores sociales, químicos biólogos, entre otros especialistas. Tal y como concibió el doctor Mejía la atención integral a las personas.

“Cuando era estudiante, el doctor Carlos Mejía nos hablaba de conocimiento y compromiso para atender a las pacientes. No podía ser uno sin el otro, había que amarrarlos”. Rodolfo Pinzón, infectólogo,  jefe interino de la Clínica.

“No estamos bien. Un rato lloramos, otro rato nos enojamos, y así es como pasamos el día. Todavía espero que me llamé a las seis de la mañana y me pregunte cómo amanecí y que sí lo puedo cubrir en alguna reunión”.
Johanna Samayoa, infectóloga.