domingo 8 enero 2017
Domingo

Chucho muerto

César A. García E.

Ilustración Víctor Matamoros > El periódico

En parajes majestuosos, ostentosos de grandeza, plenitud, paz y quietud, entre singular belleza; se asoman –cuales adornos– niños pobres, marginados… niñas cuyas ilusiones han quedado en el pasado. Su realidad fría y dura, es salir a mendigar, saludando con sus manos, fingiendo opacas sonrisas, con la esperanza fortuita de que algún buen conductor… ponga algo en sus manitas. Kilómetros y kilómetros que denotan la miseria, el fracaso de una patria que se viste de tragedia; la misma patria que engorda, al servil y al protervo, la patria que privilegia al ladrón, al ignorante, al cínico, al farsante –y que como presidente– ha empoderado al bufón.

Y así transcurre la patria, entre pobreza y retraso, entre violencia y marasmo, entre mentiras de siempre, entre los corruptos sucios, vestidos de “buena gente”. En total anacronismo, con traidores –como guías– funcionan instituciones que mucho merecerían, ser baluartes de entereza, de verdad y de hidalguía. Los problemas son los mismos, pero hoy aumentados; nuestros niños –otra vez– lucen pequeños, panzones, débiles, pobres, chiquitos, son otra vez olvidados, pese a que este gobierno, ofrecía grandes cosas, no ser corrupto o ladrón, pero resultó una farsa, una suerte de siniestros, de peleles manifiestos que garantizan –gustosos– el avance inexorable del cinismo y corrupción.

Los cambios que hizo Morales, son otra vez de papel; otra vez las mismas caras, o mentes, con los mismos hilos… otra vez titiriteros que escondidos en tramoyas, llevan agua a su molino, siguen haciendo negocios, alientan el clientelismo, manejan a los ministros, con patético optimismo. Pero el pueblo ya no aguanta, se agudiza la miseria, con ésta, se desbarata, la exigua credibilidad, en la virtud, la justicia, el valor que un día tuvo, o imaginamos tendría, emitir nuestro sufragio. La alharaca de los hechos, tantas veces divulgados, como nuestra democracia, o la firma de la paz… nos condujo, sin querer, a una fea paradoja, que provoca diariamente, que mucha gente se acongoje, frente a un frío ataúd; el tan solo transitar, por cualquiera de las calles, significa entre temores, muerte, terror, confusión. Aquí nadie está seguro, porque gobierna el oscuro, el que es parte del problema y no de la solución.

Le sugiero que algún día, salga a caminar al centro, se sorprenderá –sin duda– de la miseria azarosa que campea en el lugar; entre gritos y aspavientos, encontrará ropa sucia, zapatos que quedan grandes, necedades, decadencia… que son la clara expresión de eternas necesidades. Y si sale a carretera, además de la tragedia de “La Interamericana”, vendrán decenas de gente, trabajando –bajo el sol– entre polvo e indiferencia, que tapan los agujeros que dejaron los gobiernos de tanto sucio ladrón… allí permanecen siempre, destruyendo los cacharros que usan nuestros compatriotas para ganarse su pan. Verá como son los pobres, los que usan esos caminos y por ende le agradecen a paupérrimos “bacheros” que les hagan el favor, de rellenar con sus manos, rutas que son importantes, las que fueron inauguradas, como obras “trascendentes”, de pillos y malvivientes. Nuestras pobres carreteras, son la presencia pasmosa del legado manifiesto de toda la corrupción que ha acabado con la patria y que nos ha convertido en un inmenso pantano de injusticia y desazón.

Pantano pero sin agua, los ríos lucen vacíos y sus cauces anegados de piedras y de vergüenza, resultan ser la evidencia, de desvíos ilegales, de codicia exacerbada, de la injusticia que induce –para los perpetradores– riquezas y carcajadas. En esos mismos caminos que dejan ver la avaricia, el impudor y codicia… me encontré a finales de año… decenas de perros muertos, nunca vi tantos como hoy; por el tedio de la ruta y por tanto pensamiento, me puse a contar los perros que sin duda –por el hambre– terminan su sufrimiento, bajo las llantas de un carro, de un camión o camioneta. Me puse a pensar inquieto, en aquel siniestro hallazgo que sin duda deja ver, en aquel mundo macabro, en el que viven los perros, es el diario acaecer… hay nada, para comer. Es en ese oscuro mundo, en el que nunca amanece, donde viven nuestros niños… sus cuerpos se hacen pequeños… sus cerebros languidecen.

Quise empezar en este año –a riesgo de sonar necio– haciendo una reflexión de lo que es nuestro país. Somos una nación pobre, insegura e inhumana, una nación donde a diario se derrama sangre humana. Sangre inocente de gente, que lucha por trabajar, por ganarse los frijoles, por asistir a estudiar. Un país donde el consuelo, de la muerte de inocentes, es solo que irán al Cielo… pero los perpetradores del crimen tan inclemente, quedarán –seguramente– en la triste impunidad. Pero el perpetrador, no es tan solo el delincuente que en su locura indolente, sale para hacer el mal… es también –y estemos claros– la pobreza tan extrema que descompone y abruma que resta oportunidades y que como consecuencia, invita a la decadencia, porque la miseria –siempre– trae, como compañera, descomposición social; son los malos gobernantes que se sienten importantes, esos banales traidores que viven entre lisonjas, reverencias y rubores… y soy yo, si no hago nada, e indiferente, volteo, para no ver la charada. La patria es aún nuestra… cada vez un poco menos, pero debemos de actuar, ser parte de la esperanza, de paliar tanta miseria, de confrontar la injusticia y repudiar la tragedia ¡Piénselo!