Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Domingo

La maldad en el orden político

Fecha de publicación: 30-04-17
Ilustración jorge Antonio de león > El periódico Por: Jorge Mario Rodríguez Martínez
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Los acontecimientos internacionales de las últimas semanas reviven una inquietud que ya se ha convertido en crónica:  la conciencia de que vivimos en un mundo en perpetuo peligro de autodestrucción. El carácter extremo de esta amenaza, a la que nunca nos podremos acostumbrar, aunque sea porque no podemos concebir la desaparición de la humanidad, agudiza la convicción de la supuesta maldad intrínseca del ser humano. En un tiempo de acelerado cambio tecnológico, muchas personas se angustian ante el agudo abismo que media entre las posibilidades de la tecnología y la marcada incapacidad de nuestras perspectivas morales para hacernos actuar de manera racional y digna.

Ahora bien, la pregunta acerca del origen de la maldad humana admite tantas respuestas como perspectivas disciplinarias, las cuales no siempre son fáciles de conciliar. No es lo mismo estudiar los aspectos malvados de la humanidad desde una perspectiva teológica que desde una perspectiva científica. En este sentido, una perspectiva filosófica permite al menos cuestionar los conceptos con que se quiere comprender el problema de la existencia del mal.

Una intelección ampliamente aceptada en la filosofía moral es la ambigüedad de la condición humana, la cual nos puede hacer actuar como ángeles o como bestias.  Los griegos, como lo señala la filósofa mexicana Juliana González, ya sabían que el mal radicaba en lo que llamaron
hybris, esto es, la soberbia, la falta de medida, la arrogancia. Esta autora apunta que el humanismo no es una actitud natural del ser humano, en tanto supone la reflexión, el cultivo de sí mismo. Se debe estar en guardia para evitar el exceso. Como lo apunta el filósofo catalán Norbert Bilbeny, el ser humano tiene “que cuidar su ser intermediario, por así decir, entre el ángel y la bestia”.

Incluso Immanuel Kant, quien se ocupó de estudiar la racionalidad moral, pensaba que nada bueno podía hacerse con “la madera torcida de la humanidad”. El problema, según el pensador de Königsberg, se magnifica en la relación entre Estados. En ese sentido, Kant afirmaba que la “naturaleza humana en ninguna otra parte se muestra menos digna de ser amada que en las relaciones mutuas entre pueblos”.

La reflexión kantiana brinda una perspectiva para entender el problema del surgimiento de la maldad, especialmente la peor, la que se desarrolla en el ámbito de la política. Desde mi punto de vista, el poder es uno de los factores que inciden en la distorsión malvada de la naturaleza humana. En su obra sobre la Guerra del Peloponeso, el historiador griego Tucídides se acerca a este fenómeno. Es famoso el diálogo imaginado por este autor, cuando los atenienses, inmortales creadores de la democracia, exigen la sujeción de Melos bajo el argumento de que la justicia solo se puede dar entre iguales, y que cuando existe diferencia de fuerzas, el fuerte se impone al débil.

Desde esta perspectiva, el peligro de la maldad parece estar relacionada con la acumulación de poder. Es una experiencia común, pero no por eso menos triste, del cambio de las personas debido al acceso a mínimas cuotas de mando. En este punto, sin embargo, tal vez sería más preciso decir que el poder revela lo que las personas realmente eran, antes que decir que alguien cambia cuando asume una posición en la que puede dominarse a los demás.

La existencia de la maldad examinada aquí se relaciona con la estructura del proceso político en su forma actual. La estructura de ascenso en este campo determina que el ascenso al poder a veces solo pueda darse de manera rastrera y cínica, cuando no de forma directamente violenta. Por ello, no todas las personas están dispuestas a participar en la política como la conocemos ahora y las menos proclives a la reflexión moral, vale decir las menos cuidadosas de sí mismas, encuentran un terreno fértil para sus acciones. Este hecho explica, al menos en parte, la deprimente facilidad con que ciertos centros de poder toman decisiones que conllevan la muerte de tantos inocentes.

En este contexto, los políticos encuentran en el campo internacional campo libre y motivaciones para actuar de manera bestial. Después todo, y aunque sea discutible, todavía se sigue creyendo que la esfera internacional se sigue guiando por un supuesto estado bestial de naturaleza en el cual priva el deseo del más fuerte.

Aunque creo que la perspectiva “realista” de la naturaleza humana es un constructo ideológico, no puedo menos que pensar que la situación contemporánea se agrava por la preeminencia universal de una visión economicista del mundo social. Las estructuras de la economía global generan una desigualdad económica que induce un desequilibrio de fuerzas, en el cual los grandes poderes económicos buscan predominar.

Aquí debe ser recogida la afirmación de Lord Acton que gusta tanto a los neoliberales, aunque se nieguen a deducir todas sus consecuencias. Es cierto que el poder corrompe y el absoluto corrompe absolutamente, pero no puede eludirse la conclusión de que el poder económico, ese que ahora controla al poder político, también corrompe a los que lo poseen. El nivel de desigualdad global, lamentablemente, es un factor peligroso para un orden global cada vez más frágil.

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