Jueves 23 DE Noviembre DE 2017
Domingo

La oscuridad antes del Hogar Seguro

Llegar al Hogar Seguro Virgen de la Asunción fue el último círculo del infierno que tuvo que soportar Mónica*, una niña de 14 años que vivió en la institución por nueve meses, antes de que el lugar se incendiara y matara a 41 adolescentes. Esta es la historia de Mónica antes de llegar al refugio, un relato que cuenta la penumbra de una niñez destrozada por el abandono, la violencia y los abusos sexuales.

Fecha de publicación: 14-05-17
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Pavel Gerardo Vega[email protected] –Finalizaba enero y así también finalizaba el tormento de Mónica en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Fueron 45 días los que la salvaron de morir quemada en el incendio, ocurrido el 8 de marzo pasado, en el que fallecieron 41 de sus compañeras. Esto, luego de que agentes de la Policía Nacional Civil las retuvieran en un aula para contener una revuelta, que el día anterior habían organizado más de un centenar de internos que reclamaban por los maltratos y desmanes en la institución.

Ella llegó a principios de mayo del año pasado, luego de tres años de una batalla legal para buscarle un mejor sitio donde vivir. Antes de eso, Mónica había pasado por tres viviendas distintas: la casa de su madre, la de su abuela y un hogar de refugio privado. El ir y venir de la adolescente había generado una personalidad antisocial que sumado a su leve retraso mental explotó con ideas suicidas y homicidas. Su estadía en el hogar estatal no fue una solución, sino un agravante de la soledad, el abandono y la precariedad.

El hogar que no fue

Era el 2002, Patricia* regresaba de los Estados Unidos luego de haber trabajado allá por varios años, en búsqueda de mejores ingresos que los que le podía ofrecer Guatemala. Regresaba para encontrarse con la noticia de que su hijo, un adolescente de 18 años, había embarazado a otra adolescente de la misma edad. Rony*, el hijo de Patricia, también padece de un retraso mental leve que no le permite responsabilizarse plenamente de sus decisiones.

Fue Sandra*, la madre de Rosaura*, la pareja de Rony, quien platicó con Patricia al respecto de la situación que enfrentaban ambas familias. Ella le contó la noticia y le solicitó con énfasis que los recibiera en su casa, además, le advirtió que la pareja debía comprometerse para contraer matrimonio. Patricia, por el impacto de las circunstancias, se negó a ambas peticiones.

Sandra se encargó, entonces, de brindarles un techo a Rosaura, Rony y a su nieta. Tres años después, nació David*, el segundo hijo de Rosaura, sin la certeza de la paternidad de Rony.

Pasaron cinco años más. Una tarde, Rosaura llegó a la casa de Patricia para llegar a un acuerdo. Ella se encargaría de los niños de lunes a viernes, y la abuela se los quedaría los fines de semana. La justificación: un nuevo empleo en una fábrica de pasta dental.

El primer fin de semana que la abuela Patricia tuvo a los niños en su hogar, percibió que no se habían bañado ni llevaban ropa limpia. Así que los llevó a la ducha y les dio nueva vestimenta.

Mientras la abuela enjabonaba a David, le ofreció un poco de champú para que se lo aplicara en el cabello. El pequeño la cuestionó sobre el producto que ella le había depositado en la palma de la mano, no sabía qué era el champú ni cómo aplicarlo. Patricia, sorprendida, le explicó y le ayudó a ponerlo. Supo que en casa de su madre no se bañaban regularmente y, cuando lo hacían, se limpiaban con detergente.

Por las pláticas con ellos, la abuela descubrió, además, que los niños dormían en viviendas distintas durante la semana. Incluso le contaron que la noche anterior habían dormido en la casa de unos amigos de su madre que eran mareros. La reacción inmediata de Patricia fue alarmarse, pero lo consultó con su familia y decidió llevarlos la tarde del domingo a la Procuraduría General de la Nación, en donde la escucharon y le pidieron que no le entregara los niños a Rosaura, hasta que ella se presentara al día siguiente para saber qué decidirían.

El lunes todos se presentaron para saber la decisión. Rosaura llegó, habló con una funcionaria de la PGN por unos minutos y se decidió que volverían con ella. Cuando la abuela preocupada reclamó, la funcionaria le dijo: “Sus nietos solo están en peligro, pero, aún no han sido violados. Se van a ir con su mamá porque ella dice que va a cambiar”. Una respuesta que impactó a Patricia.

Pasó un año sin que los niños tuvieran contacto con su familia paterna, hasta que la abuela solicitó, por medio de la hermana de Rosaura, una cita con ella. Le hizo otra propuesta, los niños podían quedarse con ella durante la semana y por el fin de semana regresar a su casa. Esto porque no estaban estudiando. Rosaura aceptó y así comenzó otra etapa de la tutoría de los niños.

La invasión del cuerpo

En enero de 2014, ambos regresaron a estudiar, pero al poco tiempo la abuela descubrió las atrocidades que les sucedían los fines de semana.

El 12 de mayo, dos días después de haber celebrado con Rosaura el Día de la Madre, los niños regresaron con su abuela. Mientras Patricia preparaba la cena en la cocina, envió a los niños a que se bañaran. Era la primera vez que lo hacían solos. Primero entró David y, cuando fue el turno de Mónica, la abuela se percató de que se tardaba más tiempo de lo normal. Cuando subió para ver qué sucedía, descubrió un charco de agua y se dio cuenta de que la niña había dejado la cortina abierta. Se acercó para cerrarla y notó que Mónica tenía heridas en el pecho. Cuando la cuestionó sobre qué le había sucedido, ella confesó que alguien había abusado de ella.

Había sido la pareja de Rosaura, le dijo David a la abuela.

“Me tocaba y me besaba. Me ponía su parte en mi parte. Me obligaba. Me dolía”, cuenta Mónica con un tono de lamento y de enojo.

Eran abusos constantes y su madre lo sabía. Incluso, a veces, hasta observaba desde un cuarto contiguo, junto a David, dice.

Fue la segunda ocasión en que Patricia puso una denuncia y, esta vez, la PGN sí la ayudó. Le dieron la custodia total de los niños. Pero, las historias de lo que había sucedido antes empeoraban con el paso del tiempo.

Rosaura trabajaba como bailarina en un club nocturno, a donde los hombres llegan en busca de sexo ocasional. Mónica cuenta que su madre los llevó varias noches al lugar y permanecían ahí por largas horas.

“Me daba miedo, yo le preguntaba a mi mamá qué era eso, pero no me decía”, recuerda.

El impacto de ver a su madre bailar desnuda para hombres desconocidos que tomaban alrededor de una tarima, ya era bastante para una niña de 11 años. Pero, darse cuenta de que su madre la podía vender para beneficiarse económicamente, fue una revelación brutal para ella.

Así fue. Una noche un hombre se acercó y le preguntó a Rosaura si podía llevarse a la niña. La mujer aceptó el trato por dinero, relata Mónica.

El hombre tomó del brazo a Mónica y se la llevó obligada a uno de los cuartos del segundo nivel del club. Ante la violación inminente, la niña lloró de dolor y de miedo.

El hombre le dio Q100 a Rosaura como pago. La mujer tomó el billete y se lo dio a David. “Andá a comprar comida”, le ordenó. El niño rompió el billete y lo tiró al piso. “No voy a comprar nada con el dinero que haya hecho sufrir a mi hermana”, le gritó a su madre. “Entonces no comemos”, respondió ella.

La ira

Meses después de que la abuela había obtenido la custodia completa de ambos, todo se complicó. Querían volver a vivir con su madre. No les gustaba bañarse ni estudiar. No
lograban adaptarse, cuenta Patricia.

Fue en enero de 2015, cuando ella decidió buscar ayuda en un colegio internado, pero cuando el juzgado que llevaba el proceso se enteró, ordenó que la abuela no era capaz de mantenerlos y los envió a un hogar de refugio privado en donde permanecieron por tres meses. En ese hogar no hubo malos tratos, devolver a los niños con su abuela se decidió por la solicitud de los propios pequeños.

Pero, pocas semanas después de regresar, la situación se complicó aún más.

David adoptó una conducta destructiva. Todo lo rompía, los sillones, el televisor, los adornos. Mónica se tornó rebelde. Los gritos a la abuela eran constantes, y su hermano menor la imitaba. Fue casi un año de un
comportamiento inestable.

Incluso, cuenta Patricia, Mónica comenzó a expresarse sobre ideas suicidas que le hacían hasta pedirle a su abuela que la matara. Luego, vinieron las expresiones de odio hacia su madre y su conviviente. “Un día voy a ir por donde ella vive, voy a esperar a que intente cruzar la calle y la voy a empujar”, le advirtió a la abuela sobre el deseo de asesinar a Rosaura.

Eran ya episodios psicóticos incontrolables. La terapista que la trataba, le advirtió a Patricia que se cuidara porque la podría confundir con Rosaura.

La situación se agravó. Por el proceso en el juzgado de familia, todos los meses visitaban a una trabajadora social. En una ocasión, cuando platicó con Mónica, le aconsejó: “Lo peor que les puede pasar es que se los lleven a las casas hogares del Estado. Ahí violan a las niñas, ahí las tatúan, las tratan mal. Portate mejor”.

“Yo no voy a cambiar, que me lleven a donde quieran”, respondió ella.

La soledad

Debido al comportamiento que se acentuaba, la jueza decidió que los niños se separaran porque Mónica estaba siendo mala influencia para David y la abuela ya no podía con ellos. Ordenó entonces que buscaran hogares para ambos y prohibió las visitas. En principio, no le anunciaron a Patricia dónde estarían los niños, pero ocho días después de la decisión, el secretario del juzgado le informó que David había ido a un centro privado muy bueno.

Cuando preguntó por Mónica, el secretario cambió la mirada al ver la computadora. “No pudo haber lugar peor que a donde se llevaron a la nena. Está en una casa hogar en San José Pinula. Luche por sacar a su nieta de ahí”, le recomendó preocupado.

Mónica estuvo en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción desde mayo de 2016 hasta enero de 2017. Fue la lucha constante de su abuela la que evitó que muriera o fuera herida en el incendio de hace dos meses, en el que murieron algunas de sus compañeras.

Durante su estadía en el hogar seguro, Mónica tuvo experiencias de abusos de los monitores. Cuenta que las bañaban en la madrugada con agua fría en las pilas. Cuando las castigaban, el reto era limpiar los módulos una y otra vez, mientras les gritaban. A quienes escapaban y volvían, las golpeaban con escobas en la espalda, mientras las otras internas las observaban.

En su mano izquierda tiene un tatuaje con la inicial de su nombre. Dice que se lo hizo con la ayuda de una amiga y para marcarlo utilizaron una cercha y tinta de lapicero. “Lo hice porque estaba enojada, estaba triste”, cuenta.

A Mónica le esperan varias audiencias para determinar si permanece con su abuela o es internada en un hogar estatal o privado nuevamente. En agosto se definirá quién será el encargado de protegerla.

Desde que salió, Mónica mantuvo un comportamiento estable, hasta que hace dos semanas volvió a los pensamientos suicidas y homicidas. “A veces me dan ganas de matarme porque estoy enojada o triste”, acepta.

¿Qué querés que pase con el novio de tu mamá?

Quiero que lo metan preso por lo que me hizo.

¿Y a tu mamá?

También, porque no hizo nada.

El hombre que violó a Mónica en la cama de su madre fue capturado en septiembre de 2016, pero salió libre meses después por falta de pruebas. Al momento del proceso, Mónica vivía en el Hogar seguro. Encerrada dentro de ese gran complejo que debía protegerla y ayudarla a rehabilitarse, pero que solo le dejó más desolación.

*Nombres ficticios.