Domingo 2 Abril 2017
Domingo

Concha Deras, la última llamada

Una mujer que lideró batallas contra la exclusión, el analfabetismo, el machismo y la carencia de arte en Guatemala. Una mujer que a sus 87 años dejó de existir luego de que su vivienda fuera allanada por delincuentes que la golpearon con fuerza en la cabeza y el rostro. Esta es la historia de Concha Deras narrada por sus familiares, amigos y compañeros de vida.

Por: Pavel Gerardo Vega [email protected]

Era 1936 en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, una niña de cabello negro, ojos oscuros y nariz respingada sonreía en un país dirigido por una dictadura en un mundo amenazado por el nazismo. Su mirada inocente de la vida le permitía deslumbrarse por los detalles del arte y la lectura.

Fue en el callejón Delfino, a una cuadra de la iglesia La Merced, donde Concha debutó en el teatro. Unas pocas sillas y una mesa de madera eran suficientes para armar el escenario de un espectáculo callejero junto a sus primos. El zaguán de su casa servía de resguardo para los invitados de la vecindad que se acercaban a oír un poco de poesía o a participar como público en los primeros dramas montados por la pequeña. El costo por entrada era de cinco centavos.

El vestuario era peculiar, pero hecho en casa. Trajes realizados a mano con papel crepé, los colores combinaban con el entusiasmo del despertar de una luminaria del teatro guatemalteco de los años cincuenta y sesenta.

Primera llamada:

El teatro para la gente

Luego de un comienzo casero a los seis años, Concha Deras siguió su camino a los 16 con un trabajo más profesional en el radio teatro de la cadena estatal TGW. En una entrevista de 1997, la actriz comentó que la época más bella para ella fue el acercamiento al gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán en donde participó en el teatro ambulante de Bellas Artes bajo la dirección del dramaturgo guatemalteco Hugo Carrillo. El planteamiento de este proyecto era llevar las obras a las aldeas y caseríos con historias que se relacionaran con la vida campesina.

Se presentaban en los frontispicios de las iglesias o en los pequeños cerros alrededor de los pueblos. Para formar la escenografía utilizaban artículos que los mismos pobladores prestaban de sus viviendas. Era una interacción genuina entre artistas y público.

“Las obras que montábamos siempre trataban de dar un mensaje, no eran solamente de Vaudeville (…) En ese tiempo podíamos hacer teatro serio y bien hecho. Luego, vino la represión que dio como origen a las comedias que sirven para distraer al público. Aunque es un trabajo respetable, yo no participé porque esa no era mi línea”, señaló.

Con Carrillo continuó presentándose en distintos escenarios con el mismo objetivo. Participó en la Compañía Nacional de Teatro en donde una de sus obras más destacadas fue La calle del sexo verde. Otro de sus grandes amigos y compañeros del teatro fue Manuel José Arce. Junto a él montó la obra Delito, condena y ejecución de una gallina.

Con René Molina continuó en la Compañía de Teatro para Niños en donde viajaba a otros departamentos fuera de la capital para llevar historias con títeres. Molina recordaba a Concha, en una entrevista, como la pionera del teatro social en el país. “Era una compañera maravillosa, muy educada y con amplios conocimientos al respecto”.

Su última faceta cercana al teatro fue en La Bodeguita del Centro como cuentacuentos. En ese espacio cultural comenzó en 1996 coordinando la librería Luna y Sol. “Ahí organizaban lecturas de cuentos para niños y adultos. Era una gran cómplice para promover la lectura”, subraya Lucrecia Ardón, gestora cultural de La Bodeguita del Centro en esa época. En ese lugar Concha permaneció diez años.

Segunda llamada:

El trabajo para la gente

Concha Deras fue una de las egresadas de la primera promoción de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de San Carlos (Usac) y el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGGS) en 1951. Su carrera académica la acompañó de su lucha por formarse como una trabajadora que atendiera las necesidades de la gente y no como una profesional que auxiliaba con un matiz de caridad.

En ese sentido, Concha es recordada por dos momentos de éxito para la unidad académica. El primero lo logra cuando entabla negociaciones con el objetivo de que no la cierren, dado que esas eran las aspiraciones de las autoridades luego del derrocamiento de Árbenz.

En el segundo gobierno de la Revolución, además de su faceta teatral, su lado humano por medio del trabajo social la llevó a la Secretaría de Bienestar de la Presidencia, que en ese momento era dirigida por la primera dama, María Cristina Vilanova. Su mayor esfuerzo fue replantear la integración de menores en el hogar conocido como Ciudad de los Niños, ahora Hogar Seguro Virgen de la Asunción, en donde 41 niñas fueron víctimas de un incendio el pasado 8 de marzo y en el que se denunciaron múltiples abusos de derechos humanos durante los últimos años.

La idea de Concha era dotar de maestros el hogar para que convivieran con las niñas y los niños refugiados, y así sacar a la Policía del lugar pues parecía una prisión.

Elsa Jo tuvo una conexión especial con Deras, pues fue su alumna en la Escuela de Trabajo Social. La primera impresión, cuenta Jo, fue terrible porque su maestra la regañó porque era muy bulliciosa. Pero, esa imagen se modificó paulatinamente porque Concha y Elsa convirtieron la relación maestra-alumna en una relación de compañeras de profesión y en una amistad que duró toda la vida.

Elsa aún mantiene en su memoria la dedicación de su maestra, “Conchita se entregaba a sus estudiantes. Nos atendía las consultas fuera de clases, incluso hasta nos invitaba a su casa los fines de semana para charlar sobre la realidad y sobre la profesión”.

Deras fue profesora de esa unidad académica por muchos años, así como también fue catedrática de la Facultad de Ciencias Económicas y de la Escuela de Ciencia Política. Tampoco dejó de estudiar, concluyó dos carreras más en la Universidad de San Carlos: Ciencia Política y Literatura.

Y así como era una maestra cercana a sus alumnas, también era cercana a sus familias. Es el caso de la antropóloga Myrna Mack, de quien también fue catedrática.

En 1991 luego de su asesinato, Concha fue una gran aliada de Helen, hermana de Myrna. “Recuerdo que me presentó con columnistas para que escribieran sobre el caso de mi hermana, para que se supiera la historia. Me ayudó a entender la realidad del país que yo en ese momento desconocía”, detalla.

Su profesión la enlazó también con el periodismo y la investigación. Escribió una columna en el diario El Gráfico en donde creó dos personajes: La señorita Mery y doña Ana, quienes dialogaban sobre la coyuntura y la realidad nacional como una forma de hacer entender mejor el contexto. También fue parte del equipo de Inforpress Centroamérica.

Como mujer trabajadora e independiente también participó en movimientos feministas. Su trabajo con las mujeres fue una labor importante, incluso fue parte de la Conferencia Internacional de la Mujer en 1973 en Berlín y de la primera Conferencia de la Mujer, la Tecnología y la Medicina, en Nicaragua en 1987.

Tercera llamada:

Madre y amiga

El 16 de marzo pasado, Concha pasaba la mañana en su vivienda de Ciudad Nueva en la zona 2. Su cotidianidad era representada por caminatas por las calles. Era una mujer libre, independiente. Vivía sola en un apartamento a la vecindad de su hija Julia. Los vecinos que la conocían comentan que Concha solía cortar pequeñas flores en sus recorridos matutinos para llevarlas a su casa y depositarlas en un frasco con agua.

Esa mañana, hombres desconocidos tenían un objetivo: allanar la casa de Concha y robar lo que pudieran. Y así fue. Los delincuentes ingresaron a la vivienda y golpearon a Concha, quien a sus 87 años poco se podía defender. Le dieron puñetazos en el rostro y ella cayó al piso.

Al mediodía, la señora que trabajaba con ella llegó a la casa y observó a Concha en el piso, ensangrentada y pidiendo auxilio. Julia arribó a la vivienda y con rapidez la internó en un hospital. Cuatro días después, Concha murió.

Su vida es ahora un recuerdo en la Hemeroteca y en las personas que la conocieron.

Julia y su hermano Pablo se sientan a la mesa. Agotados, tristes, enlutados. El recuerdo de su madre es vívido. “Mi madre era una mujer independiente que nos enseñó lo mismo. Nos dejó creer en lo que quisiéramos, nos dejó vivir nuestras experiencias propias y siempre fue muy respetuosa para decirnos sus opiniones. Porque era muy sincera, nunca se quedaba con nada, pero siempre con respeto”, cuenta Julia.

Pablo agradece a su madre haberlos formado con criterio. Enfatiza también que además de ser su madre, era una muy buena amiga. “Logré tener una relación muy cercana, podíamos charlar muchísimo y eran pláticas que siempre dejaban algo”, comenta.

En los últimos años, Julia era el soporte administrativo y Pablo el soporte afectivo, concuerdan. Su madre era una mujer especial, cariñosa, ética y responsable con la sociedad, en resumen.

Y así la recuerdan sus amigos. El investigador social Edelberto Torres-Rivas cuenta que quizá fue el único amigo que Concha tuvo en la secundaria. “Yo la conocí cuando cursaba el segundo año de Secundaria. Ella venía de Honduras y estudiamos unos dos años juntos”.

“Era una chica muy inteligente y tímida, pero con un vigor que superaba a cualquiera. Era muy sensible también”, dice.

“Era una persona íntegra, honesta, trabajadora, fiel a sus principios, franca, muy clara. Lo decía todo en la cara y era coherente entre lo que pensaba y hacía”, coincide Jo.

Lucrecia Ardón la describe como “esa gente que tiene un pensamiento ideológico claro, que no cambia porque le convenga. Inteligente, lúcida y clara ideológicamente. No la confundían ni los afectos ni los odios”.

Elsa Jo agregó que Concha nunca perdió la esperanza de que esta sociedad cambiaría. Y tuvo una chispa más fuerte hace dos años, cuando llamó a los jóvenes a revolucionar el sistema. Se estaban generando manifestaciones contra el gobierno de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Esta vez ya no era la niña de cabello negro del callejón Delfino. Era una mujer de 85 años con el cabello canado que gritó con su voz débil, pero energética: “¡Muchá, hay que cambiar el mundo! ¡Luchemos, muchá! ¡Esto apenas empieza!”.