Miércoles 20 DE Marzo DE 2019
Domingo

Las razones de Valeria

En Guatemala, el aborto solo se permite si la vida de la madre está en riesgo. Sin embargo, se practica de forma clandestina cuando las mujeres así lo deciden. No existen cifras exactas que midan la frecuencia o la tendencia de este procedimiento. Valeria*, una joven mujer de 26 años con una experiencia de acoso y violencia por parte de su pareja, nos relata qué la llevó a interrumpir su embarazo.

Fecha de publicación: 05-03-17
José Luis Pos > El periódico Por: Pavel Gerardo Vega pvega@elperiodico.com.gt
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Rozaba la medianoche cuando Valeria descendió del automóvil que la llevó a la casa de Diego*, uno de sus mejores amigos. Era martes, habían pasado cuatro días desde que descubrió, por medio de una prueba doméstica, que hacía 11 semanas estaba en periodo de gestación. Atribulada, utilizó el teléfono de Pedro* –piloto del vehículo que la transportaba– para notificarle a Diego que estaba afuera.

Valeria estaba decidida a interrumpir el embarazo y Diego le ofreció apoyo desde que se enteró un día antes. Su mirada temerosa, su voz temblorosa y la angustia de que Carlos* había retornado a su vida con el control, el acoso y las amenazas, eran señales claras de que esa noche sería una de las peores de su vida.

Diego la recibió con preocupación, saludó a Pedro y este le aseguró que mantendría su móvil encendido y estaría alerta por si algo pasaba mal. Valeria ingresó a la casa y su amigo la escuchó relatar las que fueron unas de las últimas escenas de hostigamiento y violencia que había sufrido por parte de Carlos durante esos días.

Amistad, amor, acoso

Valeria es una muchacha de estatura promedio, de tez morena con 26 años de edad. Es capitalina de clase media. Vive con sus padres y sus hermanos en una colonia popular de la ciudad. Esas donde se valoran las tradiciones católicas y en donde las personas vecinas se conocen de toda la vida.

Así fue como Valeria y Carlos se conocieron. Pertenecían al mismo grupo de compañeros del barrio. Desde adolescentes compartieron experiencias junto a sus otras amistades, aunque no eran tan cercanos.

La vinculación entre ambos comenzó aproximadamente hace dos años. Valeria recuerda que la delincuencia de la ciudad la obligaba a ser más precavida por las noches del fin de semana. Con el objetivo de sentirse segura y evitar pertenecer al grupo de más de 700 mujeres asesinadas por año en el país o a las más de 2 mil agredidas sexualmente en la Ciudad de Guatemala, según datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif), ella recurría a Carlos como figura de apoyo.

“No salíamos juntos, pero yo le avisaba cuando terminaba mi fiesta, él se salía de la suya y me iba a traer para dejarme en mi casa”, relata. En ocasiones, era aún temprano para pasar por unas cervezas y compartir una plática de medianoche. Era una costumbre de los fines de semana, era un pacto de amistad que se convirtió en una relación pasajera. No había compromisos, no había amor, aún.

Luego la vinculación evolucionó. Iban juntos al cine o salían a los restaurantes. “Yo me sentía muy bien, compartíamos mucho y eso me gustaba”, cuenta Valeria. Fue Carlos quien dio el primer paso para convertir esa relación sin compromisos en una relación exclusiva. Le solicitó que, por el cariño que estaba surgiendo entre ambos, se abstuvieran de salir con otras personas. Ella estuvo de acuerdo y respetó el trato, pero él continuó invitando a otras amigas al cine o a comer.

Pasados dos meses, ella notó un distacianciamiento por parte de Carlos. No llamaba, era frío. Y, aunque ella ya estaba enamorada, decidió terminar la relación.

 

La separación duró pocas semanas y decidieron continuar la relación sin ningún tipo de compromiso. “Cuando podamos y queramos, nos vemos”, fue la pauta que él fijó. Aunque para Valeria esto significó enredarse en una relación desigual, en la que Carlos demandaba el involucramiento de ella sin reciprocidad. “Él salía con sus amigos más que conmigo, incluso salía con su exnovia. Él podía salir con ella, pero, poco a poco comenzó a celarme. Yo no podía hablar por teléfono con alguien que él no conociera porque se molestaba, pero él sí podía pasar un fin de semana entero en la casa de su expareja”.

Era una etapa confusa porque él le demandaba exclusividad, pero no se la daba de vuelta. Al sentirse abandonada, Valeria ya no lo buscó más. Él intentó enmendar la situación ofreciéndole más atención. Pero, de no prestarle ninguna atención, pasó de pronto a querer tomar un control total sobre su vida.

“Me llamaba en las mañanas, cuando yo iba para el trabajo; me llamaba como a las diez de la mañana; me llamaba a la hora del almuerzo; me llamaba a las cinco de la tarde cuando yo terminaba mi jornada; calculaba el tiempo que me tomaba regresar a mi casa y llamaba para asegurarse de que ya había llegado. O pasaba por mi casa cuando él regresaba de su trabajo y si no veía mi carro afuera, me llamaba para saber por qué no estaba ahí parqueado, me cuestionaba dónde estaba yo”.

La escalada de violencia

El control no solo continuó cimentándose, sino que evolucionó hacia una etapa en la que el acoso se convirtió en violencia verbal y física.

Primero, el aislamiento mediante la manipulación. Carlos le impedía a Valeria salir con otros amigos, a menos de que él la acompañara. Al principio la chantajeaba, la hacía sentirse culpable reprochándole que él sí la incluía en sus planes. Luego, simplemente le prohibió salir.

El segundo nivel fue la intervención de las redes sociales, las llamadas y los textos. Si no le respondía, se alteraba. Si estaba en línea en el chat y no le hablaba, le cuestionaba a quién le escribía, y le exigía que le mostrara la conversación con la otra persona para verificar lo que le decía, incluso si eran asuntos del trabajo.

El tercer escalón fueron los gritos. Si ella le cuestionaba o le reclamaba algo, él respondía con un tono elevado de  voz.

Meses después de los primeros gritos, ambos fueron a un fiesta. En ese lugar, luego de una discusión, la tomó con violencia del pelo y le gritó amenazante: “¡Alejate de mí porque no me importa que haya gente y no me importa lo que pueda pasar!”.

Salieron de la fiesta, ella pidió un taxi. Lo único que esperaba Valeria era que Carlos se disculpara por su agresión. En ese momento, ella aún creía que las disculpas eran una señal de cambio y mantenía la esperanza de que su comportamiento mejorara.

No se disculpó hasta dos días después, luego de haber ido a la playa con su exnovia y otros amigos. Pero, antes de pedirle perdón, le reclamó porque ella también había salido con sus amigos.

Semanas después, ya nada era bueno. Cada vez era más denigrante su trato hacia ella. El hostigamiento era más frecuente, la intervención de su teléfono era una regla, los gritos eran parte de las discusiones, y luego llegaron los insultos. Le decía “puta” por bailar o hablar con sus amigos homosexuales. “A vos lo que te gusta es sentirla”, me decía, recuerda.

A los dos meses terminó la relación. Pero el acoso no se detuvo, más bien se incrementó.

Ya en este punto, Valeria no lo amaba, le temía.

Una noche, cuando tuvo que quedarse hasta la madrugada en el trabajo, le pidió a una amiga que le llevara una pastilla para el dolor de cabeza. Ella, que conocía a Carlos y no sabía de la ruptura, le pidió a este que la ayudara.

Carlos la llamó para preguntarle a dónde le llevaba las pastillas y comenzó a ofrecerse para ir a recogerla o para acompañarla a guardar el carro. Ella le dijo que no. Luego él le escribió que de seguro no estaba trabajando, sino que se había ido con algún hombre. Le dijo que iba para allá, y aunque ella sabía que él no conocía la dirección, temió que la estuviera esperando cuando regresara a su casa.

La insistencia de las llamadas era tanta que, a su regreso, ella no podía ni siquiera marcar el número de su padre para pedirle que le abriera el portón de la casa y la ayudara a guardar el carro. No quería que Carlos la viera sola.

Mientras manejaba, no quitaba la vista del retrovisor para cerciorarse de que él no la viniera persiguiendo. Media hora después de su llegada, vio el carro de Carlos estacionado afuera de su casa. Por mensajes de texto, la amenazaba con tocar el timbre hasta que le abriera la puerta, la insultaba de puta, de infiel, de mentirosa. El carro estuvo ahí hasta las 5:50 de la mañana.

Unos días después, la llamó para decirle que la extrañaba, que la quería ver. Cuando ella se negó, comenzaron de nuevo los insultos. Ella decidió bloquear el número para que no pudiera llamarla más. Aun así, cuenta Valeria, recibió llamadas insistentes de aproximadamente 15 números distintos, todos los bloqueaba. “Ah bueno, entonces te esperaré afuera de tu casa cuando vengás de regreso”, la amenazó por mensajes de texto.

El aborto

Cuando entraron a la casa de Diego, Valeria le comentó que los últimos días habían sido un anuncio de lo que le esperaba si continuaba con el embarazo. “Si estaba saliendo de ese infierno, continuar significaba que sería un hostigamiento para siempre. Ya no solo me tenía que proteger yo, sino tenía que pensar en escapar con mi bebé”, expresa con lamento.

Esa noche de martes, Valeria había planificado junto a Diego y Rocío* la interrupción del embarazo por medio de pastillas. Las decisiones se tenían que tomar rápidamente porque el procedimiento estaba en el límite de lo estipulado en esos casos.

En la madrugada comenzaron los cólicos. El dormitorio se convirtió en una bóveda donde Valeria viviría su peor experiencia. El dolor la hacía estremecerse. Estrujaba las sábanas para aferrarse a la vida, para no escapar.

A las ocho de la mañana, en una de las tantas ocasiones que fue al sanitario, se encontró con el momento más amargo de esa jornada. Cuando Valeria regresó al dormitorio abrazó a Rocío y lloró. Eran lágrimas de dolor, de alivio, de lamentación, de enojo. Eran lágrimas de luto.

A Carlos le llegó la noticia varias semanas después, cuando Valeria decidió contarle que había sido un aborto espontáneo.

Sin información

En Guatemala, el aborto solo se permite si la vida de la madre está en riesgo. Sin embargo, se practica de forma clandestina cuando las mujeres así lo deciden. No existen en el país cifras exactas que midan la frecuencia o la tendencia de este ejercicio.

Solo son los casos que se complican los que llegan a los hospitales y en ocasiones se registran. Mirna Montenegro, del Observatorio en Salud Reproductiva (Osar), explica que los abortos que se complican ocupan el cuatro por ciento de los casos de muertes maternas. Y Gabriela Tuch, titular de la Defensoría de la Mujer de la oficina del Procurador de los Derechos Humanos, añade que la opresión contra las mujeres hace que pongan en riesgo sus vidas.

“Hay mujeres que deciden transformar su entorno para evadir la violencia. La dependencia económica es un factor importante para permanecer en el círculo de violencia. Muchas mujeres ponen en riesgo su vida con tal de no perderla en manos de un hombre”, comenta.

Luego de varios meses de haber tomado la decisión de interrumpir su embarazo, Valeria recuerda que si hubiera continuado con él, su bebé hubiera nacido a principios de febrero. Por eso, viajó hacia otro departamento para estar sola. Decidió que se despediría de su hija –porque siempre pensó que sería mujer– con un ritual. Esperó a que fueran las seis de la tarde en lo alto de una montaña y dejó desprenderse de la tierra un globo de papel con una llama encendida. “Yo soy católica y sé que ella está ahora en el cielo”, dice.

*Nombres ficticios

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