Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Alegría y sufrimiento

Fecha de publicación: 11-06-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico Por: Edelberto Torres-Rivas
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Ocuparse del dolor ajeno solo se justifica si es parte del escenario argumentativo de ese personaje que define al guatemalteco como perdido en el humo de la melancolía. No es atinada la pregunta de una extraña encuesta que anduvo por allí y de cuyos resultados se interesa una ignorada escuela religiosa, que busca encontrar en la ciudadanía (¿mundial?) el grado de felicidad que disfrutó la gente durante el año. La calificamos como faltante de precisión porque una respuesta (o pregunta) abierta no basta para comprender la compleja existencia de la dicha o el malestar. En una sociedad tan conocida, como la guatemalteca, por sus dolorosos índices de pobreza extrema o por sus vergonzosos niveles de violencia, es difícil que un ciudadano común, que lleva una “vida promedio”, un mayor de edad, (por ejemplo) pueda sentirse satisfecho o tranquilo.

Los desencuentros se han aclarado para que la felicidad vuelva a su lugar. Esta fue una encuesta dirigida a un público especial, un grupo optimista con sus normas de premios y castigos. Las cifras fueron altas para Guatemala en el medidor de la alegría; muchos nos estamos preguntando sobre cómo se mide y se pesa la felicidad. O el dolor, que es lo que nos importa.

Guatemala es genéricamente, una sociedad de hombres y mujeres tristes, quizá solo en la vida pública, tal vez cambia en el seno de la comunidad. La guerra interna de la década de los setenta/ochenta, fue una sangrienta guerra ideológica (que puede ser, como los conflictos religiosos, extraordinariamente mortal), que provocó altas cotas de dolor. Hubo en Guatemala unos 50 mil desaparecidos, es decir, la trágica situación en que la víctima es un sujeto buscado que no está ni en casa ni en la cárcel. Esta condición se traslada a otra dicotomía: al juego trágico de vivo/muerto. Esto produce dolores y gestiones ante autoridades militares, mudas y mentirosas, que respetan el pacto de los asesinos con la muerte. Se conoce la ruta de sufrimiento, por eso se sabe que el método de la desaparición es el que pone a prueba la capacidad de soportar la persistencia del dolor.

La muerte en un conflicto político lleva a la muerte sin que haya de por medio la denuncia, del delito, la prueba, el juicio y la sentencia. Generalmente la “culpa” en lo ideológico se refiere a una manera de pensar, o es un aprendizaje para interpretar la vida, o un sitio de acción para cambiar el mundo. Esto fue lo que no entendió nunca doña Lupe cuando en el mar de llanto y quejas en que se transformó su existencia, se respondía a sí misma que su hijo no había hecho nada. En el conflicto ideológico no olvidemos que un libro es una prueba, o un discurso… En la lucha contra el comunismo, aquí en Guatemala, solo la muerte tuvo valor de castigo integral. De lejos, muchas veces vi la luz de su habitación donde sin duda lloraba.

Fueron millares de personas quienes creyeron que el castigo era un error, que la desaparición tardaría lo que tarda una investigación; el desaparecido no está muerto, pero se le sufre como si lo estuviera. Hablamos de sufrimiento porque en Guatemala hubo miles de muertos y desaparecidos y el dolor personal forma la parte subjetiva de la guerra. Según las circunstancias personales, cada muerto o desaparecido provoca un sufrimiento que no tiene equivalente. No es posible medir cuándo es mayor o menor, pero cuando llega, golpea el entendimiento. La primera reacción es como un flechazo de muchas puntas, que confunden cuando el ser querido desapareció. Sufrir para aliviar culpas. El dolor personal es como el efecto de un extraño disco oscuro que llevamos dentro, lleno de púas, y que produce dolor diferencialmente. A Félix lo cazó el Ejército, hacia junio de 1981, cuando realizaba un operativo de entrega de documentos. Murió silenciosamente, su familia no quiso hacer el escándalo, justamente porque así lo dicta la moral del desaparecido.

Hemos estudiado la violencia como fenómeno de la asimetría política, como manifestación de frustraciones colectivas. No hay ningún análisis satisfactorio sobre casos de dolor individual. Fue un proceso de deshumanización paulatina que afectó el ambiente sin remedio. Con frecuencia aparece, autoritaria, la pregunta que le quiere dar sentido al sufrimiento. Surgen muchas respuestas; en la ruleta muchos pierden. Para el dolor y el sufrimiento no hay respuesta. Pero ninguna persona pierde su dignidad por sufrir de alguna manera. Supongo que el dolor no se va. Deben ser muchos los compatriotas que por mil maneras también vieron a la madre llorando y esperando. Envejecidas por el dolor junto a la ventana con luz, el llanto, las quejas. El dolor íntimo afecta. Esta es una reflexión dedicada a tanta familia que está esperando.

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