Viernes 24 DE Noviembre DE 2017
Domingo

La tarea de construir un Estado humano

Fecha de publicación: 14-05-17
Ilustración Jorge de León > El periódico Por: Jorge Mario Rodríguez Martínez
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Hemos pasado muchos meses presenciando una inédita lucha contra la corrupción política. Y mientras se toma conciencia de que dicha empresa solo puede coronarse con éxito si se alcanza a cruciales núcleos de poder económico, nos percatamos de que la transparencia es un ideal político limitado. La situación se torna angustiante cuando, en medio de la desesperación que provoca una administración gubernamental que desperdicia un valioso tiempo político, caemos en la cuenta de que carecemos de los mapas de pensamiento para construir un país en el que las nuevas generaciones sean capaces de alcanzar una vida digna.

Para comprender la situación guatemalteca, y en realidad la de muchas naciones latinoamericanas, debemos comprender que extirpar el sistema público-privado que atenaza al Estado no garantiza un orden social que asegure el bien común. La verdad es que la estructura misma del sistema sociopolítico que se pretende salvar, ya no puede responder a los desafíos que plantea un orden global que ha perdido todo sentido de respeto por la vida humana. Las dificultades se acrecientan en la medida en que las decisiones acerca de nuestro destino como país se sitúan en centros de poder internacionales atrapados ellos mismos en una globalización que naufraga.

Ahora bien, este hecho no debe conducirnos a pensar que nos tenemos que quedar de brazos cruzados. La profunda crisis no debe llevarnos al miedo que paraliza al pensamiento. Hoy más que nunca precisamos de ejercicios analíticos profundos, que en la medida de lo posible aprovechen los cauces reflexivos que se han ido abriendo en nuestro medio. Ejemplos de dichas instancias de reflexión son los múltiples posgrados que ofrece las universidades nacionales, especialmente la Universidad de San Carlos, la cual tiene la misión constitucional de contribuir a resolver los problemas del país.

Las consecuencias negativas de la falta histórica de reflexión en nuestro país son inocultables. Una de estas repercusiones es la gestación de un inmenso abismo entre lo que pensamos que somos y lo que somos en realidad. Solo la tarea de pensarnos con honestidad –empresa bloqueada por una oligarquía miope– hace patente que esa entidad que llamamos Estado nacional no ha sido capaz de garantizar un sentido mínimo de vida y en algún sentido, se han convertido en una maquinaria gestora de la muerte. Este es, en realidad, un hecho regional que resalta el periodista británico Ioan Grillo cuando constata que ocho de los diez países más violentos del mundo se encuentran en América Latina y que 43 de las 50 ciudades más violentas del mundo se encuentra en nuestros territorios.

Desde mi punto de vista, la reflexión ciudadana debe considerar el hecho que los modelos políticos occidentales, en la medida en que no superan su estrecho individualismo, no serán capaces de responder a los múltiples desafíos que implica la interminable agonía del capitalismo depredador. Diga lo que se diga, el impulso de la avaricia, constitutivo de la democracia capitalista, ya no puede evitar el eventual colapso climático, la creciente amenaza del terrorismo, el imparable desarrollo de la delincuencia, el agotamiento del agua y otros recursos naturales así como la creciente desigualdad económica.

En ese sentido, parte del problema consiste en que no hemos reflexionado suficientemente sobre las posibilidades políticas presentes en nuestra accidentada historia. No estamos conscientes de que existen alternativas al desorden nacional y regional. Decía el teórico de la esperanza Ernst Bloch que “pensar significa traspasar”. Reflexionar, pues, implica superar lo vigente, esa realidad irracional que nos atrapa. Para identificar los nuevos horizontes de la vida en común no se precisa de una instancia conceptual alejada de la vida histórica. En ese sentido, el mismo Bloch reconocía también que en “nosotros se esconde lo que se puede llegar a ser”.

Soy del parecer que para identificar el futuro debemos acudir a esas visiones comunitarias de vida que quedaron abandonadas en ese cruce de caminos en que nuestros países se encarrilaron en ese proceso de creación de un Estado excluyente. El propósito es humilde, pero fundamental: frente a la política de la muerte de la globalización la tarea no es crear una riqueza mal distribuida, sino crear ese Estado racional y comunitario, capaz de honrar lo que Epicuro llamaba el grito de la carne: no tener sed, ni hambre ni frío.

Ese profundo comunitarismo se encuentra en corrientes profundas de nuestra historia –no solo en las perspectivas indígenas sino también en las que posturas desarrolladas por el pensamiento occidental de naturaleza crítica. Estas visiones pueden fundamentar perspectivas institucionales, económicas y sociales que, movilizadas en eventuales momentos constitucionales, puedan garantizar el Estado humano que merecen los seres humanos en virtud de su dignidad.

Los grupos que ahora mantienen el poder político y económico tienen que comprender que cerrar el futuro de esta nación terminará por ahogarlos a ellos mismos y a sus propios descendientes que, a no dudarlo, merecen un mejor país. Estos sectores deben entender, por muy difícil que esto sea, que sus privilegios van en contra del Estado que todos necesitamos. Después de todo, un país humano no permitirá que sus miembros sean esclavos de los intereses de ningún grupo.