domingo 9 abril 2017
Domingo

El estancamiento de los antiliberales

Por: Joseph Stiglitz | yo disiento

NUEVA YORK – Hoy, un cuarto de siglo después del final de la Guerra Fría, Occidente y Rusia están otra vez enfrentados. Pero esta vez (al menos para uno de los lados), está claro que la disputa tiene que ver más con el poder geopolítico que con la ideología. Occidente ha dado apoyo, en diversas formas, a movimientos democráticos en la región postsoviética, sin disimular su entusiasmo por las varias “revoluciones de colores” que sustituyeron a viejos dictadores por líderes más receptivos (aunque no todos resultaron los demócratas convencidos que decían ser).

Demasiados países en el exbloque soviético siguen bajo control de líderes autoritarios, entre ellos algunos que, como el presidente ruso Vladimir Putin, aprendieron a mantener una fachada electoral más convincente que sus predecesores comunistas. Estos líderes promueven un sistema de “democracia iliberal” sustentado en el pragmatismo, no en alguna teoría universal de la historia, y se justifican con el argumento de ser más eficaces.

Lo cual es indudable, si se mide por la capacidad de agitar el sentimiento nacionalista y suprimir el disenso. Pero no han sido tan eficaces en lograr crecimiento económico duradero. El PIB de Rusia (que supo ser una de las dos superpotencias del mundo) hoy es aproximadamente el 40 por ciento del de Alemania y poco más del 50 por ciento del de Francia. La expectativa de vida al nacer es la 153.ª del mundo, justo atrás de Honduras y Kazajistán.

Por ingreso per cápita (según la paridad del poder adquisitivo), Rusia está en el 73.º lugar, muy por debajo de los exsatélites de la Unión Soviética en Europa central y del Este. El país se desindustrializó: la inmensa mayoría de sus exportaciones ahora procede de recursos naturales. No evolucionó hacia una economía de mercado “normal”, sino hacia una forma peculiar de capitalismo de Estado amiguista.

Es verdad que en algunas áreas, por ejemplo la posesión de armas nucleares, Rusia aún tiene capacidades propias de una nación más poderosa. Y conserva el derecho al veto en las Naciones Unidas. También cuenta con herramientas cibernéticas que le permiten inmiscuirse seriamente en las elecciones de Occidente, de lo que da cuenta la reciente intrusión en los sistemas del Partido Demócrata en Estados Unidos.

Intrusiones que, según todos los indicios, no se detendrán. Dados los estrechos vínculos del presidente estadounidense Donald Trump con ciertos oscuros personajes rusos (que a su vez, tienen estrechos vínculos con Putin), en Estados Unidos hay mucha inquietud sobre el grado de influencia que pueda ejercer Rusia (un asunto que tal vez las investigaciones en curso puedan aclarar).

Cuando cayó la Cortina de Hierro, Rusia y la ex Unión Soviética toda suscitaban grandes esperanzas. Aunque tras siete décadas de comunismo la transición a una economía de mercado democrática no iba a ser fácil, se suponía que (dadas las obvias ventajas del capitalismo de mercado democrático respecto del sistema que acababa de derrumbarse) la economía florecería y los ciudadanos exigirían más voz en la marcha de su país.

¿Qué salió mal? ¿Quién tiene la culpa, si alguien la tiene? ¿Podría haberse manejado mejor la transición poscomunista de Rusia?

Nunca podremos responder estas preguntas más allá de toda duda, porque es imposible rebobinar y repetir la historia. Pero creo que lo que vemos es en parte herencia de los errores del Consenso de Washington, que definió la transición rusa. La influencia de este marco conceptual es visible en la importancia superlativa que dieron los reformadores al proceso de privatización (sin importar cómo se hiciera), y a su rapidez por encima de cualquier cosa (incluida la creación de la infraestructura institucional necesaria para que una economía de mercado funcione).

Hace quince años, cuando escribí La globalización y sus descontentos, sostuve que esta modalidad de reforma económica basada en una “terapia de shock” estaba condenada al fracaso. Pero los defensores de la doctrina recomendaban paciencia, aduciendo que para poder emitir juicio se necesitaba una visión a largo plazo.

Hoy, transcurrido más de un cuarto de siglo desde el inicio de la transición, mi tesis resultó confirmada, y refutados los argumentos de quienes sostenían que la institución de derechos de propiedad privada bastaría para alentar demandas más amplias de aplicación del imperio de la ley. Rusia y muchos de los otros países en transición están más rezagados que nunca respecto de las economías avanzadas, y en algunos casos, el PIB es menor al que tenían al principio de la transición.

Muchos rusos creen que el Tesoro de los Estados Unidos impulsó las políticas del Consenso de Washington para debilitar a Rusia; creencia que fue reforzada por la profunda corrupción del grupo de académicos de la Universidad de Harvard elegido para “ayudar” a Rusia a hacer la transición (descrita en un informe detallado que publicó en 2006 la editorial Institutional Investor).

Yo creo en una explicación menos retorcida: las ideas erradas, aun con la mejor de las intenciones, pueden traer consecuencias serias. Y las oportunidades que ofrecía Rusia a la codicia egoísta fueron demasiado irresistibles para algunos. Es evidente que la democratización de Rusia demandaba medidas que garantizaran la prosperidad compartida, no políticas conducentes a la creación de una oligarquía.

De modo que los errores de Occidente no deben debilitar la determinación de trabajar ahora en pos de la creación de estados democráticos que respeten los derechos humanos y la legalidad internacional. Estados Unidos está luchando para evitar que el extremismo del gobierno de Trump (por ejemplo, prohibir la entrada a musulmanes, promover políticas ambientales contrarias a la ciencia o amenazar con ignorar acuerdos comerciales internacionales) se convierta en norma. Pero tampoco pueden “normalizarse” las violaciones del derecho internacional cometidas por otros países, como las acciones de Rusia en Ucrania.

Traducción: Esteban Flamini