Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Las vacaciones de Marianna

Fecha de publicación: 23-04-17
Por: Manolo E. Vela Castañeda - manolo.vela@ibero.mx
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Una fría noche de diciembre de 2013, todo era alegría en el aeropuerto La Aurora de Ciudad de Guatemala, la capital. Abrazos, besos y saludos entre familiares que vuelven a verse. Una escena como tantas otras, en las afueras de ese viejo edificio, a donde la gente llega, a recibir a sus familiares. Lo tétrico del lugar no lograba anunciarle a Marianna que lo peor estaba por suceder. Cuando menos te lo esperas la vida te sorprende, con un violento giro. Eso era lo que –esta vez– iba a suceder adentro de un carro.

Mientras Marianna pensaba que iba a casa de sus cuñados, donde empezarían sus vacaciones de fin de año, las fiestas de Navidad y el Año Nuevo; Lucía, de su bolso, sacó una cuerda para que Fabiano atara a Marianna. La ató como solo saben hacerlo los que de eso saben. Marianna y Fabiano iban en el asiento de atrás; mientras Valentino y Lucía, hermanos de Fabiano, iban en los asientos delanteros.

Al hijo de la pareja lo habían subido a un vehículo aparte, con los abuelos paternos, que habían llegado en el mismo vuelo, proveniente de Italia, de donde la familia es originaria.

El carro atravesó la ciudad, hasta llegar a un portón de malla, que permitía la entrada a un estacionamiento. A Marianna la bajaron del carro y la llevaron al área de recepción de lo que parecía ser un sanatorio. Esa noche, dos enfermeras y un enfermero, así como iba, amarrada, le dieron ingreso. Ningún tipo de examen le iba a ser practicado. Solo apuntaron su nombre. Tuvieron, eso sí, la atención de preguntar si era alérgica a algún medicamento. Al entrar le inyectaron y ya con eso, entre el cansancio y la tristeza, Marianna alcanzó a dormitar, hasta al día siguiente, cuando se despertó, en medio de una amplia habitación, encima de una hedionda colchoneta de cuerina, y vio mucha luz, que entraba por los amplios ventanales, con algunos vidrios rotos, desprovistos de cortinas. Iba a ser hasta el día siguiente cuando ella logró que una enfermera le confirmara que ese no era un sanatorio cualquiera; que se hallaba en un manicomio; pero no cualquier manicomio, sino en el Hospital de Salud Mental Dr. Federico Mora.

En cuestión de horas, Marianna se encontró en otro país, sin su familia, sin su esposo y sin su hijo, sin amigos, amarrada, sedada, internada en una institución para enfermos mentales, sin saber qué hacer, ni a quién acudir; para colmo, quienes le escuchaban pensaban que parte de su locura era creerse italiana. Sí, cómo no: italiana. Y así iba pasar la Navidad y el Año Nuevo, e iba a empezar 2014.

Paredes interiores verdes, y puertas grises, piso de granito, hedor a orina y a mierda por todas partes; y gente uniformada: de negro, los policías; de gris, los guardias del Sistema Penitenciario; y de blanco y celeste, las enfermeras. Los pacientes andan en unos camisones –en harapos– de distintos colores. El ritmo del tiempo estaba marcado por las comidas y la distribución de medicamentos. Los pacientes, los que no se quedan tirados por allí, deambulaban de un lado a otro, entre los pasillos que llevan a los pabellones, cada uno un universo diferente, y la cancha.

Hasta que un día de enero llegaron a verla de la oficina del Procurador de los Derechos Humanos. Una llamada anónima les había alertado que en ese hospital había alguien que no debía estar allí. Aquella visita –sin que Marianna, por las dificultades del idioma, entendiera mucho de qué se trataba– fue una luz de esperanza. Ante ello, los familiares decidieron trasladarla a otro sitio. Y así, la directora de “El Nuevo Despertar”, uno de esos extraños centros que abundan en Guatemala, donde hay de todo: enfermos mentales, adictos a algo, y gente que ya no es deseada en su casa, llegó por ella y la sacó del Federico Mora. En “El Nuevo Despertar” iba a pasar los siguientes dos meses. Hasta que allí, también, llegaron –con una orden de exhibición personal– los delegados de la oficina del Procurador de los Derechos Humanos, quienes lograron rescatarla. Para protegerla fue llevada a un Centro de Atención Integral para Mujeres Sobrevivientes de Violencia, esas casas en las que las mujeres –que han sufrido violencia– finalmente hayan un poco de paz.

Durante los meses en que Marianna estuvo recluida, Fabiano la visitó unas pocas veces. Llegaba a preguntarle: “Y ahora ¿cómo te sientes de no tener más nada?”; y, a amenazarla: “Aquí, en Guatemala, es muy fácil desaparecer a la gente”. Lucía también, le amenazó, de que si no se quedaba internada una mañana aparecería tirada en la calle.

En Italia, Marianna, de 46 años, era un ama de casa; su esposo, de 49 años, era policía del cuerpo de carabineros. Cuando vinieron a Guatemala su hijo tenía 7 años.

El plan de Fabiano, ya sin
Marianna, era hacer otra vida en Guatemala. Se sabe que él, junto a su hermana, ha puesto un negocio.

Lucía logró que Marianna fuera admitida en el Federico Mora por su amistad con una doctora que trabajaba en ese hospital, y también en “El Nuevo Despertar”.

El propósito de Fabiano –desde aquella noche de diciembre de 2013– ha sido que toda la gente crea que Marianna estaba y está loca. Hilda Morales, procuradora adjunta de los Derechos Humanos, corroboró que diversos peritajes practicados a Marianna, han confirmado lo contrario, que ella es una persona normal; como usted y como yo, que algunos días podemos parecer que estamos más locos que lo normal.

Lo único que Marianna quiere ahora es recuperar a su hijo, y regresarse a Italia, para seguir la vida. De acuerdo con Marta Estela Araujo, del Instituto de la Defensa Pública Penal, gracias a un proceso legal, Fabiano le pasa una pensión alimenticia a Marianna, con la que apenas sobrevive. Gracias, también a esta acción legal, ahora, ella puede ver a su hijo. Están en curso dos procesos legales más, uno por la custodia del nene, que sigue viviendo con la familia paterna; y otro más, contra Fabiano, por violencia psicológica y económica.

Lo que Fabiano, con la colaboración de sus hermanos, hizo aquella noche de diciembre de 2013, fue algo brutal. Al violentar a Marianna, le ocasionaron un daño enorme al hijo de ambos, al que, además, han dejado durante todo este tiempo sin su mamá.

Lo que querían era –al desaparecer a la esposa y madre–, ahorrarse los trámites de divorcio, la pensión y la disputa de la custodia del menor.

Las autoridades que –en aquel tiempo– dirigían el Hospital de Salud Mental fueron, también, responsables de haber dado ingreso a ese centro a una mujer a quien, además de internar contra su voluntad, sin ningún tipo de criterio clínico, medicaron todos los días que allí estuvo.

Y como este hay otros casos, y algunos peores, de violencia, de maltrato, de mujeres a quienes separan de sus hijos y las dejan en la calle. Bien por las que denuncian y dan la batalla. Todos los nombres de este relato han sido modificados.

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