Miércoles 22 DE Noviembre DE 2017
Domingo

Reseña de “Ixcán: el campesino indígena se levanta”, de Ricardo Falla

Manolo E. Vela Castañeda

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Fecha de publicación: 27-11-16
ILUSTRACIÓN JORGE DE LEÓN > EL PERIÓDICO
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A las 4:30 de una madrugada sin luz de Luna, el 30 de abril de 1981, en silencio, tirados en el suelo, sin ser descubiertos, a pesar de las luces que desde las torres de vigilancia alumbraban los alrededores, cien guerrilleros esperan la señal para iniciar el ataque al cuartel de Cuarto Pueblo, Quiché. Sin proponérselo, en las siguientes horas, una buena parte de la guerra estaba por definirse en esa pequeña aldea del norte de Guatemala. Los combatientes pertenecían a la Compañía 19 de enero, del Ejército Guerrillero de los Pobres. El primer disparo se hizo a las cinco de la madrugada, y después de más de dos horas de asedio, la compañía se empezó a quedar sin municiones, porque “en la oscuridad no se distinguía bien el cuartel y se dispararon muchas ráfagas sin apuntar” (Falla, 2015: 430). La situación era tal que quienes “avanzaron habían gastado parque sin consideración y cuando se encontraron a pocos metros del cuartel se quedaron sin tiros” (430). Además, “las armas de otros se trabaron” (430); y, las piezas de artillería ligera “…no habían sido probadas, al parecer, porque no dieron el alcance proyectado (481). Al final, heroicos, a pesar de las órdenes y del estado de ánimo del oficial, un pequeño grupo de soldados resistió y, cuando estaban a punto de rendir la guarnición, al escuchar la llegada del apoyo aéreo, decidieron continuar. Y así, sin el armamento que debía haber sido recuperado, la Compañía hubo de poner en marcha el plan de retirada. El saldo: tres bajas, y una gran cantidad de balas gastadas. Le habían ocasionado más de cien bajas al Ejército (441). Pero, ¿qué significaba ese número para este Ejército? Posteriormente, la Compañía iba a ser disuelta y sus unidades dispersadas. No se presentaría –nunca más, en lo inmediato– otro intento por tomar una guarnición del Ejército. Falla, como el lector mismo, se pregunta: “¿Cuál habría sido el próximo paso de la guerrilla y del Ejército, si el combate hubiera sido exitoso?” (562).

A la dispersión de la fuerza militar de la guerrilla se iban a sumar otra serie de factores, los peores, en una fatal combinación:

la certeza de que un triunfo en el corto plazo era posible, “Decían [los responsables] que entre 15 días, dos meses terminamos con la guerra”, “los compañeros empezaron a decir que ya vamos a tomar el poder antes de que salga Lucas [el presidente Fernando R. Lucas]” (478);

el cierre, hacia noviembre de 1981, de los cuarteles en Ixcán, (499), que fue interpretado, por la población y los mandos de la guerrilla, como si aquel territorio fuera “terreno liberado” (562);

el incremento en el número de simpatizantes, que Falla conceptualiza como “organizados” (478), “alzados” y que en otra parte analiza como bases de apoyo y retaguardia; y,

la escasez de armamento en poder de la guerrilla, Falla afirma que uno de sus entrevistados le dijo: “¡Si hubiera habido armas…!” (474); la población reaccionó exigiendo armas, y, al no haberlas o al no llegar a ellos, la organización advertía: “No tenemos armas para regalarlas” (430), la guerrilla no tiene “armas como arroz” (430); y así las críticas por la falta de armamento, señala Falla, fueron disciplinadas “con el cambio de responsables” (430); en otro pasaje, Falla cita los argumentos presentados, en una discusión, por el tema de las armas, entre un grupo de militantes: “Pedimos armas a los compañeros y mochila y algún equipo, carabina, galil… Y si los compañeros no nos quieren dar, entonces no vamos a cumplir la tarea” (424); ante esto, Falla indica, también, que “Algunos parcelistas parece que incluso compraron ese tipo de armas para participar en las FIL [Fuerzas Irregulares Locales]” (430).

Esa mezcla de triunfalismo, que se vio exaltado con la salida del Ejército del Ixcán, más el incremento de simpatizantes desarmados, produjo una simbiosis letal. El ejército guerrillero no había llegado aún a alcanzar la fortaleza cuantitativa, ni cualitativa (mandos experimentados, líderes de unidades), que pudiera hacer frente a encuentros armados prolongados. Y así, con ‘Ixcán: el campesino indígena se levanta’, a todos nos queda un poco más claros algunos de los decisivos porqués que explican cómo una guerrilla, que se halló en medio de una inmensa ola de apoyo popular, fue incapaz de traducir esa adhesión en la construcción de un ejército guerrillero que estuviera en condiciones de liderar una revolución. Al final, ya todos sabemos lo que sucedió, desde noviembre de 1981, con las fuerzas de tarea, las masacres, los desplazados y el genocidio.

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Desde 1978, con ‘Quiché Rebelde’, la obra de Ricardo Falla reúne un conjunto de libros que son fundamentales para conocer la historia de la segunda mitad del siglo XX en Guatemala. En la pluma de Ricardo no hay una obra menor e ‘Ixcán: el campesino indígena se levanta’, representa uno de sus más grandes aportes a esa historia universal de los de abajo, que buscan, por sí mismos, una vida mejor.

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Con algunas variantes, esta reseña fue publicada en el Anuario de Estudios Centroamericanos. Puede verla completa desde este vínculo: http://bit.ly/2fL7CmS o este otro: http://bit.ly/1nSmJPd ‘Ixcán: el campesino indígena se levanta’ está a la venta en Librería Casa del Libro (5a. calle 5-18, zona 1, interior Casa Cervantes).

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‘Ixcán: el campesino indígena se levanta’ es un libro que se destaca entre otros por algunas razones: primero, porque fue escrito entre 1984 y 1985, en medio de los avatares de la guerra, y en esta edición, el texto original no fue revisado, sino que en pies de página se incorporaron las reflexiones del autor. Segundo, porque fue el resultado de la estancia de Ricardo Falla –durante 1983 y 1984– en las Comunidades de Población en Resistencia del Ixcán y en los campamentos de refugiados en Chiapas, México, en esa condición de guía espiritual, colaborador de la guerrilla y antropólogo. La narrativa es producto de una mezcla de fuentes orales, entrevistas con militantes, gente de las comunidades y fuentes de archivo. El libro arranca con un relato inédito acerca de la forma en que el Ixcán, esa región remota de Guatemala, se fue poblando por campesinos de varias regiones de Guatemala, con la esperanza de arrancarle a la espesa selva un pedazo de tierra donde sembrar y establecer a su familia (capítulos del uno al cuatro). Hay aquí un cuadro en el que se analizan las dinámicas económicas, las estrategias de comercialización, las formas organizativas –en cooperativas– que adopta el campesinado y el papel de la religión. Posteriormente, el relato cuenta la implantación de la guerrilla en aquella zona (capítulos del cinco al ocho), en una narrativa que va de la implantación, a la preinsurrección, pasando por la propaganda armada, las ocupaciones armadas, la generalización de la guerra de guerrillas y el repliegue del Ejército. Los “soportes teóricos” del estudio, presentados en la introducción, son desarrollados en el capítulo de “Conclusiones finales”, en un apartado intitulado “Comprobación de las hipótesis” (Falla, 2015). Esta constituye una parte fundamental del estudio, donde están concentradas una serie de formulaciones que llevan la narrativa más allá de la “descripción densa” y que conforman un texto que deja muchas vetas de investigación abiertas. Aquí se trabajan temas, tales como: la “crisis de articulación” (entre la economía campesina y el capitalismo), el “campesino más revolucionario”, los “frenos del campesinado”, los “resortes organizativos”, tanto internos, como externos, de la comunidad; las “tendencias milenaristas” y las “estrategias revolucionarias”.

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