Sábado 24 DE Agosto DE 2019
Domingo

René Poitevin, el sociólogo

Fecha de publicación: 07-05-17
Ilustración Jorge Antonio de León > El periódico
Por: Manolo E. Vela Castañeda - manolo.vela@ibero.mx

“¿Y Usted cree que eso es investigable, y publicable?”, esas fueron las primeras palabras del Doctor Poitevin para mí. Me recibió en su oficina de Flacso, sentado en unos sillones de cuerina oscura, comprados en las ventas de muebles de la avenida Bolívar. Yo le había propuesto publicar un Diálogo, la revista que mes a mes era editada desde aquella sede académica. Entre el ruido del tráfico de la 5a. avenida y 6a. calle de la zona 9 conversamos brevemente. René no miraba a las personas, las examinaba. Miraba de frente, y parecía que entrecerraba los ojos, escudriñando, como si al entrecerrar los ojos pudiera agudizar algún sentido para penetrar en el alma de su interlocutor. Eso fue en 1999. Y aquel intercambio fue el inicio de una relación que iba a extenderse por varios años.

René es parte de la generación de los fundadores, el grupo de intelectuales que institucionalizaron las Ciencias Sociales en Guatemala, ese oficio de pensar y explicar lo que pasa en la sociedad.

De él aprendí que lo nuestro –hacer Ciencias Sociales– es un oficio, y no una profesión, porque en las profesiones basta con el título para desempeñarse; mientras que lo nuestro es aprender de otros, los maestros, como en un taller de carpintería, para luego, con los años, estar en condiciones de ensayar, investigar, publicar, decir con propiedad, explicar por qué pasa lo que pasa.

Hacia 2002, le recuerdo como profesor de un curso de Teoría del Estado en la Maestría en políticas públicas de la Universidad Rafael Landívar. Y, como entre gitanos no nos leemos las manos, yo aprecié aquellas sesiones con René, porque era evidente que él había preparado sus clases con verdadero afán.

René no se cansó de hacer instituciones: la carrera de Sociología en la Escuela de Ciencia Política, y la carrera de Antropología en la Escuela de Historia, ambas de la Universidad de San Carlos, donde también dirigió la revista Política y Sociedad; el postgrado latinoamericano de Trabajo Social en la UNAH (Universidad Nacional Autónoma de Honduras), el postgrado en Integración económica centroamericana, en Flacso Costa Rica, la Cinemateca universitaria, la sede académica de Flacso en Guatemala, el Proceso de reforma a los planes de estudio y el Proceso de acreditación de todas las carreras en la Universidad Rafael Landívar.

Antes de hacer lo que realmente le gustaba, hacer ciencias sociales, tuvo que dar un rodeo: se hizo estudiante de Derecho en la Universidad de San Carlos; porque en aquel tiempo en Guatemala no había licenciaturas en Ciencias Sociales. Y de allí salió a hacer el doctorado en Sociología a París.

René, un caballero como pocos, fue un académico. Nunca jugó a la política. Creía en la política, pero aborrecía a aquellos que –sin escrúpulos– se lanzaban a buscar el poder. Rechazó posiciones que le ofrecieron aquí y allá, embajadas. Lo suyo era la ciencia. Aunque se identificó con los reclamos de la izquierda, nunca estuvo dispuesto a sacrificar su autonomía, encasillarse.

Y a pesar de su equidistancia para con los grupos políticos, en 1980 tuvo que exiliarse. Pasó cinco años en Berlín, Tegucigalpa, y San José. En Berlín hizo una estancia en el Instituto de Estudios Latinoamericanos; en Honduras, fue parte de la UNAH (Universidad Nacional Autónoma de Honduras); y en Costa Rica se asoció a Flacso.

Pero René también fue hijo, papá y esposo.

Su papá fue el Doctor Emilio Poitevin, un médico de los de antes, con un afinado criterio clínico, a quienes les daba pena cobrar a sus pacientes. Él fundó el Hospital Hermano Pedro y daba consulta todos los días en la casa de salud de la Casa Central, donde no recibía los 0.25 centavos. Fue ministro de Salud, presidente de la Cruz Roja y director del IGSS (el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social). Su mamá, doña Elvira Dardón, era una mujer reservada y conservadora.

Su esposa, Eugenia, recuerda que él era el que seleccionaba la música que escuchaban en la casa, especialmente para las comidas. De cómo meses después de que él ya no estaba seguía escuchando los mismos CD: los Cinco conciertos para piano de Beethoven, interpretados por Alfred Brendel. El de Eugenia y René es de esos amores que empezaron en la Universidad, para los que una vida no es suficiente.

Quizá, eso no lo sabemos, sus últimos pensamientos, aquel 9 de mayo de 2007, cuando nos dejó, hayan sido para Sandokán, el personaje de las novelas de Emilio Salgari, el príncipe que resiste al colonialismo británico en Malasia, sus libros favoritos de cuando era niño.

Hoy, ese “¿Y Usted cree que eso es investigable y publicable?” me sigue resonando, interpelando. Extrañamos a René, al hombre íntegro que fue, el académico apasionado, el esposo amoroso y el papá que supo estar con sus hijos, un hombre sencillo, como son los que duran para siempre.