Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Domingo

Aprendí

César A.
García E.

Fecha de publicación: 26-02-17
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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Aprendí a no correr, cuando no pude hacerlo, aprendí a valorar cuando tanto perdí; aprendí a escuchar más… cuando ya oía menos; aprendí que la dicha, la plenitud y salud, son dones muy valiosos… no más que la virtud. Aprendí que por ratos, sigues solo la ruta, nadie está para verte, todos muy ocupados; cada quien con lo suyo, entre cientos de afanes, con sus incertidumbres, sueños y pesadumbres. Aprendí soy el centro de ningún universo, soy un mortal común, con recuerdos grandiosos… y por ratos perversos; con logros alcanzados y metas superadas, arrastrando tristezas que dan las mascaradas… en un mundo en que importa, lo que parece ser, donde pocos valoran: la esencia, la sustancia, la verdad, la hidalguía, el ritmo y poesía… el valor de saber. Un mundo tan vacío, donde todo se compra, donde todo se vende… donde ser un ingrato, no procrea deshonra.

Aprendí algunas veces, neceando y a la mala, probando y reprobando… y como lo hace el memo, no siguiendo el consejo que tantos profirieron, porque antes aprendieron. Aprendí la constancia es el camino cierto, constructivo y valioso; aprendí la arrogancia, es lo que buscan muchos, por medio de lo insano, tendencioso y malévolo… aquello que es tan falso que causa repugnancia. Aprendí es superior, el ser, que aparentar, que no es mejor el que tiene, tampoco el que no tiene… sino el que sabe dar. Aprendí la amistad, es tesoro escondido, es escaso, cercano, es sincero y sentido. Aprendí los amigos, son siempre y siempre pocos; estarán con nosotros, cuando estemos alegres, tengamos, prodiguemos… pero también –lo harán– cuando necesitemos, suframos o lloremos.

Aprendí que la vida, es más corta que nunca… conforme pasa el tiempo y transcurren los años, cuando uno se hace viejo y quedan los agravios: De saludes marchitas, de ilusiones perdidas, de querer alcanzar, correr y destacar; de lo que se logró, construyó y conquistó… y los siempre pendientes que no se lograrán que nunca nos llegaron y jamás llegarán; aprendí lo que obtuve… debía de tenerlo, y lo que no era mío, debía de perderlo. Aprendí que la vida mientras más corta es, se valora mejor; se desprecia lo fatuo, lo que no vale nada… se aprecia la sustancia, se comparte con creces, con la gente que amas y la que lo merece. Aprendí que el aplauso y la aprobación, la fama, la fortuna y el reconocimiento, sirven de nada o poco, si en tus hijos no despiertan un puro sentimiento: de respeto y valores, de convicción y esfuerzo, de sufrir desazones, por ser seres honestos.

Aprendí que el dinero, aunque compre “razones”, nos colme de alegrías y rompa corazones, provoque mil rencillas e idiotice a la gente… es tan solo premisa de innumerables bienes o de incontables males; de loables objetivos o fines decadentes. Si le haces un altar, la suerte estará echada… vivirás lo superfluo –y quienes tanto amas– la soberbia heredada; pero si es solo un medio, para fines honrados que edifiquen las vidas y construyan legado… el dinero será –como le toca ser– tan solo un material, a ser administrado. Aprendí que la vida es vivir el momento, prodigando cariño, abrazos y sustento. Aprendí que más vive, el que vive mejor y que vivir mejor, es confiar en lo bueno y agradecer a Dios. ¡Piénselo!

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