Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Domingo

La unidad política de nuestra sociedad

Jorge Mario Rodríguez Martínez

Fecha de publicación: 12-02-17
Ilustración Víctor Matamoros > El periódico
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La agresiva irrupción del presidente norteamericano Donald Trump en el tinglado internacional ha iniciado una tormenta global en la cual la población mundial debe prepararse a vivir en un continuo estado de sobresalto, incertidumbre e indignación. Esta faena es más complicada en en países que, como el nuestro, se han acostumbrado a vivir como rehenes de elites que han mantenido su poder económico y social a partir de la corrupción de las estructuras políticas de las sociedades que las albergan.

La situación, por tanto, se vuelve más complicada en un tiempo en el que la sociedad enfrenta con decisión las medidas desesperadas de las redes mafiosas cuyo núcleo ya ha sido impactado por la alianza MP-CICIG. El contexto se complica no solo por la presencia de poderes oscuros en el Congreso, sino también por la falta de un gobierno incapaz de generar políticas de Estado que cristalicen las demandas más sentidas de la sociedad.

La lucha por la corrupción se encuentra en una coyuntura crucial. El poder tradicional ha sido tocado en sus estructuras profundas y, acorde con una tradición perversa, intenta responder con los recursos que almacena en su oscuro arsenal. La actitud se manifiesta, incluso, en la más indignante desfachatez política. La sociedad guatemalteca tiene que soportar a un alcalde que desprecia la ley y a un diputado que trata con desdén a las personas con diferentes tipos de discapacidad. Los ejemplos se multiplican ¿Qué se puede pensar ante el espectáculo de una magistrada que trata de evitar, de manera violenta, su responsabilidad ante la ley? ¿No causa indignación que una persona que favorece la descabellada idea del muro de Trump haya sido juramentada como secretaria de Conamigua?

En medio de este escaparate del cinismo, el país sigue orientándose por las directivas de la versión cimarrona del neoliberalismo. Décadas de insistencia mediática brindan un aire de sentido común a las tesis de que las claves de la viabilidad económica de nuestro país se reducen a fomentar la inversión a costa de la ya imposible pérdida de garantías de los sectores más vulnerables de nuestra sociedad.

¿Qué caminos debemos tomar para superar nuestro presente? Desde mi punto de vista, el problema radica en que la sociedad guatemalteca no ha podido traducir su descontento, evidente en las redes sociales, en movimientos sociales capaces de imponer la necesaria secuencia de cambios. El analista Edgar Gutiérrez señala un aspecto esencial cuando observa que los movimientos del 2015 no han podido generar el sujeto del cambio, papel que, por otro lado, no puede cumplir la alianza MP-CICIG, aun con la ayuda decidida de la embajada de un país que, como los EE. UU., enfrenta una conflictividad inédita. Este entramado de agentes no puede substituir la agenda política que solo le corresponde a una sociedad que no termina de comprender la necesidad de reinventarse de un modo radical.

En otros términos: el problema fundamental radica en la recuperación de la potencialidad política de nuestra colectividad. Siguiendo algunas ideas de Alan Badiou, esta tarea demanda la entrada en acción del pueblo, esa entidad colectiva que se activa cuando la estructura política que la organiza como ciudadanía se ha convertido en una camisa de fuerza que le impide identificar su futuro. El sistema sociopolítico ha colapsado y nuestra sociedad debe luchar por un nuevo sentido de la vida en común. De esta manera, el pueblo, cuya voluntad ilustrada constituye la base de un ordenamiento constitucional democrático, debe recuperar su poder constituyente e instituyente para construir pactos inclusivos de ciudadanía.

Solo en el ámbito de una sociedad politizada, vale decir, de un pueblo empeñado en recuperar su futuro, se pueden comprender los caminos que se abren para encontrar uno en medio de la confusión que nos embarga en esta coyuntura histórica. Cae de suyo que la protesta es necesaria, pero también se necesitan generar momentos de resistencia y redes de solidaridad y acción concertada. El olvido de los asuntos políticos, que son en rigor los problemas que plantea la vida en común, equivale al suicidio colectivo.

Las tareas que demanda la reconfiguración de nuestra sociedad como pueblo no pueden lograrse si no evitamos los modos autodestructivos de conducta social —arribismos, protagonismos— como lo muestra el hecho de que las mismas entidades políticas de declarada vocación democrática se terminen enzarzando en juegos de influencias. En este momento, se debe fomentar, además, una cultura de erradicación de las prácticas minúsculas que aceitan los engranajes de la corrupción. Ante todo, no se debe ceder ante los intentos de manipulación ahora que la lucha contra la corrupción entra en un momento decisivo.

Los sectores vulnerables deben trascender sus agendas particulares para plantear un rechazo unánime al libreto político de los grupos tradicionales que quieren que todo cambie para que todo siga igual. La lucha actual contra la corrupción puede ser limitada desde un punto de vista político, pero si las respectivas estructuras persisten, la lucha política de nuestro pueblo tendrá enfrente a un oponente que desde hace siglos ha ideado las estrategias más violentas para ahogar las esperanzas democráticas de nuestro país.

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