domingo 28 mayo 2017
Domingo

La falta de sentido del orden neoliberal

Ilustración Jorge de León > El periódico Por: Jorge Mario Rodríguez Martínez

Una de las fallas de origen de la gobernanza neoliberal contemporánea, en la cual nuestro país participa siempre como un mediocre comparsa, lo constituye su profunda incomprensión de la condición humana. La ideología neoliberal, en efecto, ha mutilado las dimensiones del espíritu, hasta el punto de que el ser humano se reduce a un agente “racional” que reacciona a incentivos materialistas en un mundo en el cual es posible el crecimiento infinito, aun cuando los recursos sean finitos. Es tan irracional ese sistema de creencias, que solo puede imponerse a fuerza de repeticiones en un espacio público en el cual la ciudadanía, preocupada en la lucha cotidiana contra la precariedad, se convierte en consumidora de eslóganes vacíos.

Las políticas neoliberales, en efecto, solo ofrecen recetas para desastres humanitarios, puesto que solo toman en cuenta, dentro de un limitado sentido de futuro, los intereses de las élites económicas que se aprovechan de la corrupción del Estado. De este modo, las leyes emergentes de empleo no toman en cuenta la eventual robotización de la producción; los entusiastas promotores de ciertos monocultivos se niegan a aceptar que su beneficio se pagará a costa de la reducción del espacio vital de las futuras generaciones.

En realidad, a juzgar por la experiencia reciente, no debemos preocuparnos por el infierno social al que puede llevar tanta precariedad. Si seguimos las tendencias del poder punitivo tan en boga en nuestros días, todo se reduce a hacer más prisiones para encarcelar desde corruptos hasta todo tipo de jóvenes transgresores, pasando por funcionarios incapaces que se enfrentan, casi sin recursos, a problemas estructurales que vienen desde hace siglos.

Es claro, sin embargo, que las sociedades contemporáneas no saldrán de sus crisis si no abandonan sus opciones centrales, en particular un individualismo posesivo amarrado a un desarrollo tecnológico que amenaza con volver a los seres humanos cada vez menos necesarios.

Ahora bien, la primera objeción a planteamientos como estos es obvia: ¿cuáles son las alternativas al (des)orden neoliberal? Esta pregunta es válida siempre y cuando no se asuman, desde el principio prejuicios extendidos, especialmente en una sociedad tan conservadora como la nuestra. Cuando se buscan caminos alternativos en campos como el de la política y la economía debemos cuestionar esas creencias y presupuestos injustificados que impiden el diálogo abierto y profundo.

De este modo, para subrayar las carencias del neoliberalismo se necesita confrontarlo con otras opciones civilizatorias. Cuando se examinan las perspectivas indígenas, por ejemplo, se evidencia que no se debe vivir necesariamente bajo una relación de dominio total sobre la naturaleza que olvida, al final, que el ser humano también es parte de esta.

Se puede pensar, y a esto son muy proclives los sectores conservadores, que el mundo indígena no ha desarrollado una visión del mundo que puedan contraponerse al pensamiento occidental. Pero, en este punto, debe acentuarse que no se exige el abandono de la cultura occidental, auténtico mosaico civilizatorio. Lo que se debe enfatizar es que las perspectivas culturales indígenas no comparten las tendencias anómalas del desarrollo de la racionalidad capitalista moderna.

Lo que se debe cuestionar es la irracionalidad del mundo occidental, el cual ha perdido sus referentes de sentido. De este modo, cierto derrotero del pensamiento, al acomodarse a una lógica demostrativa, olvida que el ser humano necesita vivir en un mundo en el cual se respete la dignidad
humana en todo su plenitud.

No faltará quien diga que el pensamiento indígena es mítico. Sin embargo, esta es una de las objeciones más prejuiciosas. En realidad, al perder los esquemas míticos de sentido, la cultura occidental se queda sin nada, solo consigo misma, enredada en su deseo de evitar la muerte, aumentar la ganancia, demonizar al Otro. Alguna vez María Zambrano dijo que una cultura depende de la calidad de sus dioses. ¿Pero cuál le ha quedado a la cultura occidental sino el del sujeto auto interesado, que piensa que puede crear el mundo que desee solo con el uso de la tecnología adecuada?

Así, el ser humano no ha crecido a la altura de su poder técnico: es un bárbaro con un dedo en el botón nuclear. Puede incluso destruir su realidad, transformarse físicamente a sí mismo, pero sin tener un sentido que le marque un avance en el camino de su emancipación. ¿Por qué no se erradica el hambre cuando es posible hacerlo? Sigue siendo un dato que la tecnología puede llevar al desastre final, pero no permite construir un mundo justo.

Lamentablemente, cuando hablamos de nuestro país tenemos que bajar un par de gradas más en el nivel de irracionalidad que vive la generalidad del mundo. Este país, si quiere salir de la esperada catástrofe, debe pensar en las posibilidades de la argumentación intercultural, no solo nacional sino también regional y mundial.  Los caminos para escapar de la catástrofe anunciada solo se harán visibles cuando, examinando nuestra propia historia, descubramos las visiones mutiladas que nos han llevado al desastre. Si queremos reencontrar los sentidos positivos de la vida nacional, debemos reconocer la riqueza de ideas que
circulan en nuestro sentir profundo.