Martes 19 DE Febrero DE 2019
Domingo

Los hombres que conocen la profundidad de las alcantarillas

Son alegres, sencillos, rudos y rivales. Los que nacieron en el campo son afables y espontáneos, directos. Los de la ciudad, son tímidos y desconfiados. La mayoría estudió la primaria, otros ni por asomo conocieron la escuela. Su trabajo lo codician pocos, podría decirse que casi nadie. Es insalubre y ¿repugnante? Sí, repugnante, muy repugnante. La expectativa gana cada día, cuando la pesada tapa de concreto revela un mundo subterráneo, el del tragante y sus desechos misteriosos.

Fecha de publicación: 21-05-17
Fotografías de José luis Pos > elPeriódico Por: Claudia Méndez Villaseñor cmendezv@elperiodico.com.gt
Más noticias que te pueden interesar

Trabajan en parejas y en el caos citadino pasan inadvertidos entre el paso de los automóviles y los peatones. Un cono verde y una camisa, con el color característico de la Municipalidad de Guatemala, son lo único que los protege de un vecino malhumorado o un conductor agresivo. Pero, ni así pierden la calma. Las alcantarillas de la ciudad deben quedar limpias, mejor si es antes de que llueva.

El grupo responsable de esta tarea evita en el invierno, mayores inundaciones en la urbe. Porque no se trata del mal funcionamiento de la alcantarilla o que el sistema esté colapsado. Es más simple: un tragante al tope de residuos es incapaz de captar agua.

La siguiente crónica intenta recrear un día de trabajo de 39 trabajadores, “Los Hombres Felices”, que sin inmutarse enfrentan la inmundicia, la peste y el deterioro y le sacan partido.

La jornada comienza en el predio que ocupa la maquinaria municipal, en el Anillo Periférico, antes de las 6:00 horas. Los 39 hombres que integran las cuatro cuadrillas del Programa de Limpieza de la Dirección de Obras, llegan al sitio y se preparan. La tarea es ardua y necesitan comida y agua. Comparten entre ellos, pollo frito, chuchitos, panes con frijoles, pedazos de carne, huevos y chiles rellenos. Lo que sobra es para la perra casi ciega que fue rescatada en calles cercanas.

Nada se pierde en el predio. Los huesos, los mendrugos de pan y otras menudencias terminan en el estómago de la mascota, que por cierto no responde a ningún nombre. A nadie se le ha ocurrido bautizarla.

Comen parados, sentados en unas bancas o cerca de los camiones, que en breve los trasladarán al sitio de trabajo, y la plática, en la que no faltan las risas, inunda el predio. El ingeniero Sergio de la Roca, responsable del programa, apenas puede escuchar su propia voz entre el bullicio, mientras programa los sectores que ese día atenderán las cuadrillas.

 

Un trabajador utiliza una cubeta para retirar basura del fondo de un tragante. Otro la recibe en la calle.

Cuando termina el desayuno, algunos llenan botellas vacías de plástico con el agua del chorro de una pila antigua. El líquido tiene dos funciones: refrescar y limpiar, indispensables durante el día.

Una hora más tarde, las conversaciones han cambiado de tono, dos grupos de nueve y otro de 18 ocupan la palangana de volteo de tres camiones, uno conocido como “la lancha” (porque es el más grande) y esperan a que el conductor arranque motores. Es hora de marcharse.

De la Roca organiza las cuadrillas de acuerdo con las necesidades de las alcaldías auxiliares que funcionan en cada zona de la capital. Hay prioridades, dice. Algunos tragantes, además, sirven de basureros o de botaderos clandestinos, son estos los primeros que hay que atender. En otros sectores además hay que cambiar tapaderas, unas sólidas estructuras de concreto de 1 por 0.90 metros, con un peso de 400 libras. Cuesta creer que algo tan macizo pueda partirse en dos, pero sucede.

El jefe de las cuadrillas ha dispuesto el horario, en conjunto el grupo tendría que limpiar unos 72 tragantes en el día (18 por grupo). Pero a veces, el trabajo abunda y son más, hasta 40 y 60. Al mes, en promedio, consiguen limpiar entre 1,440 y 1,600 alcantarillas, de las 43 mil que hay en la capital.

De la Roca reconoce que no todas son atendidas, en el año consiguen limpiarse unos 20 mil. En el caso de colonias privadas, la mayoría, cuenta con personal que proporciona este servicio y las mantienen limpias.

En el campo

Una de las brigadas fue enviada a cubrir un sector de la zona 8, comprendido entre la 7a. avenida (“La Santa Cecilia”) y la 39 avenida (Atanasio Tzul) de la 39 a la 26 calle. En cada esquina hay un tragante y dos tapaderas deben ser reemplazadas.

El camión lo conduce Inés Silvestre, un trabajador de 65 años que cumple 50 de trabajar en la Municipalidad el 10 de mayo de 2018. Aunque no es el jefe del grupo es quien lo dirige, por una sencilla razón: el camión se mueve mientras el día avanza, y revela a los trabajadores el correr de las horas. Mientras más se acerca a ellos, más pronto está por terminar la jornada.

Cuando llegan a la 7a. avenida y 39 calle de la zona 8, bajan los nueve del automotor y colocan en fila, sobre la banqueta, el equipo de limpieza de cada uno: una cubeta (adentro va un par de botas de hule), una piocha, una barreta y una perforadora de jardín (una herramienta que permite abrir agujeros en la tierra de manera fácil por parecer una enorme tenaza). En la esquina el camión los espera, porque justo allí hay que cambiar una tapadera.

Es evidente la escasa solidaridad y empatía de los conductores que transitan por la zona. Cuando los hombres se agrupan frente al camión y con los brazos alzados, empiezan a recibir el pesado bloque de concreto, los automovilistas bocinan y aceleran impacientes, algunos con imprudencia pasan cerca de la brigada que en sus cabezas cargan la pesada estructura. Uno recibe mal la pieza y se lastima un dedo. No es momento de quejarse, solo hasta cuando la tapa ha sido colocada en su lugar.

La herida está abierta y la enseña a los demás. Miran el dedo en carne viva del compañero y nada dicen. Se organizan en parejas y cada una se dirige a un tragante. Es así como el grupo se dispersa y desaparece por las calles.

En las primeras dos alcantarillas, de 1.50 metros de profundidad, los trabajadores encuentran papeles, bolsas de frituras, hojas secas y agua estancada, pero en la tercera, Gilberto Xajap, de 47 años, y Pantaleón Hernández, de 58, hacen una maniobra inesperada.

Ese tragante es más profundo, como 2.50 metros, “pero hay otros más profundos de 3 y 5 metros”, menciona Hernández. Toma la barreta y la coloca en medio de la apertura y amarra una soga plástica para descender al centro del tragante lleno de botellas plásticas, bolsas, papeles y agua estancada.

En el cuarto tragante hay tierra y en el quinto desechos orgánicos. Tres mendigos en estado de ebriedad animan a los trabajadores, cerca de ellos hay costales de basura y ripio.

Complicaciones

Cada pareja de trabajadores al concluir la limpieza de una fosa continua con la siguiente, pareciera que unos son más activos que otros, pero todo depende del tragante. Herberth Xuyá, de 22 años, y Martín Rosales, de 52, por ejemplo, observan, sin quitar la tapa, el sexto tragante y reconocen que el trabajo será complicado. Desde la rejilla resulta evidente que la alcantarilla está atascada, pero no de basura, sino de bolsas negras.

Con la perforadora de jardín que usan como pinzas enormes sacan los primeros bultos. Los rompen y encuentran ropa, en otras hay basura de todo tipo. Siguen con la limpieza y hay más sacos, pero ahora con residuos de piedrín, block y ripio. El tragante fue utilizado para desechar material de construcción. Xuyá y Hernández tardaron cerca de 25 minutos en terminar la labor.

Las siguientes alcantarillas, de la siete a la 11, tienen botellas plásticas, vidrio, piezas de vehículos y agua sucia mezclada con grasa para motor debido a la cercanía de talleres mecánicos. Cientos de hormigas se dispersan, cuando resulta necesario destruir el hormiguero por el bien del tragante.

Alguien avisa que son las nueve en punto. Es momento de refaccionar. En lo más limpio de las aceras, o cerca de su tragante, cada uno saca de un morral o de una bolsa de mercado lo que le toca comer. Utilizan las botellas de agua que llenaron en el predio para lavarse las manos y disfrutan el momento. Refrescos de cola, unas frituras, panes con frijoles o lo que pueden comer en esos 15 o 20 minutos de relativo descanso.

El tiempo corre rápido y, de nuevo, los pares regresan a concluir los pendientes. Xuyá y Hernández siguen con lo suyo y los otros avanzan a los tragantes, 12, 13 y 14. En esas alcantarillas, al tope de basura de frituras, botellas y agua con grasa, el trabajo se hace sin dificultades. En el tragante 15, aparece un cuchillo y en el 16 un smartphone. El que se lastimó el dedo más temprano, toma el aparato, que quién sabrá cuánto tiempo ha estado sumergido en ese licuado de agua con lodo y grasa y lo limpia cuidadoso. Su compañero lo observa y los otros, saben que algo valioso ha salido de las entrañas de la alcantarilla.

El grupo se divide en parejas y cada una es responsable de que las alcantarillas queden lo más limpias posibles.

Le quita el agua sobrante y lo limpia con las manos, ninguno dice nada, aunque esperan que por alguna razón, el celular funcione. Siguen con los tragantes 16, 17, 18, 19, 20 y el panorama es similar, desechos sólidos ocupan la profundidad del tragante. El celular es objeto de curiosidad y se juntan a platicar del aparato por algunos momentos.

En el 21, los residuos están llenos de cucarachas, unos insectos enormes corren entre las piochas y las cubetas. Igual ocurre con las alcantarillas 22, 23, 24, 25 26 y 27.

La cuadrilla hasta entonces ha terminado de limpiar el sistema de alcantarillado de la 39 y 37 calle. Caminan hacia la 36 calle, y allí comienza a notarse el deterioro urbano. El tragante 28 anuncia la situación que el grupo va a enfrentar hasta el final de la tarde. Esa alcantarilla, está al tope de basura, ripio, ropa y cualquier otro material. “La fortuna” tocó a Xuyá y Hernández y son quienes deben dejarlo limpio. El 29, no puede limpiarse debido a un picop estacionado y en el 30 hubo que romper la tapadera que había sido sellada con cemento, antes de comenzar la limpieza a profundidad, a cargo de Gilberto y Pantaleón. “Es la suerte”, menciona el trabajador.

Completar el trabajo en estas dos alcantarillas llevó más de una hora a los equipos. Los otros cuatro comienzan a trabajar, en los tragantes 30, 31, 32 y 33

Para entonces, es la una de la tarde, el momento del almuerzo. Dejan lo que hacen y el grupo se relaja y busca en los alrededores, una tienda, una tortillería o alguna venta de comida que satisfaga algún antojo. En esa hora, parece como si se esfumaran. Vuelven a las 14:00 horas en punto a continuar la faena. El camión de don Inés está cerca. El equipo apura el paso porque en una hora se ha previsto el final de la jornada.

Concluyen de limpiar las alcantarillas 34, 35 y 36 y se encaminan a la 36 calle “A”. Las banquetas del área están cubiertas de basura, excrementos humanos y de perros y automóviles abandonados, cuando la brigada comienza a abrir las tapaderas el olor fétido inunda el ambiente. Cuesta trabajo limpiar los tragantes 37, 38, 39, 40, 41 y 42.

Cientos de cucarachas caminan en la calle y son aplastadas entre exclamaciones nerviosas que emulan gritos femeninos. Luego las risotadas. La limpieza de las fosas de las últimas tres alcantarillas queda pendiente, porque don Inés avisa que es hora de ir a tirar la montaña de basura recolectada en el día.

Los nueve suben a la palangana del camión junto a la carga fétida, pero nadie se queja y se dirigen al vertedero de la zona 3.

Acicalados

Acostumbrados al nauseabundo olor del botadero, el grupo comienza a retirar del camión la basura de los tragantes. En las montañas de residuos, los perros juegan entusiasmados y otros duermen profundo, como si descansaran en la cama más cómoda del mercado. Hay cientos de personas y aves de rapiña del tamaño de un niño.

Los tres camiones verdes están estacionados frente a uno de los barrancos del vertedero y los 39 hombres se saludan y comienzan las bromas mientras se limpian y cambian de ropa. Utilizan la poca agua que les queda en las botellas y las risas acompañan el paso de los recolectores. En limpiar el camión y acicalarse ha pasado por lo menos una hora. Cambiados suben de nuevo al vehículo y se dirigen al predio, en el Anillo Periférico. La jornada ha terminado. Al día siguiente serán enviados a nuevos sectores o terminar el trabajo pendiente. La profundidad de los tragantes los espera. ¿Qué guardan? Mañana sabrán.

Granadas y miembros humanos
Basura, tierra o ropa son parte de la cotidianidad de las cuadrillas. Macizos bloques de concreto, llantas, colchones, animales muertos, vidrios también les resultan familiares. Pero, para lo que no están preparadas las brigadas es para encontrar cabezas o partes de miembros humanos, como pasó a los grupos que limpiaban alcantarillas de la zona 11 o granadas y municiones de armas de fuego de alto calibre, en los tragantes de las colonias Landívar y la Verbena, zona 7. “Claro que nos asustamos”, confiesan en grupo, “imagine que le demos con la piocha a la granada, explotamos todos”. Resulta curioso en estos casos que, tras denunciar los hallazgos al Ministerio Público, las investigaciones se centraron en los trabajadores.

Otros frentes

La limpieza de tragantes también involucra a otras dependencias de la Municipalidad de Guatemala. Los 850 trabajadores del Programa Limpia y Verde efectúan limpieza y revisiones preventivas en la semana. Una limpieza profunda se programa cuatro veces al año.

Asimismo, el personal de la Empresa Municipal de Agua (Empagua) utiliza un equipo especializado conocido como “vactor” cuando resulta complicado el mantenimiento de la alcantarilla. De enero a la fecha, el “vactor” ha limpiado 238 tragantes problemáticos. Al mes, son unos 60 tragantes los que requieren este tipo de intervención.

“Los tragantes no son basureros, ni nosotros recolectores de basura. Las personas deben ser más conscientes y ubicar sus bolsas en los lugares adecuados. Porque nosotros los limpiamos y regresamos a los tres días y, otra vez, están llenos. Esto es algo que siempre he querido decir”.

Rubencio Quintana, de la brigada de Limpieza, de la Dirección de Obras.

Atención médica
> Las cuadrillas carecen de un seguro de salud y deben costear de su bolsillo los gastos médicos en que incurren. La Dirección de Salud de la Municipalidad de Guatemala efectuará evaluaciones médicas a los trabajadores con el propósito de administrarles desparasitantes y vacunas contra la hepatitis A, entre otras medidas sanitarias.

116 camionadas
equivalentes a 1,440 metros cúbicos de basura y otros desechos sólidos salen de los tragantes cada mes.

Etiquetas: