Martes 17 DE Octubre DE 2017
Domingo

Corrupción y desigualdad

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 12-03-17
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Desde muy antiguo, la reflexión filosófica sobre la política no ha pasado por alto la vinculación entre la corrupción y la desigualdad. En particular, y aun reconociendo su tono aristocrático, algunas de las mejores páginas de Platón y Aristóteles expusieron la distorsionada relación entre riqueza y política. Platón, quien vio morir a su maestro Sócrates en una democracia, pensó un Estado sin libertad en su búsqueda de una sociedad guiada por la racionalidad y no por la ambición. Aristóteles, su alumno, estudió las sociedades de su tiempo para percatarse, entre otras cosas, de que la estabilidad política era incompatible con la desigualdad profunda.

No puede extrañar, por tanto, que las ideas de estos autores acrecienten su vigencia en un tiempo que, como el nuestro, es testigo de un incremento inusitado de la desigualdad. Una plutocracia despótica se ha instalado en el mundo poniendo en peligro los esfuerzos democráticos para garantizar un futuro viable para las nuevas generaciones.

La clave del problema radica en que los aparatos políticos contemporáneos, especialmente el de la democracia liberal, se han rediseñado para promover los intereses de los que detentan el poder económico. Los diferentes grupos de la plutocracia distorsionan la visión moral de la sociedad hasta el punto de que esta olvida el pacto fundamental que subyace a toda sociedad moderna, esto es, que el sentido básico de vivir juntos radica en promover el bien común. Muchos de los que ascienden en este proceso de desigualdad ya no pueden conectarse con el resto de la sociedad; desde su perspectiva, los vulnerables son víctimas de su propia mediocridad. Hasta las dimensiones espirituales del ser humano intentan ser secuestradas por la descabezada religión del éxito.

Ahora bien, ignorar las patologías morales que trae consigo la desigualdad hace difícil comprender el continuo proceso de deshumanización contemporáneo. Comprendemos la irracional conducta de muchos gobiernos cuando se recuerda a Aristóteles diciendo, en su Política, que quienes se encuentran en la cúspide económica “no quieren ni saben ser gobernados”, o en su Retórica que estos toman a la riqueza “como la medida del valor de las cosas, con lo cual parece como si todas las cosas se pudieran comprar con ella”. A la vista de tales opiniones no puede extrañar, por ejemplo, la peculiar conducta de Donald Trump, quien flanqueado por un peculiar grupo de magnates, no repara en el sufrimiento inmenso que provocan sus decisiones.

¿Cómo se puede construir una sociedad integrada cuando la élite dominante vive en un mundo aparte y los pobres ven cómo su vida naufraga en medio de la precariedad y sufrimiento? La situación ya alcanza rasgos literales. Josep Ramoneda recuerda cómo Peter Thiel, fundador de PayPal y seguidor del magnate Trump, desea mudarse a una plataforma en medio del océano con otros milmillonarios de Silicon Valley que comparten su desprecio por el Estado. El escritor español, como es natural, se pregunta si estos santos de la religión del éxito se prohibirían acudir al horrible Estado si de pronto se vieran asediados por los piratas.

A la luz de las reflexiones anteriores se hace evidente la razón fundamental del descalabro ‘selectivo’ del Estado en muchas partes del mundo. Un Estado horadado por la corrupción y la falta crónica de fondos para el bienestar común no necesariamente pierde su fuerza para proteger los intereses de los grupos más pudientes. ¿Cuántas tragedias como la muerte de adolescentes en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción se tienen que padecer para que logremos escapar de la creencia errónea de que el Estado no existe solo para promover una riqueza que nunca se redistribuye? ¿No indigna la falta de respeto de aprobar polémicos privilegios fiscales cuando la sociedad se encontraba tratando de asimilar esta tragedia?

A estas alturas del desastre global, la función del Estado no debe dirigirse a aumentar la riqueza de unos pocos a costa del agravamiento de la desigualdad. Se trata de desmantelar el libreto neoliberal, el cual ha venido a formar parte del sentido común de una sociedad fragmentada. La negativa a pagar impuestos, por ejemplo, no se subordina a la tarea de crear empleo, sino solo al objetivo inconfesado de consolidar los poderes económicos.

En nuestro país, la derecha ha distorsionado el signo moral de la crisis. Descalifican a un supuesto populismo en nombre de ilusorias virtudes republicanas que, casualmente, solo ellos parecen poseer. Esta versión del republicanismo, incoherente para decir lo menos, peca de una aristocrática autocomplacencia. La “independencia” económica (que crece en función de la riqueza) no asegura la independencia de pensamiento ni la anuencia a actuar de manera virtuosa. El deseo de acumular riquezas suele ser insaciable y a menudo aprisiona a las personas superficiales.

¿Cuánto tiempo más podemos soportar el nivel de conflictividad que actualmente vive la sociedad guatemalteca? Es urgente crear nuevos paradigmas de Estado, los cuales ya no pueden estar sujetos a las insensatas políticas basadas en la inversión depredadora y de corto plazo. Se precisa de fuerzas productivas que encuentren en el bien común la motivación más poderosa para sus esfuerzos creativos. Lograr este objetivo demanda, sin embargo, ignorar de una vez por todas las fallidas recetas del neoliberalismo criollo.