Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Domingo

El “Tata guaro”

Fecha de publicación: 30-04-17
Por: Jaime Barrios Carrillo
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La frase “en Guatemala sólo borracho se puede vivir” ha sido atribuida, quien sabe si maliciosamente, a Miguel Ángel Asturias. La verdad es que no bebemos sino chupamos bajo el delirium tremens del trópico. Hasta nuestros presidentes se desmayan a veces de goma con insolación.

El poeta Baudelaire reclamaba la embriaguez para escapar del gusano del tiempo. Pero era más que el marasmo del vino, era la embriaguez de la vida. Escapar o crápulas significaba para el poeta francés asumir la conciencia de la vida a través del sentido profundo del arte. Y de ese perfil bohémico se derramó mecánicamente a suelos tropicales donde no ha sido aquí la uva el origen del licor estupefaciente, sino la caña tórrida de donde sale el zumo destilado del Tata guaro. Y con éste los demonios de la impactante borrachera social. Con sus respectivos látigos de hambre, violencia, miseria humana.

Guatemala es un país bastante alcoholizado. Vía de escape ante una realidad de diario dolor, de desempleo, de inseguridad. El círculo vicioso se rompe y a la vez se cierra con los efectos y causas del Tata guaro. El alcohol supedita también muchos de nuestros actos fundamentales. La amistad, el amor y otros compromisos se viabilizan por los caminos etílicos. El guatemalteco se emborracha para todo. Para amar o para matar. Para celebrar o para olvidar. Y sobre todo para sentir, para decir la verdad, para botar las costras de heridas mal curadas en décadas de arbitrariedad y violencia. El borracho da rienda suelta a su individualidad, a su yo lejano, escondido por el rigor gregario. La dialéctica muestra sus contrarios en pugna. La comunión y la separación, los otros y el yo. El borracho siempre dice la verdad, afirmamos convencidos. Borrachos nos atrevemos a asumir nuestra zozobra interior, nuestro desgarre, nuestra búsqueda incansable.

Durante la Colonia el licor fue uno de los llamados estancos, junto con el tabaco,  y estaba en manos de la burocracia colonial. Siguió siendo estatal después de la Independencia y hasta ya entrado el siglo veinte. Actualmente es monopolio de algunas familias que dominan la producción de licor y de cerveza sin que tengan prácticamente ninguna competencia en el mercado. Al controlar el mercado pueden no solo obtener millonarias ganancias sino establecer precios y condiciones a los mismos distribuidores y a los consumidores; constituyen un caso excepcional de la empresa oligopólica aunque han desarrollado un programa de apoyo y desarrollo para sus empleados que les ha evitado conflictos laborales. Lo que ninguna de las empresas de licores y cerveza asume es la responsabilidad social del producto. Sin exagerar y caer en patetismos de sobriedad, puede afirmarse que el alcoholismo causa muchísimo más daño al país que los beneficios que los empleados de estas empresas monopólicas puedan percibir de un negocio sin posibilidad de pérdidas.

Un pueblo alcoholizado es un pueblo dopado, embrutecido, condenado a violencia conyugal, enfermedades mortales como el cáncer, ulceras estomacales y otras, que acortan la vida a los habitantes de una Guatemala que bebe desesperadamente en busca de un escape existencial a las insoportables condiciones de existencia general. No existe de parte del Estado una política eficiente de prevención y cura del alcoholismo y de información básica sobre los efectos biológicos y psicológicos del consumo desmedido, siendo sobre todo las juventudes y las masas campesinas clientes insaciables en esta destrucción sigilosa y trágica.

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